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Elvira Sánchez.- Tal como escribió el escritor inglés Aldous Huxley en su novela “La Isla”, el horror esencial acecha en todas partes y acaba destruyendo lo bueno y bonito del mundo. No importa la voluntad creativa, constructiva y positiva de millones de personas, trabajando por un mundo mejor, que si existe una sola persona con ansias de poder y de riqueza, que no tiene en cuenta ni respeta a los demás, acabará destruyendo todo a su paso con tal de conseguir su particular objetivo. Ha ocurrido numerables veces en el pasado y continúa sucediendo en la actualidad: la tecnología ha evolucionado mucho, pero las intenciones son las mismas. El horror esencial ha estado está y en todo el mundo en forma de guerras, hambrunas, asesinatos y torturas, violaciones, matanzas indiscriminadas de animales y destrucción de nuestro Planeta. Aunque la mayoría de la Humanidad no quiere guerras, no desea que nadie pase hambre, ni que se torture ni mate a nadie y, aunque nadie desee maltratar a nuestra Tierra ni a sus habitantes, porque sabemos que tiene una importancia vital y porque la quieren como su propia madre, unos pocos siguen decidiendo el destino de los demás. Desgraciadamente, millones y millones de voluntades humanas no son capaces de contrarrestar los horrores esenciales del mundo, llegando así a la situación actual, en la que se toleran continuamente atropellos a los derechos universales, perpetrados principalmente y de forma continua desde la clase política, militar y empresarial.
Estoy triste porque , al igual que llegó el horror esencial a la isla de Pala, para acabar con su sociedad idílica basada en el respeto y la igualdad entre las personas y en la vida en equilibrio con la naturaleza, también ha llegado a mi Isla, a nuestra Isla Bonita. A La Palma, el horror esencial ha llegado en forma de proyectos urbanísticos, que van a destruir cientos de hectáreas de paisajes únicos, de vida animal y vegetal insustituibles, de armonía entre hombre y naturaleza, de aprovechamientos humanos racionales y sostenibles, y que van a globalizar, en el carácter peyorativo de la palabra, este pedacito de mundo, que hasta hace poco parecía a salvo de la vorágine destructiva y uniformadora del resto del mundo. De nada sirvieron las miles de voluntades que se opusieron a la construcción de gigantescos campos de golf en espacios naturales protegidos. De nada parecen servir las leyes para proteger los espacios naturales y a sus animales y plantas endémicas. De nada parecen servir las protestas de los científicos y de los artistas, más concienciados y sensibles que la mayoría. Poco servirán las sospechas, casi fundamentadas, de prevaricación y corrupción. ¿De qué me servirá llorar la pérdida irreparable de vida natural, de paisajes insustituibles y de una Reserva de la Biosfera, si al final, siempre acaba por imponerse EL HORROR ESENCIAL? Elvira Sánchez |