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«Mi padre también maltrataba a mi madre»

  • Published in Política

El BAR DE PEPE

Con esta lacónica frase, se expresaba el violento maltratador al ser detenido por la policía. Como una excusa, como un eximente perfecto, para justificar la paliza que le acababa de dar a su mujer delante de sus hijos de 4 y 7 años de edad.

El perfil del violento, del maltratador suele ser él un individuo que proviene de hogares violentos, en los que han visto maltratar, y en los que les han maltratado. Estas personas pueden padecer trastornos psicológicos y, muchos de ellos, utilizan sustancias, como el alcohol, que ayudan a potenciar su agresividad. Tienen un perfil determinado de inmadurez, dependencia afectiva, inseguridad...; son emocionalmente inestables, impacientes e impulsivos.

 Los maltratadores trasladan habitualmente la agresividad que han acumulado en otros ámbitos hacia sus mujeres. Además, consideran a la mujer como algo de su propiedad. Dentro de su patología, está el arrepentimiento frecuente, y la mujer malinterpreta este arrepentimiento, que sólo es temporal, hasta el próximo golpe.

El abusador tiende a ser una persona aislada, no se relaciona mucho con otros, es celoso hasta de su propia sombra, tiene baja autoestima. Esta es una característica que siempre tiene, una autoestima a raíz del suelo, que le ocasiona frustración y la frustración trae violencia. Además, tiene unas expectativas rígidas de su rol sexual como hombre. Este es el típico macho. Y el machismo lo que está tapando, es un complejo de inferioridad, la baja autoestima. Por eso trata de aparentar lo que no es.

Generalmente los abusadores que golpean, que hieren, presentan un lado suave. Hay muchos muy educados, hasta religiosos. Este perfil sería inexacto si se aplica solo al hombre, la mujer agrede, pero psíquicamente, que incluso puede ser más peligroso y nocivo que la agresión física.

 La conducta de estas mujeres es siempre la misma: culpan de forma exclusiva, desproporcionada y permanente a sus maridos de los problemas inherentes a toda convivencia, presentándose ellas mismas como las "víctimas" ajenas e inocentes de los siempre "graves" defectos de su pareja. No hay diálogo, no hay autocrítica, no hay humildad, no hay disculpas; la percepción de la mujer siempre es inequívoca y furiosa: "¡es por tu culpa, eres un egoísta, eres un inútil, eres un idiota, eres un desagradecido!", etc.; y desfoga contra él toda su rabia y su desprecio. Si el marido se muestra cariñoso: "¡eres un pesado, eres un crío, siempre estás con el sexo, sólo piensas en ti!", etc. Si se defiende hostilmente: "¡a mí no me hables así, ¡qué te has creído, te denunciaré!", etc.

Si se repliega para protegerse: "¡sólo vas a lo tuyo, me tienes abandonada, nunca me has querido", etc. Y si el hombre, demasiado inmaduro y dependiente de la figura femenina -su fantasía maternal y sexual-, renuncia definitivamente a sí mismo y se somete patológicamente a su mujer, entonces ella aún lo desprecia más: "¡eres un blando, un inepto, un calzonazos, me das asco!" De modo que, haga él lo que haga, ella siempre encontrará la manera de deformar la realidad para justificar su compulsiva necesidad de agredirlo y humillarlo.

Monopolizar el tema de la violencia domestica solo en la mujer es un error, defender más y mejor a la mujer ante la fuerza del hombre es una prioridad, no podemos soportar un asesinato más, unas heridas o un desprecio continuo que afecte psicológicamente a la mujer o al hombre. Por lo tanto y a la vista de la cantidad de mujeres asesinadas, masacradas por la violencia machista no solo hay que reformar las leyes en cuanto a posible discriminación positiva de la misma, además tendrá que adecuar programas de reinserción social del maltratador/a. La cárcel no arregla el problema por sí misma, hacen falta medidas alternativas que sirvan para que esa violencia no se pueda repetir.