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Desayuno sin pan PDF Imprimir E-Mail
martes, 23 de enero de 2007

Era domingo y, como hacía cada domingo, sobre las ocho y media de la mañana salió de casa camino de la boutique del pan. Hoy vestía un chándal de color rosa y unas zapatillas blancas, del mismo color que la diadema que sujetaba su pelo castaño.

Era domingo y, como hacía cada domingo, sobre las ocho y media de la mañana salió de casa camino de la boutique del pan. Hoy vestía un chándal de color rosa y unas zapatillas blancas, del mismo color que la diadema que sujetaba su pelo castaño.

Respiró profundamente la misma brisa que movía su pelo; Santa Cruz olía más o menos como siempre, una mezcla de suciedad y hastío, sin que las flores que el ayuntamiento replantaba casi a diario le obsequiaran su secreto olor, pero pensó que al menos no olía la refinería. También reparó en que no había nadie más en las calles a esa hora, ni coches circulando. Santa Cruz parecía una ciudad muerta, un decorado de spaguetti-western, con los carteles de los candidatos a las próximas elecciones colgando de las farolas a merced de la brisa de mayo.

Pensó que en un par de días llegaría la jornada de reflexión, y que esos pesados pronto dejarán de molestar con sus sonrisas perfectas y con esas miradas de perdonavidas en los carteles que inundaban la ciudad moribunda.

Escuchó pasos a lo lejos, tal vez demasiado rápidos para ser pasos. De improviso un alarido de terror se sobrepuso a los pasos agitados que presagiaban una huida. Eran siete, tal vez ocho, personas que corrían alejándose de un peligro incierto que no alcanzaba a adivinar. El grupo de personas se dirigía hacia ella y acertaron a esquivarla en su huida, pero el último casi la hace caer al suelo.

Marta hizo una filigrana con su cuerpo para no caer víctima del empujón y encontró un leve apoyo y consuelo en la papelera que evitó su caída. Se fijó en cómo el energúmeno se alejaba corriendo cuesta arriba por la Rambla de Pulido. No entendía qué pasaba, pero pensó que no se escuchaban sirenas, ni ruidos de motores de coches... así que decidió seguir su camino.

Apenas pasado un minuto descubrió dos mujeres jóvenes que corrían despavoridas desde la calle Ángel Guimerá. Intentó detenerlas para que le dijeran qué estaba pasando, pero fue en vano. Las dos chicas la esquivaron con sus rostros descompuestos y la respiración agitada. Por un instante Marta dudó en volver a su casa. Sintió miedo al recordar que sólo llevaba el monedero y que había dejado su teléfono móvil en casa, enchufado en el cargador. Sopesó la situación y, a pesar de su miedo incipiente, decidió bajar por la calle Ángel Guimerá para ver si averiguaba lo que estaba sucediendo.

Vio cómo un grupo de niños huía calle arriba, como los demás, y advirtió que uno de ellos dio una patada sin querer a una señora mayor que yacía en el suelo. No se molestó en increpar a los niños y se dispuso a ayudar a la señora que intentaba levantarse en vano. Se arrodilló junto a ella y le preguntó qué le había pasado. "Ayúdeme a levantarme", susurró la señora mayor con el pánico en su mirada. Marta le ayudó como pudo y en cuanto consiguió ponerla en pie la señora se alejó cojeando, sin mirar atrás y sin agradecerle su ayuda. Apenas tuvo tiempo de observar que a la señora le faltaba un zapato.

De pronto se hizo el silencio, ya no se oían gritos ni carreras. Desde el lugar en que estaba ahora se veía el Teatro Guimerá, y Marta se fijó en el tranvía que esperaba su salida junto al teatro. Aunque las líneas ferroviarias y los tranvías ya habían sido inaugurados varias veces durante la campaña electoral, el trayecto se interrumpía en La Cuesta, porque un poco mas arriba las vías se habían vuelto a hundir en el terreno por tercera vez.

Junto al tranvía Marta descubrió a cinco o seis hombres vestidos de negro, con objetos que no pudo identificar en sus manos. Pensó que ellos le contarían lo que estaba sucediendo y se encaminó hacia el lugar. Mientras se acercaba se fijó en los laterales de la locomotora: Con las fotos de Ricardo Melchior, Ana Oramas y Adán Martín se había empapelado hasta la ventanilla del conductor. ¡Qué poca vergüenza tienen esos tipos!, pensó Marta, sin reparar en que ya había llegado junto a uno de los hombres de negro. Se detuvo y le llamó la atención los objetos que llevaba en la mano aquel hombre: eran bocadillos y folletos con publicidad electoral. El hombre de negro le envolvió un bocadillo en un folleto y se lo acercó para que ella lo tomara. Marta le miró a los ojos y descubrió con sorpresa que aquella cara le era conocida... Era Miguel Zerolo en persona.

Miguel Zerolo no le dijo nada, sólo le sonrió y le instó con la mirada a coger su bocadillo envuelto en el folleto. Marta cogió el bocadillo y vio que era de mortadela, le sonrió en justa correspondencia, y le preguntó que estaba pasando, pero Miguel Zerolo no contestó y dio un paso atrás sin perder su sonrisa perfecta.

Marta sintió un hormigueo en sus piernas y supo que eso le prevenía de un peligro inmediato. Para intentar calmarse razonó que los otros hombres de negro tendrían que ser necesariamente los escoltas de Zerolo y que debería sentirse segura por ello, pero aún así presentía que algo iba mal y empezaba a tener miedo.

Ese miedo, el mismo que dicen que guarda las viñas, le hizo intentar dar la vuelta poder salir corriendo. Pero ya era demasiado tarde. El resto de los hombres de negro que repartían folletos y bocadillos ya la había rodeado y ahora cada uno de ellos le ofrecía un bocadillo de mortadela envuelto en un pasquín electoral. Marta apenas tuvo un segundo de tiempo para mirar sus caras antes de pronunciar el grito de terror más grande que pudo: Todos los hombres de negro eran clones perfectos de Miguel Zerolo.

El alarido no sólo despertó a la propia Marta, también se despertaron su marido, sus hijos de 4 y 2 años y la vecina del piso de abajo.

Sin que su familia pudiera reaccionar saltó de la cama y se dirigió a la ventana desde la que se veía la Rambla de Pulido. Seguía sin ver gente ni coches, las flores seguían sin oler, y sintió como una brisa maloliente movía levemente su pelo. Sus ojos, aún asustados, se detuvieron en el báculo del alumbrado público que casi rozaba la ventana. Con miedo dirigió su mirada al pendón con publicidad electoral que colgaba de su parte superior: Era Miguel Zerolo, más alopécico que en las elecciones pasadas, pero con la misma sonrisa de ruinito.

De un salto se volvió a meter en la cama, adoptó una postura fetal y se cubrió totalmente con el edredón. Apenas dejó de temblar y pudo articular palabra le dijo a su marido... "Hoy desayunamos sin pan". Inmediatamente rompió a llorar y añadió... "En esta casa no se vuelve a comer mortadela nunca más".

 
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