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Hay que echarlos Imprimir E-Mail
lunes, 23 de julio de 2012

Joaquín Sagaseta

ImageEn poco más de seis meses el gobierno de Rajoy ha arruinado toda la “legitimación” social que le dieron las urnas. Ha hecho todo lo contario de lo que decía que iba a hacer. Aunque con mayor propiedad podría afirmarse que ha hecho lo que pensaba pero no lo que decía.

Lo que si es probable es que calculara mal hasta donde le podía llevar su absoluta prioridad: “salvar al capital financiero es salvar a España”, que no previera el alcance de su disposición servil al capital imperialista hegemónico en las finanzas de Europa. Ni posiblemente tampoco valoró en su medida la capacidad de respuesta popular.

Lo cierto es que el curso de sus predisposiciones y la real situación de la oligarquía y las elites adineradas que constituyen el núcleo duro de la derecha “popular” lo ha llevado a la banca rota.

Se dice que los héroes de Homero se aterrorizaban cuando veían a sus dioses pasar a combatir en las filas de sus adversarios. Y es que en los últimos días a la derecha española se le han precipitado las deserciones en saltos de repetición que la conducen al colapso.

Lo nuevo no es tanto la magnitud imponente de la contestación social, un dato en estos tiempos más bien cuantitativo, sino la quiebra y el desplazamiento de los componentes esenciales donde el gobierno del Partido Popular conservaba márgenes de hegemonía y niveles de cobertura que aunque notablemente menguados mantenían abiertos algunos respiraderos.

Así ha acontecido que los socios mayores del capital financiero europeo, por la cuenta que les trae, lo abandonan a su suerte, que el conjunto del funcionariado está amotinado, que se derrumban catastróficamente los iconos de su poder autonómico, que sus aparatos ideológicos se andan con la pólvora mojada cuando no liquidados o fuera de  orbita. Sucede que las capas medias, en su generalidad, se suman a la impugnación, que los autónomos y la pequeña y mediana propiedad del campo y de las ciudades se salen del platillo de la balanza donde ejercía su peso el partido gobernante, que el mismo camino escogen el resto de las formaciones organizadas de la derecha e incluso amplios sectores de la burguesía productiva.

Las contradicciones se han extendido y antagonizado en tal grado que el gobierno observa impotente, con sus bodegas saqueadas por sus patrocinados y sus patrocinadores y con las bombas de achique inutilizadas, como asciende la inundación en la sala de máquinas de los poderes del estado.

Apenas unos días antes, la arrogancia, el desprecio y la incapacidad natural para tomar el pulso del sentir popular mantenían a Rajoy en un autismo semejante al que se encontraba Luis XVI cunado recluido en La Conserjeríe, en la víspera misma de su ejecución, escribió en su diario: “nada de importancia”.

La iniciativa esta ahora en manos de ese gran bloque histórico que conforma la democracia real.

No hay ninguna situación sin salida, los momentos en la historia no están quietos, “están y van dejando de estar” en palabra de Hegel. Por eso, a menudo, es en la tardanza donde está el peligro.

“Seria muy fácil hacer la historia mundial si se desencadenara la lucha solo en condiciones infaliblemente favorables” escribió Marx. Esas circunstancias no se pueden dar porque no existe lo fatalmente necesario.

O el bloque histórico de la democracia real fuerza la caída del gobierno y articula una salida de orientación anticapitalista, lo que es del todo posible y necesario; o la descomposición continúa, se adueña del estado de ánimo de las masas la sensación de impotencia y la iniciativa pasa a manos de una derecha con sus tendencias ultrarreaccionarias centuplicadas.

Las cosas están como están no es posible exagerarlas, es el destino de generaciones lo que esta en juego en la fase terminal de un sistema que no tiene, como tal, otra “salida” que el regreso a las formas más primitivas y violentas de la explotación capitalista.
 
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