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¿Centros de retención o campos de concentración? Imprimir E-Mail
martes, 17 de abril de 2007

 Hasta que les despojamos de la condición de seres humanos no eran más que personas que huían de la miseria a lomos de la desesperación. Tan sólo seres humanos de otro color y otra raza distinta, vecinos que llegaron huyendo de un territorio diezmado por el sida y la miseria, con la supervivencia por todo pecado original.

Buscaban una esperanza atraídos por la quimera de un mundo mejor y pensaron que canarias era la llave. Al fin y al cabo, Canarias, era el paraíso en el Atlántico que les mostraba los canales internacionales de la TV. El mejor carnaval del mundo, un paraíso en el que su presidente hace discursos sobre la felicidad, y en el que dos empresarios, si son más listos que los demás, pueden convertir 5.000 millones en 25.000 en apenas un instante.

Cada uno trae consigo una historia que nadie parece querer escuchar. Otras historias se olvidaron para siempre porque la muerte se las llevó durante la travesía. Los que pudieron llegar son jóvenes y, seguramente, también la única esperanza de otros que quedaron en sus países esperando su ayuda económica para sobrevivir.

A todos, vivos y muertos, les atrajo un paraíso rutilante en el que la pobreza “tan sólo” asaeta a un poco más del 20 por ciento de la población. Incluso no parecía importarles mucho que en este paraíso la sanidad pública sea un negocio para unos pocos, ni que la corrupción sea casi la misma a la que ya estaban acostumbrados. O tal vez no lo sabían.

Ellos tampoco lo saben, pero a los que no vinieron en pateras ni cayucos, a los que el color de su piel no les delata tanto, los hacinamos con más dignidad, sin ratas y sin ríos de mierda a su alrededor. Mientras tanto, nuestras dignísimas autoridades nos niegan la evidencia. Esas mismas autoridades, nuestros salvapatrias de turno, nos tratan mejor a nosotros que a ellos sólo porque estamos al otro lado de las alambradas.

Los miramos. Y desde la foto nos devuelven la mirada perdida de un maniquí. Y no sabría cómo explicarles por qué dejamos que les coman las ratas mientras nos gastamos 300.000 € en una bandera.

Y se me encoge el alma. Tal vez por eso no me salen las palabras.

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