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«Covid-19: entre la duda y el pánico»

(Me lo dijo una auxiliar de enfermería, no un médico)

Confieso que físicamente estoy agotado. Es como una fatiga mental. Fui prisionero  de la incertidumbre durante cinco días. Prisionero en el pasillo del COVID-19  que te puede llevar a la antesala de la muerte.
No nos engañemos: el COVID-19 sigue aquí, ahí y en todas partes.  Nunca se fue. Nunca se irá. El murciélago continuará matando a su manera con la misma sonrisa del JOCKER, el payaso villano. Basta con un empujón y te desintegra. Esa es la fuerza que posee el CoronaVirus.

Acabo de vivir una experiencia terrible. Muy dura. Cuando te ves allí y compruebas que te observan como si fueras un leproso del que todo el mundo trata de huir, es cuando te das cuenta que no vales nada. Compruebas que no somos nadie. Se te viene el mundo abajo.
Te convences de que un murciélago con cara de payaso asesino está a punto de descuartizar tus pulmones. Basta con un abrazo y te  destruye. Eres consciente de que un monstruo invisible carente de sentimientos, puede dejar huérfana a tu  familia por la muerte de un ser querido víctima de un virus maldito.

El pasado lunes, 4/05/2020, a petición de mi cardiológo, el Doctor Novoa, ingresé en la planta 5ª de Cardiología del hospital Doctor  Negrin para un cateterismo cardiaco tras estudio previo ambulante con Ecocardiografía--ECO -estrés y ergometría compatibles con isquémica miocárdica y con disnea-angina a moderados esfuerzos. El ingreso en planta se produce a las 17:29 horas. Número de cama: 536- 2 D.
Fui al hospital para que me hicieran un cateterismo cardíaco y acabé confinado previa sospecha de estar contagiado por CoronaVirus. Saltaron todas las alarmas porque, tras haber salido del quirófano donde me sustituyeron dos stents que estaban obstruidos (había sido operado en el año 2007 previo infarto de miocardio-isquemia cardíaca), los enfermeros y enfermeras detectaron curvas o gráficas de fiebre de hasta 38,5°C.  

Martes, 5/05/2020
Estoy en ayunas desde la noche anterior. Sobre las 13:30 horas un celador de quirófano dotado de psicología para serenar al paciente, me lleva hasta la sala de Hemodinámica donde me esperan los cardiólogos y su equipo intervencionista y ayudantes. Gente amable, cariñosa y llenas de humanidad que es lo único que pide un paciente: humanidad, humildad y una sonrisa. Pues los ególatras no pueden ser cardiólogos. Los corazones reverdecen con música, alegría y sinfonías de ternura.
Un cateterismo cardíaco es una cirugía invasiva. Pero con grandes profesionales como el doctor Pedro Martín Lorenzo y el resto de sus compañeros y compañeras, uno está tranquilo. Me fueron explicando todo el proceso de la operación. Tuvieron que cambiar dos stents porque estaban obstruidos desde que fueron implantados en mi corazón en el año 2007 tras sufrir un infarto. Habían pasado algunos años y los relojes cardiacos también necesitan una revisión para que el tic tac no deje de escucharse.

Durante mi estancia en Hemodinámica me acordé de mi buen amigo, Alfonso MedinaFernández-Aceytuno, exjefe de Cardiología, fallecido hace ahora tres años. Gran persona. Grandísimo profesional. Un genio. Su voz grave se siente y se escucha. Su inmensa humanidad sigue viva. Su corazón late en todo el hospital. Detrás de aquel gran médico, había un gran hombre.  Pero, decidió irse. Para la mayoría de sus compañeros y compañeras él sigue allí. Solo los grandes permanecen en el recuerdo.

Tras unas dos horas en quirófano, me suben a la 536  y me administran por vía intravenosa una “bombona” de nitroglicerina para reducir y aliviar ligeros dolores en mi corazón. Los efectos secundarios son dolor de cabeza y malestar similar al de una migraña.
Sigo controlado. Pero la fiebre continúa  marcando 38,5°C, una cifra que preocupa al equipo de enfermería. Este contratiempo surge el martes 5/05/2020. Pero, a pesar de ser medicado con Parectamol y Nolotil, la fiebre no se estabiliza. Se mantiene en 38,5°C. El mismo cuadro se repite los días miércoles y jueves, 6 y 7 de mayo, respectivamente.

Jueves, 7/05/2020
Sobre las 10:00 de la mañana recibo la visita rutinaria del Facultativo  de Área, un tipo con pinta de Remy Martin y chulo de playa. Un desconocido y sin prestigio. Un narcisista carente de empatía. Se limita al clásico saludo del clásico inseguro y acomplejado. Me comenta que “estamos mirando lo de la fiebre. El cateterismo cardíaco ha quedado muy bien”.
Apenas estuvo un minuto conmigo. Normal. Es como un toro que solo sabe decir “muuu” antes de empezar a hablar. Un perfecto patán que representa la banalidad del mal.
 
11:00 hora.- Una celadora me lleva a RX para una placa de tórax.
De nuevo, al regresar a planta, una enfermera me realiza una nueva analítica. Me dijo que era para un Hemonocultivo.
Sobre las 12:00 horas, una auxiliar de enfermería, no un médico, de manera intempestiva, entra en la habitación y me dice: ¡No se mueva.  No se mueva. No se quiete la mascarilla. Parece que tienes el CoronaVirus!  
Insisto: no me informó el facultativo. Lo hizo una auxiliar seguramente acatando órdenes del susodicho Facultativo de Área.

Cuando me comunicaron aquella terrible noticia el jueves, 7/05/2020, y decidieron sacar a toda velocidad las pertenencias, ropa, utensilios de aseo,  que pertenecía al paciente que ocupaba la otra cama, me volví loco. El impacto fue brutal. Pensé que el señor de la cama-1 se había muerto en el quirófano adonde se lo habían llevado para un cateterismo. Recuerdo que su nombre es Paco Figueroa y tiene 76 años.
Se llevaron la cama del citado paciente y trajeron otra nueva.  Le pregunté a la auxiliar por el compañero de habitación y me respondió que “aquí no puede estar, se lo llevan a otra habitación. Usted tiene que permanecer confinado hasta nueva orden”.

Llenaron la habitación de cubos con lejía y otros desinfectantes.
Enfermeras y enfermeros corriendo por los pasillo. Voces histéricas y descontroladas. ¡Cuidado con el de la habitación 536!
¡Tenemos un COVID! ¡Cuidado! ¡No entren en la 536! El paciente se llama Armando.!
Me ordenaban que no que me quitara la mascarilla y que permaneciera sentado y sin moverme. Llegaron dos o tres médicos que parecían astronautas o extraterrestre vestidos con equipos especiales de protección individual (EPI). Me hicieron varias preguntas y procedieron a una breve exploración o examen corporal general.  Uno le decía a otro que sí era el COVIS-19. Y el otro le decía al otro que no estaba seguro. Pero se les notaba alarmados ante mi cuadro de fiebre alta.
Subieron de RX una enorme máquina. La habitación era un reguero de batas, guantes, mascarillas y diverso material sanitario tirado por los suelos. Un enfermero me hizo el TEST -PCR -exudado nasofaríngeo para COVID-19.

Ordenaron que nadie podía entrar en la habitación. Durante todo ese trasiego, el médico de planta nunca pasó a verme ni a interesarse por lo que estaba pasando. Normal. Él es el doctor Jekyll y el señor Hyde.” Suele perder el rumbo. Cuando un médico carece de la cultura de la ciencia, carece de la cultura de la humanidad.
Uno de los médicos jóvenes que estuvieron conmigo me dijo que yo mismo llamara a mi esposa y que le diera la noticia. ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía! El cielo se me oscureció.

La señora que vino de Rayos X también empezó a llorar conmigo y me dijo que no entendía porqué los médicos no habían hablado con mi esposa. Pensé lo peor. Me estaba enfrentando a una odisea  para emprender un viaje a lo desconocido. Jamás había llorado tanto atrapado y confinado en la habitación de un hospital. Me sobrevino un ataque de angustia y empecé a dar alaridos y a chillar. Solo pensaba en mi esposa, en mis hijos, en mis nietos, en mis hermanas y hermano y en los buenos amigos. Empecé a hacerme la idea de que no los iba a ver nunca más.
Me imagino a los viejitos con la muerte tan cerca y sin poder despedirse de sus familiares.
Toda esta desagradable experiencia y proceso que acabo de vivir , parece un sueño. Valoré el sentido de la vida y el valor de la belleza. Valoré el color de la vida y de los años vividos. Valoré la belleza de envejecer al lado de mi mujer y de mis hijos. Valoré la sonrisa de mis nietos a los que creí que no iba a poder ver nunca más. Creí que se me había oscurecido definitivamente el cielo. Parecía que esa obra tan bella que es el mundo empezaba a evaporarse.

Viví aquel escenario de pánico interiorizando entre mis entrañas y mi cerebro la fea presencia de la muerte con su cara oscura y su sonrisa macabra. Tuve el presentimiento de que  ella, la dama de negro, me iba a llevar al viaje más horrible de la vida sin poder darle mi último beso a mi esposa y a mis hijos.
No me habían confirmado oficialmente los resultados de las pruebas del COVID-19, pero sí estaba más que convencido de que estaba infectado . Atrapado entre mi soledad, ansiedad y angustia, la muerte estaba allí esperándome sentada sobre una butaca de aquel teatro fúnebre mirándome casi complacida. Esperándome hasta el último minuto para devórame.
Lo que más me afectó y me rompió el alma fue cuando me dijeron que yo mismo le comunicara la terrible noticia a mi esposa. Fue cuando volví a romper a llorar y a darme cabezazos contra la pared. Me decía: ¡No puede  ser. No puede ser. Dios mío, no me dejes sin mis hijos y sin mis nietos. No me dejes sin mi compañera!

Para mí, lo más duro fue llamar al móvil de mi mujer para darle yo mismo la noticia. Me costó tomar esa decisión. Cuando escuchó mi voz creo que intuyó que le iba a dar una mala noticia. Y así fue: “Mary Carmen, me han dicho que, probablemente, estoy infectado del CoronaVirus”. No se hizo un silencio. Lo que se escuchó fue un torrente de llantos. Imposible contenerla. “Te pido que no llores. No llores, no llores. A lo mejor están equivocados. Pero, creo que algo está pasando. La fiebre se mantiene alta.” No parábamos de llorar. Le pedí que se tranquilizara. “Verás que voy a ganar esta batalla. Si la pierdo no olvides que hemos vivido casi cincuenta años juntos y que sigo enamorado de ti. Dile a nuestros hijos y nietos que nunca me olviden”. Sollozando solo pronunció su último deseo: ¡Y tu no me olvides!
Al finalizar mi breve conversación con mi esposa, en medio de un gran llanto en la desordenada soledad de aquella habitación, comprendí lo hermosa que era la vida. Intenté sobreponerme, pero me temblaba el corazón recién operado. Me temblaba todo el cuerpo. Nunca había sentido tan de cerca el aliento de la muerte. Creí que aquella llamada a Mary Carmen iba a ser mi última llamada, mi última despedida, mi último adiós, mi último beso.

Me hicieron varias pruebas. Según el informe que me entregaron el viernes 8/05/2020 cuando me dieron el alta, se realizó SARS-Cov 2PCR, 2 Hemonocultivos aún en curso sin saber resultados y analítica con bioquímica (tendencia a kipokaliemia) y hemograma normal. PCR de 59 mg/L. Procalcitonina normal. Se interpreta el cuadro febril como secundario a flebitis en antebrazo por probable infección cuando un enfermero, sin mascarilla ni guantes, me cogió una vía intravenosa.
Me dieron el Alta sin esperar a los resultados de Hemocultivos.
Hasta el día de hoy me sigo preguntando porqué una auxiliar de enfermería dedicada a labores menores y domésticas que es un trabajo muy digno e imprescindible en un hospital, (no era una enfermera profesional), fue la persona elegida para que me dijera que yo podría ser portador del COVID-19.

¿Por qué el médico de planta no avisó a mi esposa? ¿Qué se puede interpretar de la extraña conducta deshumanizada del médico que me hacía el seguimiento en la planta quinta de Cardiología?
Hasta el día de hoy, desconozco quién dio la alarma de que yo era portador del COVID-19, provocando en mí un estado de angustia de consecuencias imprevisibles. Hasta hubiese podido ocasionarme la muerte.
¿Qué claves personales conspiranoides se esconden en la misteriosa y opaca actuación del Facultativo de Área y su extraño comportamiento conmigo?
¿Acaso animadversión y acoso moral por mi antigua e íntima amistad con el que fuera jefe de Cardiología del Hospital Doctor Negrin, el prestigioso cardiólogo, profesor, investigador y científico, Alfonso Medina Fernández-ACEYTUNO,  fallecido hace tres años. (08/04/2017)
¿Acaso algún remordimiento de conciencia?
Que sepa el Facultativo Especialista de Área que nunca un iletrado tuvo el coraje y la valentía para herir el enorme corazón de un genio como lo fue el inolvidable y siempre recordado Alfonso Medina Fernández-ACEYTUNO.

Sobre la opaca actuación de este irresponsable Facultativo de Área, más conocido como John Wayne “el bruto” -según me cuentan algunos de sus escasos conocidos-, podrían caber acciones jurídicas por las vías legales correspondientes. No las descarto.
He consultado con varias fuentes del entorno más cercano y directo de este necio distribuidor de conflictos y propagandista de la mentira. Todos y todas coinciden en que : “estamos acostumbrados a las estratosféricas-hiperventilaciones” de este personaje siniestro”. Y añaden: “No es él. Es el extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.”

Agradecimientos:
A todo el personal sanitario del Servicio de Cardiología del Hospital Universitario de Gran Canaria, Doctor Negrin.
Gracias de corazón a las enfermeras, enfermeros, auxiliares de enfermería y a los equipos de mantenimiento y limpieza.
Gracias de corazón al Doctor Eduardo Caballero Dorta, jefe de Cardiología. Y a los cardiólogos José María Novoa Medina y Pedro Martín Lorenzo, así como a todo el magnífico equipo de cardiología.

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