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¿Una huelga general y voto en blanco universal? Imprimir E-Mail
martes, 17 de julio de 2012

Eligio Hernández

ImageYa he escrito que en ningún período de la historia mundial como en el presente ha tenido tanto poder la derecha política, a la que se ha unido la ultraderecha y la derecha de los intereses, que es la que gobierna realmente a toda la humanidad, como consecuencia del dominio del totalitarismo del mercado, implantado por el neoliberalismo capitalista, organizado y estructurado globalmente, que ha acabado ya con el estado del bienestar, y está condenando a la especie humana al caos y a su extinción, por lo que  no basta que la izquierda y los sindicatos se unan en un frente común para contrarrestar los efectos perniciosos de la globalización neoliberal. 

Es imprescindible que, además, organicen y coordinen una huelga general de “brazos caídos”, el mismo día y a la misma hora en todo el mundo, y durante semanas, si es necesario. Al mismo tiempo deben convencer y concienciar a los trabajadores y a todos los que sufren la explotación del capitalismo financiero, para que en las sucesivas convocatorias electorales que se celebren en cualquier país del mundo, voten unánimemente  en blanco, como recomendó Saramago en su “Ensayo sobre la lucidez”,  para cambiar radicalmente el sistema democrático, sometido  al despotismo de los poderes económicos  que nadie ha elegido.  

La izquierda y los sindicatos pueden, si quisieran, derrotar al neoliberalismo capitalista con una huelga general y un voto universal en blanco, pero no quieren hacerlo, porque han sido comprados por el mercado, que les ha condenado a tener que refugiarse en los sueldos que cobran de las instituciones y en las subvenciones para no caer en el foso del paro y de la miseria. Los responsables políticos de la izquierda y de los sindicatos acallan sus conciencias convocando huelgas generales en un solo país, apoyando con reservas movimientos como el 15-M, criticando en las instituciones los brutales recortes sociales, y escribiendo artículos críticos en los pocos medios que se lo permiten, sabiendo que no son armas suficientes para luchar con eficacia contra la barbarie del neocapitalismo.            

Pero también el hombre de izquierdas ha abandonado, cuando no traicionado, sus convicciones ideológicas. Los empleados no son solidarios con los desempleados para no correr el riesgo de perder el empleo. Los profesionales de izquierda, entre los que me encuentro, nos contentamos vergonzantemente con cobrar  a los ricos para no cobrar a los pobres, pero sin correr el riesgo de poner en peligro la economía familiar para vivir con dignidad. Nos engañamos mirando para el otro lado ante el sufrimiento y la desesperación que sufren las clases populares, hasta que no nos afecte sustancialmente, olvidando que un socialista como un cristiano no puede ser feliz sólo. No tenemos el valor de algunos misioneros cristianos, -tan cerca de Dios y tan lejos de la Iglesia Jerárquica, de siempre más política que cristiana y conservadora de sus privilegios,- para abandonar todo lo que tenemos en favor de los pobres, siguiendo el camino de Jesús de Nazaret. Carecemos del coraje cívico de un hombre ejemplar de izquierdas, como Fernando Sagaseta, verdadero santo laico, que consagró su vida a la defensa de los trabajadores y murió pobre. No tenemos la valentía de defender a Chaves, que ha acabado con el analfabetismo en Venezuela, y ha logrado que los niños de los “ranchitos”  tengan un médico y coman tres veces al día en los comedores escolares. Nos atrevemos a pedir para Cuba, sin rubor, una democracia política,  herida de muerte por el poder económico,  ignorando que de los 30.000 niños que mueren diariamente de hambre y enfermedad, ninguno es cubano. Tengo la esperanza todavía de que algún día la humanidad entienda que “somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo”, como dijo Azaña en su conciliador  discurso “Paz, Perdón Piedad”, pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona en plena contienda fratricida.

 
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