|
El dirigente socialista Juan Fernando López Aguilar, en una de sus primeras declaraciones después de ser propuesto por los órganos de su partido como candidato a la presidencia del Gobierno de Canarias, manifestó que asumía la responsabilidad que se le encomendaba con la intención de practicar “una política de bolsillos de cristal”.
No cabe duda de que es una declaración de intenciones de bastante trascendencia, sobre todo por la sensación que palpa la ciudadanía canaria de vivir en un estado de corrupción política generalizada y tales propósitos de regeneración democrática crean expectación y esperanza en este castigado pueblo. El nivel de degradación democrática que sufrimos, con la corrupción política como estandarte, cuestiona el futuro de nuestra tierra. Este fenómeno corroe todos los basamentos de la sociedad y se debe atacar con valentía, pero ¿es consciente López Aguilar del calado de sus palabras y de las consecuencias electorales que pueden acarrear a su partido?, o ¿son una mera declaración de intenciones electorales? Expongo estos interrogantes porque no sé hasta qué punto el PSC estará dispuesto a afrontar los déficits en materia de democracia que le aportan algunos alcaldes que su partido tiene en Tenerife y en La Gomera y de forma muy llamativa, los que le proporciona el presidente del Cabildo Insular en esta última isla. Personajes todos que, por muy democráticamente que hayan sido elegidos, actúan como verdaderos caciques y ponen en cuestión los cimientos del edificio de la democracia. El franquismo utilizó en La Gomera el poder político como herramienta de control social y sangró a la isla durante cuatro décadas de horror. El caciquismo económico se encargaba de llevar a cabo este cometido. El advenimiento de la democracia, lejos de hacer desaparecer el fenómeno, lo que hizo fue transformarlo en un caciquismo institucional. Una forma de control político y social con rostro aparentemente democrático. Ejemplos del caciquismo de viejo cuño los podemos encontrar en los tres municipios del norte gomero, ligados a determinados apellidos de la burguesía insular y a la actividad agrícola de exportación. Sin lugar a dudas esta manifestación se mostró con toda su crudeza en la Comarca de Playa de Santiago, donde el cacique local, Álvaro Rodríguez López, mantuvo hasta principios de la década de los 70 un auténtico feudo, dónde el “señor” proveía seguridad, trabajo, sanidad, transporte y educación, llegando incluso a acuñar una especie de papel moneda de uso en los límites del señorío. Parece que en buena parte de la población caló hasta la médula las formas de organización basadas en la sumisión y los muchos gomeros/as que se rebelaron, o fueron perseguidos, incluso hasta la muerte, o tuvieron que tomar el sendero de la emigración. El terreno estaba abonado para que nuevas formas de caciquismo se estableciesen y, desgraciadamente, la democracia no trajo a esta isla el fin de las viejas políticas. El más claro exponente de la nueva situación lo representa el presidente del Cabildo Insular gomero, Casimiro Curbelo, que ha montado una fabulosa maquinaria de poder en torno a su figura. En su persona recaen un buen número de cargos, algunos de los cuales parece querer mantener de forma vitalicia. Entre estos está el de senador insular, representación que ostenta a pesar de que sólo asiste a la sesión de toma de posesión y cuando hay alguna votación crucial para el PSOE en función de su precaria mayoría en esta cámara. Es fácil pensar que se aferra a este cargo para poseer el blindaje que le proporciona el aforamiento, por lo que pueda venir y ante algunas de las denuncias que tiene pendiente por su ilegal modo de ejercer la política. Apoyándose en personajes sin escrúpulos, diseminados por todo el territorio insular y que mantiene con favores de todo tipo, Curbelo ha montado una eficaz red de control sobre la población. En su afán de mantener el poder por el poder, no ha dudado en aliarse con concejales tránsfugas cuando de hacerse con el control de algún ayuntamiento, con futuro turístico y con importantes inversiones inmobiliarias, se trataba. Así lo hizo, comprando, en colaboración estrecha con los “poceros” locales, el favor de un concejal en Alajeró en la legislatura del 97 al 03 y ahora lo está haciendo en Vallehermoso, aun a riesgo de hacer trizas a la organización local de su partido en este municipio. Sus alianzas con empresarios locales del sector del ladrillo, basadas en la sumisión y en la dispensa de favores institucionales, tampoco pasarían el filtro del más laxo control democrático y dudo que del examen de la fiscalía anticorrupción. En esta isla, lejos de lo que el marketing y la propaganda nos presentan, no hay verdaderas políticas progresistas en ninguno de los terrenos. Por ejemplo, la situación es nefasta en el campo de la educación, de la sanidad, de la cultura, del empleo, o del medio ambiente y muy, muy alejada de los valores de la izquierda en el campo de las libertades y de la participación ciudadana. Por su forma de ejercer la política los gomeros/as son en la actualidad más súbditos que ciudadanos, más clientes que votantes. Curbelo aplica en La Gomera una política basada en el marketing y en el uso personalista y arbitrario de los fondos públicos y sin lugar a dudas responde perfectamente al perfil de un cacique. Su obrar nada tiene que ver con los valores que deben marcar a un dirigente de izquierdas y no en vano, apelando a connotaciones históricas, en la isla se le aplica el calificativo de “Caciconde de La Gomera”. En Canarias necesitamos al PSC para dignificar la política y debe empezar por desprenderse del lastre de estos caciques locales, con todas sus consecuencias. Como al gran poeta insular Pedro García Cabrera, nos mantiene la esperanza y aguardamos expectantes a que las intenciones de regeneración democrática de Juan Fernando López Aguilar también aniden en La Gomera.
|