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Isidoro García Pérez.- Guardo un recuerdo de mi infancia que me acompañará siempre, es el de mis profesores a lo largo de esa cosa que se llamó primaria, luego bachillerato elemental con su correspondiente reválida, y posteriormente bachillerato superior, también con su reválida, hasta llegar hasta el COU.
Recuerdo con nostalgia cuando aprendí con ellos los secretos de los números romanos, que midiendo las sombras que proyectaban un palito de longitud conocida y un edificio se podía calcular la altura de este último, los misterios de las fracciones y las raíces cuadradas. Recuerdo que me enseñaron a traducir del latín, a memorizar las preposiciones propias, a hacer análisis morfológicos y sintácticos. Recuerdo sus nombres, sus caras, las materias que impartían, los castigos que imponían. Recuerdo a la profesora de Historia justo en la época en que mis hormonas me obligaban a imaginar los secretos que habitaban bajo su falda, mientras ella insistía en hacerme aprender la diferencia entre el estilo Dórico y el Jónico. Recuerdo al cascarrabias de D. Domingo y a las tareas interminables de D. Gregorio.
Lástima que no pudieran enseñarme quien fue Miguel Hernández. Tampoco me explicaron que la “cruzada nacional” en realidad fue un levantamiento militar contra un gobierno republicano legalmente constituido. Que pena que me dijesen que los comunistas tenían rabo y cuernos. Que triste que tuviesen que hacerme aprender de memoria todos los ríos y sus afluentes en lugar de explicarme lo que quería decir la palabra democracia. No, no lo hacían adrede; ellos también fueron víctimas silentes del franquismo, pero a pesar de los pesares sobreviví al “Cara al Sol”, a la Formación del Espíritu Nacional y a la letra que con sangre se empeñaba en entrar. Hoy tengo que decir que gracias a ellos aprendí a olvidar sus mentiras forzadas y a entender mis propias verdades. Ahí quedó la grandeza de su enseñanza, oculta entre los pliegues de mi memoria.
Recuerdo, no sin cierta ironía, que años después Segura Clavell intentaba convencerme que existía un instante de tiempo “t”, lo suficientemente pequeño, en que una locomotora se detendría si chocaba frontalmente contra un mosquito. La clase era de Física, explicaba una de las paradojas de las matemáticas, y tuvo lugar en la Universidad de La Laguna durante la huelga de los profesores no numerarios del año 1976. Quién me iba a decir que años después, ya en un régimen que nos quieren convencer que se llama democracia, la labor docente de Segura consistiría en intentar convencerme de que necesitamos muchas infraestructuras. Me gustaba más la historia del mosquito y la locomotora, aunque imagino que de seguir dando clases de física en la Universidad ahora cambiaría la Locomotora de antaño por el Tranvía de Coalición Canaria. Lo primero fue una paradoja matemática, lo segundo, lo de las infraestructuras, es una paradoja política. Eran otros tiempos. Ahora mismo pienso que algunos de mis profesores de la infancia ya se habrán ido y los que no lo han hecho no puedo averiguar donde estarán. Me gustaría agradecerles el esfuerzo que hicieron para que hoy yo fuera lo que soy, pero como sé que no podré hacerlo personalmente, en su memoria quiero solidarizarme con otros profesores de la Enseñanza Pública que ahora mismo están en lucha por su homologación salarial. Quiero, mejor exijo, que los homologuen exactamente de la misma forma en que nuestros parlamentarios y padres de la patria, entre los que está Segura Clavell, se homologan su sueldo cada vez que se sienten agraviados por el incremento del IPC. |