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Juan Jesús Bermúdez Ferrer.- España se ha sumado en estos días a la nómina de decenas de países del Mundo (ver una relación exhaustiva en esta página de internet: www.energyshortage.org), que en los últimos años han registrado conflictos sociales y laborales atribuibles directamente a la escalada del precio del crudo. Los factores motivantes de la situación son múltiples, pero entre ellos destacan dos esenciales: el impresionante crecimiento de la demanda mundial de derivados del petróleo, y las distorsiones que ese ritmo de crecimiento ha tenido en toda la compleja cadena del abastecimiento – transporte, refino, materiales, etc. -; y, como causa fundamental, el cuasi estancado volumen de crudo que el Mundo ha extraído en el periodo 2005-2007, que no satisface la demanda rampante. Hay que tener en cuenta que en ese periodo la producción y consumo ha oscilado entre los 84 y los 86 millones de barriles de petróleo al día (dos millones aproximadamente de subida, y una meseta a los efectos de producción), mientras que en el idéntico periodo de tiempo, años atras - 2002-2004 – la extracción se incrementó en 8 millones de barriles, de los 76 a los 84 millones. A partir de ahí, todo es pugna y especulación, pero estas dos últimas variables no se sostienen indefinidamente si los llamados “fundamentos” de escasez no fueran tan serios: hemos entrado en la era del racionamiento del petróleo por el precio, como acuñara Henry Groppe, en la destrucción de la demanda por la cotización del crudo, según T. Boone Pickens, al no haber tanto para tantos, y no registrarse desde hace varias décadas grandes descubrimientos que compensen los actuales declives de importantes países productores de crudo.
Estamos ante la que ya se ha denominado – por el Primer ministro británico, Gordon Brown, entre otros – el tercer shock del petróleo, tras las crisis energéticas precedentes. Pero todos sabemos que ésta tiene unas características esencialmente diferentes: la posibilidad de incrementar la oferta del principal líquido de la civilización actual está cada vez más lejos de la demanda mundial, y ese factor se agudizará de forma creciente en los próximos tiempos: un cambio trascendental, sin duda, en la Historia de la Humanidad. La tensión de la escalada del crudo, como es obvio, afecta primero a aquéllos sectores en los que el precio del combustible es un factor de mayor relevancia, especialmente al sector de transportes, pero se extiende como un reguero de pólvora por la larga cadena de nuestra economía motorizada. Se tensionan los engranajes, y es lógico que quiebren primero los más débiles. Pero, como en la Ley de Liebig, el umbral de mantenimiento de un sistema es el del mínimo necesario de cualquiera de sus partes indispensables: y en nuestro modelo complejo, si falla la esencial pieza del transporte, intensiva en consumo energético, falla casi todo. La razón es que hemos forjado una sociedad y economía, especialmente en las últimas décadas, que daba por hecho que la movilidad iba a ser siempre económica y accesible, global y prácticamente inmediata. El “just-in-time” mediante el que las empresas se desembarazaron de los almacenes de stocks y los mayoristas de los graneros y los depósitos de reservas confiaba en un mecanismo bien engrasado de nodos de transporte e intercambios sincronizados. Ese modelo surgió con el petróleo abundante y barato, pero esa era está dando sus últimos zarpazos. Es interminable ya la nómina de los que advierten, con cada subida de la cotización del crudo, que esta tendencia, que se remonta a los primeros años de la década, no es coyuntural. Por otro lado, es comprensible la parálisis que este tipo de mensajes nos provoca. Constituye un comportamiento habitual de quien se siente indefenso y atrapado: mira perplejo al marcador de gasolina, la cuenta del supermercado y al Euribor mientras espera que pase la tormenta, y acapara. También comprensible es el llamamiento a la calma. Todo lo podemos entender, pero también entonces nos será fácil entender que un recurso finito como el petróleo tiene un ascenso en la producción, una meseta y un declive posterior. En la medida en que veamos el proceso como “natural”, afrontaremos también con naturalidad el fin del petróleo barato, y la imprescindible, inevitable y urgente reconversión de nuestra economía hacia un nuevo paradigma que, como todo lo que proviene de la Naturaleza, se impone tarde o temprano frente a nuestras humanas resistencias. |