Noche en el Valle
viernes, 19 de octubre de 2007

Hubo un tiempo, en que el Valle de la Orotava era “el cuadro más variado, de más atractivo y más hermoso por la distribución de las masas de verduras y de las rocas, incluso después de recorrer las orillas del Orinoco, las cordilleras del Perú y los hermosos Valles de Méjico”. Lo certificó Alexander Von Humbolt en 1799. Dos siglos después parece que ha pasado la marabunta. Sin embargo todo ha sido obra de un solo animal, el peor depredador de la Tierra. Nosotros.

La industrialización aquí pasó de largo. Fue en la era post-industrial, con el turismo y el sector terciario, donde comenzó una transformación que si el naturalista del siglo XVIII regresara, en lugar de componer ese cuadro vegetal, no podría sino coleccionar proyectos urbanísticos, hablar sobre la planta hotelera alojativa, analizar la contaminación de los acuíferos, mirar con lupa los restos de laurisilva y del sector primario, o estudiar el tráfico de sus autopistas. Aunque aún podría echarse unas perras de vino con denominación de origen, unas papitas en algún mercado del agricultor, o un buen queso de Benijos, que no todo se ha perdido.

La noche del Valle. Cuando baja el silencio y duerme el sol, es especialmente significativa por el titilar eléctrico de sus luciérnagas. En el comienzo fue el menceyato más valeroso y rebelde. Después, casas humildes o solariegas. La civilización trajo molinos de agua, arte, cultura, plataneras, puertos de pesca. Los viejos románticos bajaron del frío buscando el buen clima y la paz perdida. Todo normal. El acient regimen convirtió luego esta sociedad en un óleo de sangre y miseria, donde unos pocos terratenientes dominaron a la mayoría sencilla y trabajadora. Pero hasta en los años difíciles de El Cacique, conservaba el color de la esperanza. Fue hace unas décadas, cuando el dios del bien y del mal acabó con el hambre pero a costa de un alto precio. Para las futuras generaciones y para un ecosistema que como barco a la deriva, tiñe cada vez menos de verde el mar.

Los partidos políticos tienen una responsabilidad manifiesta pero relativa. La sociedad los puso. Y ésta, abocada al turismo se suicidó para poder vivir. Estaba en su derecho. Pero se olvidó que El Valle no le pertenecía. Tiene los suyos. Y vendrá un día a reclamarlos. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU ha dejado claro que el mar elevará el nivel de sus aguas cuya salinidad acabará con el agua potable que no contaminaron los acuíferos. Esta subida, junto a la de las temperaturas, mayor riesgo de incendios, enfermedades tropicales, ciclones y 250 millones de refugiados climáticos, desplazarán el turismo hacia otros hemisferios. El reloj geológico del Echeyde sigue inexorable su tic-tac. Es natural y cíclico. Una gallina es una gallina aunque ponga huevos de oro.

La misma que colocó una Cruz en Puerto Orotava, escindiéndolo de su tronco histórico y convirtiendo todo su suelo en urbanizable. Los Realejos perdieron el norte por ella. La Villa, en otro tiempo Cenicienta del Valle, por cuyas alfombras pasea la magia y entre cuyos adoquines el pueblo se transforma en Romería, supo mantener su idiosincrasia, su cultura y su casco histórico. Pero le rindió también tributo. Y transformó en cemento gran parte de su espacio rústico y agrario.

Siempre queda la racionalidad en esta sociedad que después de dar la espalda al mar hizo lo propio con el territorio y luego consigo misma. El primer paso para un Valle verde, para que la lava herida del corazón de las Hespérides tenga futuro, es acabar con los reinos de taifas de sus tres Ayuntamientos. La necesaria Mancomunidad significa entender que el Valle es una unidad ecológica, un ecosistema único en el que cualquier actuación parcial repercute en el todo. No simplemente unificar servicios. Actuar como un solo Ayuntamiento. Pero un Ayuntamiento del siglo XXI que responda en común ante los retos de recuperar un espacio degradado hasta el absurdo. Una acción institucional contra este modelo perverso. Un cambio de rumbo de la nave. Si queremos que amanezca. Y a toda vela. Tempus fugit.