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Crónica de un Mamontreto. 1ª parte

Los fenómenos paranormales que suceden en El Mamontreto no se deben a magia negra

Dicen los lugareños que en la zona en la que se encuentra el famoso Mamontreto de San Andrés suceden fenómenos que son muy raros. Ellos, ciudadanos honorables y con una pizca de temor, prefieren no involucrarse en dichos fenómenos; algunos los han llegado a denominar fenómenos para-anormales. Desde la redacción de El Sumidero no queremos ni necesitamos hacer elucubraciones sobre lo que sucede en dicho recinto. Así que hemos decidido actuar por nuestra cuenta. Y riesgo.

Para ello hemos enviado a nuestros reporteros más audaces y peor pagados, todo hay que decirlo. Éste es su reportaje: Catalina Morgan y Eufrasio Monleón.

Cuando desde El Sumidero se nos propuso que nos informáramos de lo que era un secreto a voces entre los habitantes de San Andrés sobre sucesos extraños que tenían lugar en el Mamontreto, no nos lo pudimos creer. Pensamos que los editores de dicho medio se habían vuelto locos. Algo de verdad hay en esto, pero no es el caso que nos ocupa. No podíamos creer que unas personas locas, sí, pero con una formación académica bien fundamentada y contrastada, podían creer en fenómenos fuera del sentido común. Claro que, pensándolo bien, el Mamontreto se sitúa encima de un cementerio y peor aún, de un campo de fútbol. Así que nuestra primera idea fue tomarnos la cosa con calma y cachondeo. Pero cuando vimos que nos preguntaban constantemente cómo llevábamos el asunto del fenómeno, decidimos darnos una vuelta por la zona para ver qué encontrábamos.

Comentamos el asunto con algunos ciudadanos de San Andrés y ninguno quiso manifestarse. Nadie. No lo entendimos y así se lo hicimos saber a nuestros jefes, solicitando medios para llevar a cabo una investigación a fondo. Nos dijeron que fuéramos de noche y que cogiéramos la guagua, que es más barata. Para ello nos proporcionaron un bono, un par de velas, una caja fósforos y nos recomendaron que lleváramos algo de abrigo, “por si refresca”. Tiramos todo a una papelera menos el bono (resultó que sólo tenía un viaje, así que tuvimos que pagar de nuestros bolsillos el de Eufrasio de ida y el de los dos de vuelta).

Armados con la cámara fotográfica de Catalina, un flash de Eufrasio, unas gafas de visión nocturna comprado en internet a un chino, botas de suela dura y sendas linternas compradas en la tienda de la esquina con nuestro dinero, cogimos la guagua encaminándonos hacia nuestro objetivo.

Un par de días antes habíamos contactado con el individuo de seguridad para comentarle lo que íbamos a hacer la noche de autos. Muy convencido no estuvo al principio; es más, se negó en rotundo porque la responsabilidad del cuidado de aquel edificio era plenamente suya y si pasaba algo… Logramos convencerle ofreciéndole una comida en Casa Juanito en la subida a la Esperanza, un paquete de chicles de menta y que le traeríamos en el acto un café con leche, churros, un barraquito o un helado de fresa, lo que quisiera. Nos pidió, además dinero y un caramelo de menta, pero no. No aceptamos; no tanto porque somos unos profesionales, sino más bien porque no tenemos ni un duro. Al final aceptó, así que allí estábamos los dos, dispuestos a desentrañar el misterio. Luciano (nombre ficticio del empleado de seguridad), al que le preguntamos por los fenómenos, nos dijo que él no creía en esas cosas, pero que no nos podía ayudar ni siquiera acompañar porque él nunca había entrado en la zona interior de adentro, por si acaso.

Armados con nuestras linternas y pilas de repuesto, por si acaso, nos introdujimos en lo que se supone que es la zona principal del aparcamiento. Aquello estaba lleno de cascotes, latas y botellas de cerveza, ron de Arucas, güisqui de Minnesota, petardos usados, varias mentiras vertidas con desgarro y sin anestesia en algún pleno del Parlamento de Canarias, papel higiénico de doble capa usado, colillas de todas las marcas y colores, piel de higos picos y condones usados. En una de las esquina se situaban el suelo media docena de colchones de segunda mano, sin almohada. Esto implica que Luciano nos mintió al decirnos que allí no entraba nadie. Afortunadamente llevamos nuestras botas de montaña de suela gruesa.
Seguiremos informando.

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