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Antonio Delgado: Crónica desde Perú, siete días después Imprimir E-Mail
jueves, 23 de agosto de 2007

 Han transcurrido ya siete días. A las 18:40 hora local,  un movimiento sísmico sacudía al Perú, con epicentro en Ica, región cuya capital se halla a unos trescientos kilómetros de Lima. Tras el susto, un seísmo de casi tres minutos, llega  la hora de las valoraciones. Empecemos por lo bueno. Lo primero, la solidaridad con “los hermanos del sur”, como se dice aquí. Perú es un país dividido cultural, étnica, social y económicamente entre costa, sierra y selva.

Pero a la hora de la tragedia la solidaridad llega desde todos los estratos. Sorprende y admira, a un tiempo, ver a la gente de “asentamientos humanos”, lo que llamaríamos nosotros “suburbios” acudir a la llamada solidaria. Ellos que viven en chabolas en condiciones ínfimas de salubridad, apoyan a quienes tienen todavía menos: la gente de Ica, Pisco o Chincha que ya no tiene un techo donde cobijarse. La solidaridad internacional también ha sido impresionante y debe continuar. Las comunidades peruanas en España han habilitado cuentas corrientes en entidades como el BBVA y LaCaixa.

En el lado negativo de la valoración, la imprevisión estatal ante una tragedia de esta magnitud. Ha quedado demostrado que el Perú no estaba preparado para una catástrofe de esta magnitud. Y es lo primero que causa perplejidad porque el Perú es un país geológicamente sometido a la amenaza permanente de los seísmos. Tal circunstancia obliga, ineludiblemente, a que el Perú disponga de todo un plan de prevención que de manera rápida actúe en caso de catástrofes naturales, especialmente sísmicas, que son las más probables. El domingo pasado en el programa de entrevistas televisivas del escritor Jaime Baily, el responsable del Instituto Geofísico recordaba que hace dos años envió al Gobierno un informe en el que advertía que tres zonas del Perú sufrirían a corto o medio plazo un seísmo fuerte, similar al padecido hace una semana. Y entre las zonas que señalaba el informe estaba Ica, epicentro del último y catastrófico terremoto. Es evidente que el informe de los sismólogos no se tuvo en cuenta a la hora de planificar una auténtica red de defensa y protección civil.

 Han fallado muchas cosas fundamentales a la hora de socorrer a los afectados. Por lo pronto, en las primeras horas, falló la comunicación y la información. No se entiende de otra manera que tres horas después del seísmo el presidente Alan García lanzara un mensaje al país diciendo (y agradeciendo a Dios, qué paradoja) que el terremoto afortunadamente no había causado demasiadas víctimas. Si la máxima autoridad del Estado desconoce tres horas después la magnitud de la catástrofe ello nos hace pensar que seguramente la respuesta inmediata no fue la adecuada. Y el asunto chirría gravemente si comprobamos que algunas emisoras de radio y televisión antes de que hablara el jefe del Estado ya hablaban de más de un centenar de víctimas. El Gobierno no conocía la realidad de la catástrofe y no tenía comunicación efectiva con Ica durante las primeras horas. Las Fuerzas Armadas sí contaban con sistema de comunicación que no fue usado por la defensa civil. Nadie ha explicado la razón.

 A una semana del terremoto y de sus persistentes réplicas se ha manifestado la descoordinación en las tareas de socorro, que evidencian fallos inadmisibles en la protección civil. Hay todavía zonas afectadas que no han recibido ayuda de tipo alguno. Y cuando la ayuda llega no hay criterios efectivos para el reparto o distribución de la misma. Es inadmisible que habiendo muchas contribuciones materiales y personales éstas no sean canalizadas adecuadamente.

 Pero no sólo han fallado los mecanismos de protección civil, previos y posteriores a la tragedia. Los peruanos reconocen en una encuesta publicada en el prestigioso rotativo “El Comercio” que no estaban preparados ante un seísmo como el del miércoles. Y ello es más grave en un país que ha sufrido ya reiteradamente los efectos destructores de los seísmos. Ojalá que lo ocurrido sirva para crear una conciencia pública de prevención y que las autoridades estatales asuman la obligación ineludible de crear mecanismos efectivos que ante la inevitable catástrofe sepan paliarla antes y después de que se produzca. Porque, desgraciadamente, la placa de Nazca continuará moviéndose periódicamente y los terremotos acompañarán siempre a los peruanos.

  Pese a todas estas fallas, que nadie dude a la hora de hacer su aportación por pequeña que sea. Porque la ayuda nacional e internacional está llegando y se está distribuyendo. Y ahora viene la reconstrucción de las ciudades, que es tanto como decir la reconstrucción de la vida de sus habitantes. El Perú seguirá demandando la solidaridad de todos nosotros.


 Antonio Delgado Núñez (licenciado en Ciencias Políticas y Sociología
 
 
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