Lo que no está en los mapas.
Para los redactores del Proyecto de Costas, toda la historia de los usos de la costa y el asentamiento de Cho Vito se reducen, en la actualidad, a un “reducto pesquero artesanal”. Este silenciamiento de la historia y de la continuidad cultural de la pequeña comunidad de Cho Vito es básico para justificar que el Proyecto no interrumpe el uso tradicional de la costa a lo largo de generaciones. Esta amnesia, a partir de la que sólo se enfatiza lo que se consideran edificaciones de baja calidad que invaden el dominio público, es la que impide ver Cho Vito como el resultado de los usos históricos de esta particular zona de la costa. Los mapas, que representan a Cho Vito en la actualidad sirven, entonces, para ocultar la profundidad espacio temporal que explica los orígenes del poblado, su evolución y su actual fisonomía. En este punto es necesario, por tanto, restar importancia a los mapas y otorgar mayor protagonismo a la narración. Por lo demás, estos mapas no pueden dar cuenta de las interconexiones socioculturales y económicas de la comunidad de Cho-Vito más allá de su entorno inmediato.
De tal forma que para comprender la actual conformación del poblado de Cho Vito y de la vida de sus vecinos es necesario establecer, siquiera de forma sintética, las coordenadas espacio-temporales que lo sitúan en la dinámica de la historia moderna y contemporánea de la isla. Para este propósito sin duda contamos con un buen número de estudios históricos, geográficos y antropológicos. Sin embargo pocos investigadores como el geógrafo Fernando Sabaté Bell han proporcionado un análisis de las coevolución del litoral del Sur de Tenerife con los procesos más globales de la historia económica y social de la isla. En lo que sigue de esa sección se recurre, con ligeras variaciones, a la generosa contribución que para este informe nos ha facilitado Fernando Sabaté Bell, en un texto que él mismo ha titulado “Algunas reflexiones sobre el litoral canario y el caso de Cho Vito —o, lo que se podría llamar también— un conflicto social con hondas raíces en la historia del territorio”.
Hay que señalar, en primer lugar que, en Canarias y en particular en la isla de Tenerife, la mayoría de los asentamientos permanentes en la costa son posteriores a la segunda mitad del siglo XIX. Una excepción a esta pauta es, curiosamente, Candelaria, debido a su significación religiosa. Hay tanto razones internas como internas que están en la base de este fenómeno. Por una parte, antes de que Inglaterra se convirtiera en la primera potencia imperial y ejerciera el control de los mares, todos los asentamientos en la costa estaban sometidos a continuos ataques navales. Es significativo en este sentido que la derrota sobre Nelson en 1796 marcara de hecho el comienzo de la dominación británica sobre la economía canaria. La otra razón que determinó la ausencia de asentamientos permanentes en la costa fue la más alta fertilidad de las tierras y los mayores recursos hídricos de medianías, base de la economía agraria de todo ese periodo. Eso explica que fueran estas zonas donde, históricamente, se produjera una mayor utilización económica, social y demográfica del espacio insular. A la par, lógicamente, fueron también las medianías los lugares desde los que se ejerció el control económico y político de el conjunto del territorio insular, desde el mar hasta la cumbre, mediante un complejo conjunto de mecanismos ecológicos, económicos y sociopolíticos, resultando un modelo que Fernando Sabaté ha definido como “aprovechamiento multiple y vertical”.
Pero este modelo ha se ser insertado en el marco más amplio en el que quedó colocada Canarias dentro del desarrollo histórico del capitalismo mercantil y en la expansión colonial europea. En lo principal, desde la perspectiva de cómo esto afectó a la conformación de la economía de las islas, se generaron dos sectores, uno orientado a la producción excedentaria ligado a los mercados metropolitanos, y otro de autosuficiencia, controlado por el primero. Aunque presentados tradicionalmente de forma dicotómica como dos sectores enfrentados los nuevos enfoques historiográficos han podido mostrar no sólo sus interrelaciones sino el carácter complementario de los dos sectores en el desenvolvimiento histórico de la economía insular.
Pero, a la postre, el sector vinculado a la economía de autosuficiencia fue progresivamente desmantelándose, desarticulándose los dispositivos de aprovechamiento “vertical” que fueron dando paso, y en un breve periodo de tiempo, a un modelo basado en su contrario, en las relaciones “intrainsulares horizontales”. Una de las expresiones territoriales más genuinas de ese proceso fue la construcción de las “carreteras generales”, convertidas en las principales vías de penetración de la nueva economía capitalista..
Pero como muy bien indica Fernando Sabaté, “El hecho de que antes del último tercio del siglo XIX apenas existieran asentamientos humanos permanentes en el litoral no se debe interpretar como que éste constituyera un espacio inútil y al margen del conjunto de estrategias de utilización del territorio. Por el contrario, la ribera marina suministraba una gran cantidad de recursos, y era el escenario de usos, aprovechamientos y rituales, que complementaban y hacían posible el proceso de reproducción social. Se pueden identificar y coleccionar muchos ejemplos: pesca y marisqueo, en cualquiera de sus múltiples modalidades; obtención de sal marina; recolección de algunas algas marinas comestibles o que proporcionaban otras utilidades; pardeleo y otras prácticas cinegéticas; recolección de plantas silvestres (de aptitud comestible, condimentaria, medicinal, veterinaria, tintórea, etc.); lavado de la lana, curtido del lino, limpieza de animales de carga; purgas anuales del aparato digestivo y otras prácticas terapéuticas; ciertas modalidades de agricultura basadas en cultivos muy resistentes a la maresía; hallazgo periódico de objetos útiles arrojados por la marea; romerías a los santuarios marianos de la orilla, baños rituales de personas y animales por San Juan… Éstos y otros casos evidencian la importancia de la franja litoral, y su carácter de satisfactor sinérgico, por cuanto muchas de las anteriores actividades se podían desarrollar de manera simultánea. Además, pequeñas bahías abrigadas, sin mayor infraestructura, fueron también los puntos por donde se verificaban modestos embarques de mercancías y personas, con destino a islas vecinas o a puntos alejados de la propia… Por todas estas razones, era muy habitual que personas y, sobre todo, colectivos familiares, se desplazaran estacionalmente, permaneciendo cortas temporadas junto al mar. El carácter temporal del hábitat. Estas formas de cobijo consistían, de manera habitual, en el aprovechamiento de cuevas, labradas por la erosión marina sobre los pequeños cantiles del litoral”.
Pero la implantación del nuevo modelo “horizontal” de la economía insular no sólo no fue uniforme en el tiempo, sino que generó importantes desigualdades sociales y territoriales. En ese marco es en que hay que insertar el crecimiento del sector pesquero, en un periodo de notable crecimiento demográfico y en que se le impusieron fuertes restricciones al acceso a los recursos de tierra y agua a los sectores campesinos.
Finalmente, la construcción de la autopista y del aeropuerto del Sur, determinarían en los años de 1970 la hegemonía del binomio turismo-construcción dentro del modelo económico insular, dando lugar a las drásticas transformaciones de todo el espacio litoral y a la variada configuración socioeconómica de sus enclaves.
Esta breve y esquemática presentación histórica quizá sea suficiente para insertar el origen y evolución del poblado de Cho Vito, siguiendo los elementos principales del análisis elaborado por Fernando Sabaté.
“Igueste de Candelaria se sitúa a más baja cota que la mayor parte de los enclaves de las medianías del Sur. Este hecho deriva a su vez de las particularidades del lugar: un estrecho ‘valle’ que se estrecha aún más hacia la cabecera. El caserío más antiguo de Igueste es a la vez el mas alto, y lo atraviesa el viejo camino (sin duda, anterior a la Conquista) que conectaba el santuario mariano de Candelaria con la primitiva capital insular, La Laguna. Este núcleo se localiza en torno a los 340 metros sobre el nivel del mar, y de ahí hacia abajo se extiende el resto del pueblo. A diferencia del resto de los pueblos del Sur, muy alejados de la costa –donde los vecinos que acudían hasta la orilla cubriendo las distancias a pie tenían que prolongar su estancia al menos un par de jornadas para que fuera eficiente en términos energéticos-, en Igueste, en cambio -que forma parte del sector, junto a Acentejo por el norte, donde la Isla se ‘estrecha’- resultaba mucho más fácil la conexión con el mar, sin que fuera indispensable, ni siquiera conveniente, disponer de espacios de cobijo junto a su ribera: un vecina podía bajar a coger lapas, un vecino a pescar o buscar carnada, y unos chiquillos a remojarse en los charcos durante el verano, y volver en unas pocas horas después. Progresivamente, junto a estas actividades de los vecinos de Igueste, familias de clase trabajadora procedentes de los barrios de Santa Cruz y La Laguna sur (Taco, La Cuesta) comienzan a frecuentar la zona. Estamos ya en un contexto cultural donde se populariza más y más el disfrute del ocio junto al mar (coincidiendo con el arranque del fenómeno turístico); lo que sucede, paradójicamente, cuando apenas hay facilidades para su acceso y disfrute en el área de Santa Cruz: con la excepción de Valleseco, ya habían desaparecido la mayor parte de las calas y caletas del litoral santacrucero, sepultadas por el progresivo crecimiento de su sistema portuario; aún no se ha construido la neo–playa artificial de Las Teresitas, y la primitiva playa de San Andrés tampoco resultaba apta todo el año, mucho menos a marea llena. Para los que vivían entonces en el sector suroccidental del área capitalina, Las Caletillas constituía el primer punto donde el mar resulta accesible, circulando por la carretera general camino del Sur. Una vez sobrepasado el obstáculo orográfico de La Cuesta de las Tablas, el tramo correspondiente a Igueste de Candelaria es donde la carretera circula por las cotas más bajas de todo su recorrido. No se había generalizado aún la motorización privada (mucho menos para las clases populares), y la guagua dejaba a los viajeros en una parada situada a unos cuatrocientos metros del conjunto de pequeñas playitas de callaos (algunas realmente minúsculas), que dan nombre al lugar. Con el tiempo, estas personas conciben la posibilidad de pasar algunas temporadas en el lugar, y acomenten poco a poco el acondicionamiento de las cuevas y la parte baja de un cantil que limita una de las calas, la de Cho Vito. Algunas de estas personas son también originarias del inmediato pueblo de Igueste, lo que facilita la cobertura logística para desarrollar esta labor.
Se aprovecharon las cavidades existentes, se excavaron otras donde la tosca (dura, pero menos que el basalto) lo permitió, se construyeron accesos peatonales a las distintas habitaciones, y todo eso se llevó a cabo sin cerrar ni impedir, jamás y nunca, el acceso de otros usuarios a disfrutar del mar en la zona; una situación que contrasta con la docena de ámbitos donde el resto del litoral de Las Caletillas quedo vedado para la gente que no fuera cliente de algún hotel, usuario de alguna instalación náutica o propietario de una villa cuyo cerramiento exterior limita con el rompiente de la marea.
En efecto, la mayor paradoja de este asunto es que, mientras se iba levantando el caserío de Cho Vito, en su vecindad se desarrollaba otro proceso: la edificación y urbanización de Las Caletillas con finalidad turística y bajo parámetros muy diferentes. En este caso, formas ortogonales, medianos (y un tanto pretenciosos) rascacielos, hormigón armado, accesibilidad preferente a los automóviles, y todos los demás rasgos propios de la mayor parte de la anodina arquitectura turística internacional de los años setenta. En la caleta de Cho Vito, en cambio, se utilizaban formas orgánicas, adaptación a la morfología del lugar, pequeño tamaño, escala humana, voluntad de utilización de un espacio para el propio uso (familiar y de la comunidad), sin pretensiones de privatizarlo en su conjunto, ni de mercantilizarlo. Es decir, se estaba reproduciendo exactamente el modelo vernáculo o ‘tradicional’, aunque fuera treinta, sesenta o noventa años —según los casos— más tarde que en otros asentamientos litorales del Sur”.
Así, pues, lo que no cuentan los mapas que representan la costa de Candelaria y, específicamente Cho Vito, es la decantación histórica de los usos sociales y económicos del litoral insular, decantación sin la que sería imposible –como lo es de hecho en esos mapas- la actual conformación del litoral candelariero. Pero esto, a lo que podríamos considerar la macro-historia insular, no es lo único que permanece invisible en esos mapas; en ellos tampoco está lo que, en principio, debería haber aparecido en primer lugar: la particular historia del poblado de Cho Vito, sin la que nada podría decirse con un mínimo de buen juicio.
Lo que está en un nombre.
El nombre de un lugar es el vestigio de la historia de cómo ese nombre le fue dado. Así, el nombre de Cho Vito encierra los procesos, objetivos y subjetivos, de cómo sus gentes han ido estableciendo su sentido del lugar, su identidad local. Pero esta, como todas las identidades, es siempre relacional. Cho Vito es distintivo no en sí mismo, sino precisamente en relación a lo que nos es: a la central de Unelco, a Las Caletillas, a Candelaria, a Igueste, a Santa Cruz. Este sentido del lugar aparece desde que, en las primeras décadas del siglo XX, D. Víctor Rodríguez Torres “Cho Vito” comenzara a frecuentar el lugar. De tal forma que, a partir de ese periodo, varias generaciones han venido utilizando y asentándose en esta pequeña porción de la costa. Sin embargo, a los efectos de disponer de una adecuada caracterización de Cho Vito, es tanto más importante resaltar esa proyección histórica “objetiva” como el hecho de que ese pasado, el pasado de sus habitantes, es percibido como una parte sustantiva de lo que es ahora el poblado y de lo que son ellos mismos.
En dos destacables trabajos, de los que se ha hecho mención al comienzo, “Historia sobre Playa “Cho Vito y Caletillas”, realizado por D. Manuel García Alonso, y el estudio “Poblado marinero de Cho Vito: Memoria Técnica” se hacen aportaciones más que notorias y precisas sobre el origen, la evolución y el estado actual de Cho Vito. Esto es, tanto de las originarias actividades de pesca y agricultura y de las primeras estancias temporales hasta los asentamientos permanentes, así como de los cambios y adaptaciones de las actividades sociales, económicas y culturales de los vecinos. Desde “jalar por la calaa“ a varar los barcos; desde ir a vender el pescado a los niños bañándose en la playa; desde hacer nasas y acondicionar las cuevas a construir el paseo; desde los cultivos agrícolas a la central de Unelco; desde curar el pescado a las acciones para impedir la demolición del poblado.
No se trata aquí, entonces, siquiera de hacer un resumen de lo que ya está bien expuesto en los trabajos reseñados. Pero si es importante resaltar que todo este esfuerzo por no perder todas esas trazas de la memoria del lugar es uno de los principales componentes de la actual y viva cultura popular de Cho Vito. Y este es el punto en que, de nuevo, las concepciones que dominan la ortodoxia urbanística y paisajística, imponen su abstracto sentido de los territorios, espacios, paisajes y lugares, silenciando las prácticas populares de estar en ellos y de usarlos. Mostrando sus mapas, imponiendo su cartografía, lo que aparece de Cho Vito es un “presente” descarnado, sin historia, sin vida cotidiana. Mejor dicho, aparece sólo una representación abstracta del presente en unos mapas que, por definición, son incapaces de mostrar los aspectos emocionales y cognitivos que están siempre presentes en toda relación humana con el espacio. Las consecuencias de este uso de los mapas como “representación objetiva” del espacio son desastrosas para la permanencia de los sectores populares en los lugares sometidos a las presiones que ejercen las actividades socioeconómicas dominantes. Así, siguiendo esa lógica, lo que en el fondo viene a afirmar esa cartografía es que, si no hay pasado, tampoco hay futuro. Es, entonces tanto más significativa la relevancia del pasado de Cho Vito para los vecinos como la necesidad de silenciarlo por parte de quienes quieren que el poblado desaparezca.
Es por esta razón por la que, en evidente contraste con lo mostrado con los trabajos aludidos y sobre todo con las propias manifestaciones de los vecinos, en el Proyecto de Costas no hay una sola mención ni al pasado ni a la continuidad histórica del poblado de Cho Vito, salvo, como ya se indicó, su consideración como “reducto pesquero artesanal”. A vista de pájaro, pues, desde arriba, “mapeando” Cho Vito, desaparecen los años de salidas al mar, de acondicionar las cuevas y las casas, de ayuda mutua. De los mapas desaparecen también los olores y los sonidos del mar y del pescado; el bar de Genaro; y las reuniones para resistir.
Una vez más, de forma inconsciente, aparece el efecto neutralizador y anestésico del conocimiento “experto” en urbanismo y paisaje. Recurriendo a la abstracción y distanciamiento que les permiten los mapas y planos, a las aparentemente asépticas descripciones arquitectónicas y a las incuestionables consideraciones “técnicas”, queda excluida toda referencia a todos los sentimientos, sensaciones y emociones ligados a toda relación humana con el entorno, con los lugares. Considerados como aspectos subjetivos, y por tanto no cuantificables, el sentido del lugar es minimizado, cuando no denigrado. Y hay que hacer notar aquí que manifestar sentimientos y emociones acerca del lugar es considerado, en muchos de los debates públicos sobre problemas de urbanismo, como una actitud “femenina” o “infantil”. Esto impone a los propios vecinos tener que ser reservados a la hora de manifestar este sentido del lugar, limitando sus manifestaciones a lo que se entendería por historia y descripción objetiva del poblado. Pero este dispositivo ideológico que persigue bloquear la fuerza del “sentido” del lugar, tienen asimismo una dimensión política y moral.
Todas las personas, aunque sin duda mediatizados sin duda por su extracción social, étnica, religiosa, de género…, establecen con el espacio relaciones objetivas y subjetivas, que tienen componentes tanto físicos como emocionales y cognitivos. Pero es significativo que, en el terreno de los problemas medioambientales y urbanísticos que afectan a los sectores populares, permanezca precisamente oculto el sentido del lugar de los “expertos”. Eliminando de la evaluación los sentimientos y emociones de los “expertos”, los de los vecinos pueden, entonces, ser minimizados e, incluso, menospreciados. En este sentido es claro que, para un debate en plano de igualdad sobre el futuro de lugares como Cho Vito, antes de obligar a los vecinos a “demostrar” la antigüedad y dignidad de sus casas, hay aplicar un elemental principio de simetría entre los recursos y dispositivos políticos e ideológicos de “expertos” y vecinos.
Así, una premisa básica en el conflicto de Cho Vito es que los vecinos no reivindican una mera continuidad “arquitectónica” de sus edificaciones, sino que luchan contra la visión “cartográfica” del poblado, que lo deja sin profundidad temporal, sin historia. En definitiva, si se reparara más en lo que está en un nombre en lugar de lo que está en un mapa, Cho Vito podría ser valorado como una muestra de la continuidad de los usos populares del litoral en Tenerife y no como un paisaje formado conjunto de casas “de baja calidad” que usurpan el uso público de la costa. Como ha hecho notar Barbara Bender, todo paisaje es tiempo materializado o, mejor, tiempo materializándose. Pero paisaje y tiempo nunca permanecen inmutables y son, siempre, subjetivos. Dicho en otros términos, lo que desaparecería con Cho Vito no serían las casas, sino el tiempo vivido de la gente. Y, sin la menor duda, para esta pérdida no hay ninguna figura de protección -del patrimonio cultural, medioambiental o urbanística- que pueda restaurarlo.
¿Qué es Cho Vito? El problema de la clasificación.
Si se analizan las posiciones que los diferentes agentes administrativos, sociales y políticos que ha estado interviniendo en el conflicto de Cho Vito, estás responden en su conjunto a los intentos de demostrar que el poblado no encaja en ninguna categoría jurídico-administrativa de cara a justificar su demolición o, por el contrario, en encontrar alguna vía que permita su conservación. Ya se ha hecho referencia a los presupuestos y consecuencias de definir Cho Vito, por parte de la Dirección General de Costas, como un “reducto pesquero artesanal” –con edificaciones de “baja calidad”. Pero también es conveniente señalar, siquiera sea someramente, el alcance de aquellas otras propuestas que buscan una definición positiva del poblado.
En particular es significativa la que hace referencia a su posible declaración como Bien de Interés Cultural. Esta categoría jurídico-administrativa es la figura de máxima protección en la vigente Ley de Patrimonio Histórico de Canarias. Y, por esa razón, se ha convertido en una especie de fetiche jurídico al que todas las iniciativas de conservación del patrimonio cultural pretenden acogerse. Se ha pretendido que Cho Vito sea declarado, para garantizar su conservación, Bien de Interés Cultural. Pero sin que podamos extendernos aquí sobre el alcance y los usos de esta figura, es importante señalar al menos dos consideraciones. Por una parte, que por todo lo expuesto anteriormente, Cho Vito será siempre visto negativamente por los que hacen una “lectura ortodoxa y conservadora” de la Ley de Patrimonio Histórico y, por otra, que la propia definición de Bien de Interés Cultural contiene, paradójicamente, una seria amenaza para que Cho Vito pueda seguir siendo una expresión de la cultura popular viva de la isla.
En lo que atañe a la primera consideración, y atendiendo a los criterios que se suelen utilizar en el debate para otorgar la categoría de Bien de Interés Cultural, a Cho Vito se le negará esta definición porque no responde a dos de los criterios dominantes en las políticas de protección del patrimonio cultural. En primer lugar, que lo inmuebles a catalogar como Bien de Interés Cultural tengan la arbitraria antigüedad de más de cincuenta años. Puesto que no todas la edificaciones tienen esa antigüedad , a la par que todas –en la medida que están habitadas- están en un continuo proceso de adaptación y modificación, se esgrimirá que no se puede declarar Bien de Interés Cultural el conjunto del poblado. Pero es que, además, Cho Vito no cumpliría otro de los criterios incuestionables en este terreno: el valor estético. En la medida en que las casas y demás edificaciones de Cho Vito no responden a las preconcepciones de lo que se considera “arquitectura tradicional”. Puesto que en ellas se mezclan materiales y estilos, las casas de Cho Vito se considerarán no representativas de la cultura tradicional. Es cuanto menos irónico que sean los criterios puristas del gusto estético de las clases medias y altas los que, finalmente, determinen si las casas de los sectores populares de la población sean o no consideradas cultura tradicional. Pero es que, para decirlo con mayor claridad, la Ley de Patrimonio Histórico no es un instrumento jurídico-político para la conservación de la cultura popular, sino para la preservación de sus ruinas; esto es, para las manifestaciones de la cultura popular, esta Ley sólo sirve para conservar la cultura popular que ya ha dejado de estar viva, la que ya no forma parte del presente de los grupos populares.
Respecto a la segunda consideración, sobre las repercusiones que tendría declarar Cho Vito Bien de Interés Cultural, se ha de tener en cuenta que esta figura de la Ley de Patrimonio Histórico impondría claras restricciones al libre desenvolvimiento de la vida social en Cho Vito. Declarar BIC a las formas y rasgos culturales vivos no sólo es contradictorio con el carácter dinámico de la cultura, sino que la limita, fosiliza e institucionaliza la ingerencia de agentes externos. Así, es claro que si se declarara a Cho Vito como Bien de Interés Cultural no serían sus vecinos los que, como durante generaciones, tendrían en sus manos la dinámica social y cultural del poblado, sino que serían los expertos en patrimonio de la Administración Pública los que determinarían la legitimidad de las actuaciones de sus habitantes.
Finalmente, en este apartado, hay que reseñar también otra importante dimensión de la restrictiva interpretación de la Ley de Patrimonio así como algunos de sus “vicios” recientes. Cho Vito, como muchas otras formas de la cultura popular está sometido al doble juego de las políticas de conservación que separa, a conveniencia, las dimensiones materiales e intangibles de del patrimonio cultural. Cuando los vecinos reinvindican la memoria histórica del barrio –lo intangible- se les reprocha que ésta no tiene un correlato material adecuado –las edificaciones son calificadas como de baja calidad y consideradas como demasiado alteradas para ser consideradas “arquitectura tradicional”; por el contrario, cuando intentan salvaguardar sus casas, se les reprocha que éstas no tengan suficiente valor “simbólico” ligado a las actividades tradicionales del litoral –como cuando se describe a Cho Vito como “un reducto pesquero artesanal”.
Frente a todas las categorías de clasificación mencionadas está la adoptada por el propio Ayuntamiento de Candelaria y que, a la postre, parece tanto la más viable desde el punto de vista jurídico, como la más flexible en el sentido de que no supondría una tutela política-administrativa sobre la comunidad de Cho Vito. Se trata de su inclusión dentro del Catálogo Municipal de Patrimonio como “Conjunto Etnográfico”. Esta consideración, en el terreno jurídico-administrativo, parece ser consistente con las conclusiones del Informe elaborado por el Servicio Administrativo de Planificación del Cabildo de Tenerife. En ese “Informe en relación al efecto de la inclusión de edificaciones afectadas por la Ley de Costas en catálogos municipales de protección”, de 11 de mayo de 2006, se expresa en su conclusión cuarta que “A través de su inclusión en su catálogo, un Plan General Municipal puede considerar a esos bienes como de interés general, manifestando la necesidad de su conservación y la prohibición de su demolición”. Así, pues, se ha de entender que, como se muestra a lo largo de dicho informe, la inclusión de Cho Vito en el Catálogo municipal de Candelaria es totalmente factible jurídica y administrativamente.
Sin embargo, por encima de estas consideraciones, no se trata de “salvar” Cho Vito con arreglo a si se le puede clasificar dentro de algunas de las categorías que contempla la legislación urbanística o de patrimonio histórico o etnográfico. Se trata, más bien, de que los planificadores y gestores de las políticas territoriales, urbanísticas y patrimoniales no se ofusquen en la creencia de que sólo lo que se acomode a esas categorías puede y debe ser protegido. Por otra parte, varios precedentes en otras partes del Estado demuestran que es posible establecer un acuerdo entre todas las administraciones implicadas, posibilidad que precisamente se recoge en la propia Ley de Costas. En el caso de Cho Vito, la Administración del Estado, el Gobierno de Canarias, el Cabildo de Tenerife y el Ayuntamiento de Candelaria deben y pueden lograr un acuerdo que permita la continuidad de la comunidad de Cho Vito.
No un modelo a imitar, sino un ejemplo a respetar.
A los ojos de los planificadores y ejecutores de la Ley de Costas, al menos en este caso, responde a un mecanismo, ya bien conocido por los estudios de los fenómenos socioculturales, de las consecuencias derivadas del desarrollo del capitalismo. En su expansión, el capitalismo ha ido transformando radicalmente el territorio, a la par que destruyendo las formas de vida de las poblaciones locales. Pero esta destrucción ha dado paso, precisamente, a la nostalgia de las antiguas formas de vida, vistas ahora como tradicionales y auténticas. Pero, en lo que no deja de ser una muestra de crueldad moral, después que el propio capitalismo ha destruido todas las formas de vida tradicionales es cuando se les echa en cara a los locales el no haberlas conservado. Es entonces, apoyada en la razón cínica, cuando los planificadores del espacio público “limpian” el litoral de las edificaciones que consideran una denigración de la fisonomía de la costa para devolverla a su supuesto estado original. Pero, como ya se ha mencionado anteriormente, el carácter ilusorio de este alagado objetivo, es decir, la imposibilidad de que “la decoración” del litoral que se propone –con sus accesos, su pavimento, sus bancos, sus árboles, sus papeleras- pueda considerarse una recuperación del estado “original” de la playa. Esto, sencillamente, no es sino el intento de presentar unos determinados valores estéticos como la expresión de un único, original y verdadero estado “natural” de la playa.
La política que se quiere aplicar a este diminuto trozo de la costa de Candelaria, la pretensión de demoler las viviendas de Cho Vito no es, entonces, sino la brutal consecuencia de la nostalgia capitalista sobre los grupos menos favorecidos de la sociedad. O, en otros términos, el derribo de las edificaciones populares de Cho Vito respondería a la terrible lógica de hacer pagar a los vecinos los costes de un crecimiento turístico y urbanístico, común a buena parte de la isla, de la que ellos no sólo no son responsables sino sus víctimas más inmediatas.
Recapitulando lo expuesto hasta aquí, se puede afirmar que en poblados como el de Cho Vito confluyen dos procesos; uno de “larga duración” y otro, más reciente aunque de décadas, de adaptación a los patrones socioculturales contemporáneos. El de “larga duración” remite a las prácticas de la población insular –especialmente en la costa sur- de acceso puntual o estacional al mar y a sus recursos. Por una parte responde, a través de generaciones, a una peculiar forma de establecer una relación con el mar, en gran medida con el objetivo de aprovechar sus recursos pero también para realizar actividades no económicas. Pero, por otra, estas prácticas de “larga duración” coinciden modernamente con la introducción de uno de los patrones de ocio más genuinos de las clases medias y altas: el turismo de playa y el de vacaciones en el mar. La demanda de playa y costa de estas clases sociales y, sobre todo su más reciente democratización a cada vez más sectores sociales, expulsó a los estratos más bajos de los enclaves turísticos en desarrollo.
Pero estos sectores populares, en este apartado como en otros muchos –especialmente en los ligados al consumo y a la cultura- tienden a imitar a los grupos sociales más favorecidos. Así, creo que en este tipo de asentamientos en las costas, coinciden la “tradición” de aprovechar el mar con los mecanismos de imitación de los gustos y prácticas sociales de las clases altas, ese gusto moderno que hicieron del uso estrictamente vacacional de la costa y el mar un signo de distinción social.
En esa medida, estos asentamientos no son ni estrictamente residenciales ni específicamente turísticos. Es esta hibridación la que le da ese peculiar carácter y diferenciación cultural. Asimismo, este hecho está también en la base, creo, de que las gentes que los construyen y los viven no quieren “convertirse” ni en “urbanitas” que viven en la costa ni en turistas que van a pasar las vacaciones. Son unos turistas “anómalos”, que no sólo van siempre de vacaciones al mismo lugar, sino que no hacen exclusivamente lo que lo turistas hacen en sus vacaciones; y son unos urbanitas igualmente “anómalos”, porque yendo siempre al mismo lugar no hacen allí sólo lo que es propio de la vida urbana, sino también realizan las actividades de ocio que se hacen cuando se está haciendo turismo.
Los vecinos de Cho Vito, por tanto, son y no renuncian a ser las dos cosas al mismo tiempo. Esto tiene para estas gentes un valor que difícilmente puede ser asimilado ni por los urbanitas “puros” ni por los turistas “ortodoxos”, dando igual que unos y otros, sean progresistas o reaccionarios, liberales o conservadores. Los que ven la costa bien como un lugar de residencia o bien como lugar para el turismo son, unos y otros, incapaces de comprender estas prácticas sociales y culturales. De un lado y de otro se les quieren imponer una lógica a la que ellos se resisten. Esta lógica consiste en afirmar, para unos, que estas casas, las de Cho Vito, tienen que desaparecer porque afean la costa o, sencillamente, porque lo dice la “Ley”; y para otros en defender que, aun reconociendo la Ley, las casas no deben ser destruidas porque sus moradores tienen derechos adquiridos, porque para muchos es su primera vivienda u otras consideraciones de tipo social. Visto así, sin duda estas dos posturas tienen algo de razón; pero ninguna acierta en considerar este tipo de asentamientos como una respuesta adaptativa de algunos sectores sociales a las dinámicas socioculturales, una respuesta que es creativa al tiempo que, ciertamente, no está exenta de generación de conflictos. Pero esto es, precisamente, lo que ha convertido a Cho Vito en un problema “político”.
Pero quizá puede haber un lugar y una oportunidad para, desde la esfera política, propiciar una actitud más reflexiva sobre las prácticas y pautas culturales de nuestra población, y establecer así un mejor terreno para el diálogo y la negociación social. En este sentido, se podrían considerar los siguientes aspectos.
1.El reconocimiento de Cho Vito como una manifestación de la cultura popular, y por tanto de las dinámicas que ligan, de forma altamente compleja, entorno y prácticas socioculturales a nivel local. Pero un reconocimiento que, sin embargo, no tiene que traducirse en modo alguno en proteccionismo paternalista.
2.La evitación de planteamientos maniqueos sobre el impacto sociocultural, económico, ecológico y estético de estos asentamientos. Reconocer estas prácticas sociales como un rasgo de la cultura local debe implicar, desde luego, su no denigración. No obstante, hay que tener en cuenta que el rechazo que las casas de Cho VIto provoca sectores de la elite social –públicos y privados- se debe, claramente, a que no responden a los patrones estéticos de la clases medias de la que forman parte el grueso de los especialistas en planificación territorial y urbana, así como los expertos en patrimonio cultural.
3.Pero lo que se plantea no es, entonces, que haya que conservar o proteger Cho Vito por el hecho de que sea una manifestación de la cultura popular per se. Por el contrario, se trata de que se considere como un rasgo de la cultura popular en sus propios términos, esto es, no aplicándoles las mismas pautas y valores que definen culturalmente a otros grupos sociales. Esta es la única forma en la que se podría establecer un diálogo social en el que la cultura popular sea un activo de una política plural y democrática y no la imposición de unas pautas encorsetadas de comportamiento social.
4.Todos queremos usar la costa, todos queremos disfrutar del mar. Pero si tanto molestan el tipo de casas como las de Cho Vito, ¿no será entonces, sencillamente, porque no coinciden con las maneras socialmente aprobadas de usar la costa y disfrutar del mar? Pero quizás la comunidad de Cho Vito, con sus casas de “baja calidad”, con su particular decoración, con sus relaciones sociales, con su turismo de “andar por casa”, nos está diciendo algo realmente significativo: que tienen su propia forma de estar en el mundo, en este caso, que tienen su propia manera de ser isleño.
5.Si muchos están ahora de acuerdo, como parece, en defender a estos vecinos, esta defensa no debería quedar sólo en salvar sus casas, sino en reconocer su distintiva forma de establecer relaciones sociales y con el entorno en ese particular y pequeño espacio de la costa de Candelaria. Si nos quedamos sólo en salvar las casas, hoy se podrá mantener en pie Cho Vito, pero mañana no servirá para otros casos para los que quizá no se tengan esa sensibilidad. Así, pues, en este sentido los vecinos de Cho Vito no consideran ser un modelo a seguir; sólo, sencillamente, un ejemplo a respetar.
6.En el poblado de Cho Vito concurren conjunto de elementos y factores históricos, socioconómicos, combinados en una particular conformación cultural, con una significativa riqueza etnográfica. Su inclusión en el Catálogo Municipal de Candelaria como “Conjunto etnográfico” está plenamente acreditada. No hacerlo y, consecuentemente, no protegerlo en función de esa consideración, supondría la injustificada desaparición de una especialmente distintiva muestra de la cultura popular viva de la isla de Tenerife.
7.En definitiva, Cho Vito y sus gentes son hoy tan dignos como lo fueron originalmente, cuando sus antepasados se dedicaban a las actividades “tradicionales” de pesca y agricultura. Constituiría un acto de crueldad moral denigrar el Cho Vito actual tomando como baremo la idealización de la cultura tradicional, basada en la valoración nostálgica del pasado y en el desprecio de las culturas populares vivas del presente.