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¿Para cuándo el centro para enfermos psíquicos en la isla de Lanzarote? Imprimir E-Mail
viernes, 25 de julio de 2008

Rosario González Perdomo.- 

Esta semana me he encontrado con el loco, (él  se hace llamar de esa manera).

Ese loco al que puedo llamar: esquizofrénico, enfermo psíquico, pero  se queda con el apodo.

Yo fui a tirar la basura al contenedor. No recuerdo si fue la primera vez, cuando llevé la bolsa, o la segunda, cuando fui con una cajas vacías... Él venía con una carretilla llena de basura, la cabeza gacha; mis pies no sabían si seguir o retroceder; mi mente me decía que yo no le tengo miedo, que eso ocurrió hace cinco años, que no me volverá  a pasar. ¿Y si me pasa otra vez? Mi cabeza tenía muchas cosas dentro... no supe lo que tarde en llegar al contenedor de basura.

Tiré la basura, (luego recordé que fue cuando fui con las cajas vacías), le dije hola. Él me contestó, pero yo no le pude mirar a la cara. Casi corrí a la tienda... me parecía que no, pero creo que sí, por cómo me miraron las clientas cuando entré.

En estos momentos no le odio, ahora no. Hace algún tiempo sí le odiaba por el daño psicológico que me produjo.

Él no me tocó, como dije en el Juzgado. Tenía que decirlo... no me hacían caso. Llevaba casi un mes con sus gritos, diciéndome que me estaba cuidando, que no me quería hacer daño. Yo no lo creía, tenía mucho miedo.

Él no me tocó el día que me acorraló en la tienda; sólo me persiguió diciéndome que era el loco del barrio. Yo le decía que no. En aquel momento sentí miedo por mi hija, pero ella fue más valiente que yo y pudo llamar para que viniera la policía.

Él no toco mi cuerpo, pero hizo mucho daño a mi interior. Con todo eso me podía quedar paralizada en cualquier momento sin responder. No tenía miedo, sentía pánico.

Día tras día, noche tras noche, me parecía verlo en cualquier lugar. Yo sabía que solo estaría cuidándome en la puerta de mi tienda, pero era como llevarlo detrás en el coche, estar en la habitación de al lado, en la azotea, en mis sueños, en mis pesadillas... (todavía hoy sigue en alguna de las pesadillas). En cualquier lugar.

Tiene una mirada triste, no como la de aquel día, en que sus ojos querían salir de su cara. Una mirada horrible para no recordar. No sé para qué la recuerdo ahora, estos días, si yo no le tengo miedo. O quizás sí, y no me he repuesto del todo.

Hace tiempo que no escupe los cristales de la tienda, ni en los del coche. Eso quiere decir que no tiene crisis .No quiero encontrarlo, pero trabajo casi al lado de su casa. Pero yo no le tengo miedo, ¿o si?. No lo sé, por lo menos no es como antes cuando casi lo vi de frente a mi coche, y quise terminar con mi sufrimiento pasando el coche por arriba de él. A veces pienso que él también me tiene miedo a mi.

 Pero tiene una mirada triste. Él sabe que no me tocó, pero la policía y su madre me pidieron que lo dijera para que lo metieran unos días en algún lugar para darle su tratamiento.

Yo fui a quitar la denuncia. No quería verlo más y menos en un Juzgado, la denuncia estaba archivada. No quería seguir culpándolo. No por ese daño físico que no existió. Él lo sabe y me mira con los ojos gachos, pero sé que me mira. Estos últimos mese es mucho lo que lo veo y siempre digo que no le tengo miedo. Sí le tengo, pero en el fondo he terminado por tenerle pena.

Tiene una mirada triste.

Quiero olvidar, pero no me dejan. Su madre me preguntaba hace poco qué  pasará con su hijo el día que ella  no esté.

Y yo pienso en mis hijos, los cuales tuvieron que sufrir mi miedo al tener que acompañarme en el trabajo para que no estuviera sola  durante un mes de diciembre, las peores Navidades de mi vida, las más amargas .

¿Cuántas Navidades tristes, unas tras otras tienen que tener esas familias que tienen hijos o familiares con esa enfermedad? Locura, esquizofrenia,  enfermedad psíquica... como quieran llamarla.

Son tantos los días de sufrimiento que esas familias tienen que pasar, y que nadie en esta isla se preocupe de que de una vez por todas se les haga un centro para que estos enfermos puedan estar atendidos dignamente, no tirados en la calle, como algunos casos, o en casa con sus familias, las cuales no tienen  vida.

Ellos no han pedido ser como son. Si eso nos pasara a alguno de nosotros o nuestros familiares, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Cómo lo harían nuestro políticos?

Cada día son más las madres de enfermos que llegan para contarme sus historias. Quizás por todo eso  es por lo que me vuelven los recuerdos y me parece que él pasa más que otras veces por delante de la tienda. Tengo miedo por mi hija cuando se queda para sustituirme, no por mi. Ella también dice que él la mira.

Qué agonía la que nos ha tocado vivir... pero yo no lo tengo en casa, ni en el coche, ni en la habitación de al lado, ni en la azotea. Está en su casa con su madre, a la cual le ha sacado el cuchillo alguna vez. Es lo que me dijo  la policía cuando vino la primera vez.

Quizás por todo esto es por lo que pregunto a los políticos de esta isla: ¿para cuándo el centro en el que estos enfermos puedan estar atendidos?

Pobres familias. Mi historia al lado de la de ellos es un granito de arroz.  Los compadezco y espero de todo corazón que de una vez por todos nuestros políticos comiencen ese centro para estos enfermos. Dejen de criticarse unos a otros, de gastar dinero en tonterías y hagan algo por estas personas.

Rosario González Perdomo

 

 
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