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Un alcalde doblemente imputado por la fiscalía anticorrupción que vive rodeado de guardaespaldas envía a un concejal, ilustrísimo señor por obra y gracia de la Ley de Grandes Ciudades, a calmar a una plebe que se había exaltado por la violencia de su guardia pretoriana, pero para calmar los ánimos su ilustrísima le ofrece un piñazo ante las cámaras de TV a un ciudadano. Al día siguiente la voz de su amo contamina las ondas diciendo que a él le parece “humana” la reacción del ilustre y disléxico concejal incapaz de pronunciar las “eles”, y hasta el mismo cerdito de las ondas también ofrece, desde la cama, más piñazos a los elementos-barriada. Hecho en Canarias.
A Plasencia y a González la hacienda y la vida les han de dar, pero los votos son patrimonio del alma, y el alma de ATI, la fuerza de ATI, sólo habita en las barriadas. Ellos saben que poco importa que los grandes pelotazos se fragüen en el Casino, en el Club Náutico o en el discreto y selecto ambiente del Club Oliver. Ellos asimilaron hace mucho tiempo que cada cuatro años indefectiblemente tienen una cita con las barriadas, cuyas carnes se abren de par en par para bendecir con el néctar de los codiciados votos a los padres de la patria. Luego, se les desfigura la cara a piñazos si hiciera falta. La técnica es fácil, desde el virreinato de Manuel Hermoso apenas ha cambiado nada. Con Franco todo era más sencillo: bastaba la inquebrantable lealtad al régimen, sobraba con la inasequibilidad al desaliento, era suficiente rendir pleitesía a la unidad de destino en lo universal, todo era por la patria. Ahora la democracia ha venido a complicarlo todo un poco porque cada cuatro años los salvapatrias de ocasión se tienen que mezclar durante unos días con la plebe en busca de los votos. Una buena ducha, o tal vez media hora en el jacuzzi, les quitará el olor a ácido úrico de los asilos, la peste a sudor de obrero de las guaguas, y los mocos de los niños que se vieron obligados a besar, pero el mal trago han de soportarlo cada cuatro años. La aritmética del marketing es muy simple y ellos saben como pescar los votos, por eso se siguen nutriendo, como los vampiros, de la fuerza vital que les da la barriada, aunque les traicione el subconsciente y se caguen en ella a la mínima oportunidad, y aunque hasta un concejal que en sus ratos libres mata gallinas para adivinar el futuro les ofrezca piñazos por la TV. Es la historia de este inframundo llamado Canarias. Los padres de la patria levitan elegantemente sobre las carencias culturales y sobre la desmemoria de un pueblo, mientras manejan el dinero público que en gran parte le han robado a la barriada, porque la barriada nunca podrá llegar a saber lo que es la RIC: a ellos han sabido descerebrarlos hábil y cruelmente para que apenas puedan memorizar los resultados de la liga de fútbol, los romances y cuernos de la prensa rosa y los concursos de murgas y comparsas... ¿Cómo si no podríamos asimilar que un alcalde doblemente imputado obtenga once concejales?... ¿Cómo se podría entender que haya podido existir un José Carlos Mauricio durante tanto tiempo?. Hecho en Canarias. La explicación sólo puede estar en el tenebroso y oscuro vientre de la barriada. Hasta Andrés Chaves lo sabe, y contra ese fenómeno social sólo podemos luchar con la cultura. El reto para los próximos cuatro años, queridos míos, no es político: es absolutamente educativo. Sólo la educación nos hará libres, a todos, también, y sobre todo, a la barriada. |