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José G. Rodríguez Escudero.- En el Domingo de Pascua, tras la solemne misa de mediodía, tiene lugar la tradicional procesión del Resucitado, la Virgen y San Juan Evangelista en el histórico templo de San Andrés Apóstol (Villa de San Andrés y Sauces).
Primero sale la imagen del Señor acompañado por la cruz parroquial, el estandarte, el sacerdote, decenas de feligreses y la banda de música uniformada. Va entronizado en las anchas y antiguas andas usadas por el Señor del Gran Poder, adornadas con flores frescas y velas encendidas. Sobre ellas también se colocan los cuatro angelitos de la pasión que custodian la talla. La procesión asciende lentamente la empinada cuesta de la iglesia y la rodea luego bajando por la “calle de atrás”. Cuando llega al final de la misma, se detiene. Momentos después sale la majestuosa Inmaculada con su gran manto azul bordado, gran corona y larga melena natural a la que precede las pequeñas andas de San Juan. Ambas imágenes descienden en silencio la cuesta hacia la “calle de abajo” acompañadas por niños y niñas que portan ramilletes de los llamados “gacios”. Así se denominan en esta zona de La Palma a unos arbustos verdes y silvestres cuyas flores tienen un vivo color amarillo. En dicha calle empedrada se produce el encuentro entre “San Juanito” y el Resucitado. Para ello se forma un largo pasillo de espectadores por el que avanza el tronito del santo mientras sus cargadores delanteros hacen tres genuflexiones ante el Señor a medida que se acerca a él. Parece que es la propia imagen la que se arrodilla. Luego lo giran y en rápida carrera llega a donde aguarda la Virgen. Durante el curioso traslado, los costaleros de atrás tienen que agarrarlo también por los pies para que no se parta la espiga que lo une al madero. Una vez concluye la carrera, la Inmaculada, junto con San Juan, acude al encuentro de la imagen de Cristo y se produce el emotivo encuentro entre los aplausos y vítores de la concurrencia. En ese preciso instante empiezan a repicar frenéticamente las campanas de la iglesia y la banda de música comienza a interpretar una pieza. Son unos momentos cargados de emoción. Tras esta teatral puesta en escena, que nos recuerda al “Punto en la Plaza” de Santa Cruz de La Palma, la procesión continúa subiendo hacia la iglesia donde las tres imágenes entran y son entronizadas en sus respectivos lugares. Fuera del templo, todos los niños y niñas presentes - con los ramos de gacios bien sujetos - forman dos hileras desde el pórtico hasta el final de la plaza y hasta donde comienza la cuesta empedrada. Aguardan expectantes la salida del sacerdote. Los minutos se hacen interminables. Algún chiquillo aparece corriendo desde el interior gritando: “¡Ya viene, ya viene!”. Cuando el cura sale – con semblante de lógica preocupación ya que sabe lo que se avecina - un griterío lo recibe y éste emprende una veloz carrera hacia la casa parroquial, al otro lado de la cuesta. Los niños, que flanquean su paso, comienzan a golpearlo con los gacios mientras el “pobre” párroco, agachado, se protege la cara con sus manos hasta que llega al zaguán de su domicilio. Tras cerrar el portón, el cura – ya a salvo – abre las ventanas del piso superior y – sin rencor alguno - comienza a lanzar a los chiquillos numerosas estampitas, caramelos y monedas. Un largo pasillo de flores y pétalos amarillos y hojas verdes de “gacios” entre la iglesia y la casa del cura es el curioso rastro que deja una de las más peculiares maneras de celebrar la Pascua de Resurrección en todo el Archipiélago. José G. Rodríguez Escudero |