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Esa forma de mirar PDF Imprimir E-Mail
martes, 23 de enero de 2007

Apresurada como siempre devoré el tramo que me llevó hasta su puerta: “Peluquería Toño”.

- ¡Buenos días! - y en realidad eran buenos días.

Me contestaron voces con diferentes estados de ánimo.

Esperando mi turno, escogí el sitio que consideraba menos cómodo, por eso de… ¡a ver si salgo rápido!

Noté enseguida su presencia, o más bien noté su insistente mirada. Comprobé que el dueño de aquellos ojos era un joven apuesto, moreno, pelo negro y ondulado y, sobre todo, pero muy sobre todo, mirada escudriñadora.

Evadí su curiosidad; me fijé en todo menos en él.

El reloj marcaba exactamente las nueve y media. La vitrina del centro, repleta de cosméticos deseosos de demostrar sus efectos. Un grupo de revistas todavía en orden, dispuestas a abrir sus páginas a los curiosos del día.

Miro de reojo, y él me sigue mirando.

Dos adolescentes que acaban de entrar preguntan si se puede fumar y, ante la negativa respuesta, deciden quedarse fuera y despedir el humo con placer mientras esperan su turno.

¡Seguro que me sigue mirando! Y efectivamente, mirando sigue.

Una señora rubia, bueno, con amenazas en sus raíces de querernos demostrar todo lo contrario, pregunta :¿saldré de aquí a las once? Es que tengo que recoger a mi marido en el aeropuerto.

Alguien me llama. ¿Me toca?, pregunto.

El sillón donde me acomodo ahora es mi preferido. Cabeza hacia atrás, relajada, me abandono por completo entre el agua tibia y los dedos que se enredan en mis cabellos friccionando mi cuero cabelludo.

Abro mis ojos de vez en cuando y ahí está. ¡Por Dios, qué forma de mirar!

Me queda muy poco tiempo, mi azotea requiere prisa y atención; juego de manos entre artilugios preparados a remediar y disimular las consecuencias de mi solera.

¡Que son cincuenta y cuatro años! Me dan ganas de gritarle al ingrato que persiste en su insinuación.

Sin darme cuenta hablé lo que pensaba. Tanto pensé en voz alta, que una señora a través del espejo me pregunta:

- ¿Le pasa algo?

- Pues sí - le contesto- Ese joven del póster me está sacando de quicio. Desde que llegué no ha hecho sino mirarme.

- No se preocupe - contestó ella - él nos mira a todas las que entramos en la peluquería.

- ¡Qué alivio, por Dios! - dije; pero pensé: ¡Qué rabia!

 
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