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Beatriz Pérez Hernández.- Pleno del mes de Mayo. Ruano se empeña en enseñarme su zanahoria ( efecto por el cual andan las mulas y los burros: nada por aquí..., nada por allí). Encargan 100 gramos de planes quinquenales contra la pobreza o del Menor. 70 millones de euros sin ejecutar, después de que las ong “pequeñas” (Granja Escuela...), se peleen con Cáritas por 14.000 euros (para un año), en una mesa de negociación.
Sus planes, ni siquiera son castillos en el aire: está seguro de que el hospital y el colegio ya atienden a los pobres. Doña Olivia Cedrés (PSC), expone la vida cotidiana de las familias bajo el umbral de la pobreza. A quien viene a buscar aliento, y llora siempre ante extraños, jartos ya de secarse el rostro con el papel higiénico de oferta. A quienes sienten que los trabajadores sociales, hemos vejado su dignidad por no tener nada que ofrecer a toda una hora, cuyo drama, es la ausencia de toda capacidad de acción. A quienes pagamos con un informe social. A quien busca engarzarse a mis dedos. A quien busca mis conocimientos para despejar sus dudas acerca de, si pelear, y no sabe cómo dejar de malbaratar su vida. A los colgados. A los ausentes. A quienes esperan. A quienes el cielo puso nombre, y aquí lo ha troquelado una continua equivocación. A quienes buscan. Más allá de la “ayuda al prójimo” nos hemos dado, a través del conomcimiento, los proyectos y la creación social, los Servicios Sociales. Trabajan por hacer visible la justicia social. Para quienes el futuro es un monstruo que no pasa de mañana. Para quienes no nos abren la puerta porque vamos a preguntar. Para los prisioneros de sí mismos. Para quien ha conocido lo que tiene que recuperar. Para quien lleva todo el tiempo con una cosa escondida, que los atrapa en algo físico: en la violencia o en la dependencia. A los magos, que nos dan pequeñas señas en forma de jeroglíficos, que convertimos con el tiempo en herramientas. Ya no creo en las maldiciones del destino, y creo más que nunca en las posibilidades que cada uno nos abrimos, en función de las respuestas que nos dan los demás. Así que, devuelvo su zanahoria a Ruano, sus anuncios a Doña Inés Rojas, y salgo. Soy el perfecto efecto placebo: la policía social que tanto gusta a este gobierno. Informes, apaciguamientos y esperanzas, valoradora de ayudas que llegarán a una entre miles de solicitudes. Es penoso ver cómo se pelean CC y PP, por la paternidad de una Ley de Cooperación Internacional que presenta el PSC. Si hay pobres para todos, hombre. Dotar a las personas de recursos para dejar atrás sus disfunciones personales, familiares o sociales. Está colgado, pero no de mí. Me busca cada día. Yo sueño con otro él. Pertenece a una familia de seis. Se ha motivado por fin, ¿tarde?. Sus hijos (dos). Su hemana, tiene el SIDA, él quiere una plaza en un centro cerrado. Yo, le doy esperanzas (sólo tengo eso). Le planteo el CAT. Yo estaré. Vuelve. Ha encontrado a alguien. Y un primo de ella, abrió un bar. Viene más que otras veces. Encontró. Sé que irá y volverá, pero eso ahora no importa, mientras continúen sus porqués haciendo de motor para fumar despierto. Siempre he tenido problemas para separar la vida profesional, de la personal, y termino la tarde en casa de Héctor y Raquel. Es prostituta, y tengo que esperar a que acabe con el marinero de turno (qué especialista. Repìten y la vienen a buscar). Sale detrás de la cortina, se abrocha la bata y mira mi carita. Cambia el turno o de trabajo. Tú no vales para esto (se refiere a lo de hacer de rellena informes y acoge solicitudes). No dice nada más. Me sirve un café. Lo sorbo a ver si así tú te haces humo sin más. Su gata está preñada. Soy alérgica a los perros, y los gatos son mi sombra. Me siento a ver la tele con Héctor. Ya tiene 19 años. Se me abraza como cuando tenía 9. Me sale una lágrima. Y ante su mirada, en un salón ajeno, lejos de la oscuridad de mi cama, es cuando no puedo parar. Joder, ¿qué te pasa?. Pues que me acabo de dar cuenta de que se fue. En el coche, me seco mirando afuera. Meto el llavero en mi cerradura. Los dos años de Victor, tiran de mí. Se empeña en llamarme Bella, por más que mi madre, se lo corrige una y otra vez. Hala, una tortilla francesa y un plátano escachado, y a dormir los dos abrazados en el sofá. Dejo a Victor durmiendo y bajo al super para dejar en la nevera la comida de mañana. Mi madre me mira con esos ojos que conozco tan bien de: “niña, baja a la Tierra, pero ya”. Sé que ve dentro de mí. He quedado con José (el educador social), mañana temprano para hacer una visita domiciliaria en El Cardonal. Hoy no he comprado el periódico. No quiero verte. - Hija, tu padre ya está aquí, no tardes. Vale má, ya subo Hola hija, ¡qué guapa estás hoy!. Mi padre, vive amparado por Radio San Borondón. 11 p.m.. Ceno sola, y me rio. Sé que mañana le veré la zanahoria a Ruano.Su cartón de tiritas no incluye a quienes su propia huella arrolla desde hace años. Hoy no me basta con sentir respirar a mi bebé. Abro tu libreta. La que dejaste junto a tus ceras, sobre el poyo de la cocina. Y estoy sentada junto a un hombre de papel. Me abre la espalda con las dos manos: raaassss. Siempre encuentras cómo atravesar mi red. Pues nada, ya no me la pongo más. Sólo vaqueros, camiseta de tirantes y andando. Arreglo el puente de tu guitarra (que se ha despegado), y vuelves sin querer. ¿Por qué coño escogiste ser la foto tras el cristal?. Has deshecho la regla: ni vi el principio y sales sin final. Ya no te echaré más de nuestro colchón, con vistas a aquella piscina. Uno más en el sexto mes, te dejo resbalar por mis dedos. Suman más de diez. Hoy sólo eres un hombre más. Me toca a mí. De Nuria para Manuel. Apago la luz. Me doy la vuelta en la cama porque salta la imagen de Mercedes y su nieto Ramón, empujando la carretilla llena de chatarra hasta su casa, donde la almacenan. Viven de su venta. En una ciudad donde dejamos de vernos más de 200.000. Beatriz Pérez Hernández, Trabajadora Social |