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El ajuste bursátil Imprimir E-Mail
Escrito por Juan Jesús Bermúdez   
martes, 22 de enero de 2008

Las crisis son procesos de cambio y adaptación. A nadie le gusta cambiar hacia lo que desconoce, y nuestra naturaleza es de todo punto conservadora cuando nos hablan de incertidumbres, perspectivas cuajadas de dudas, etc. Que me quede como estoy, exclamamos cuando no vemos algo claro. Pero es cierto que, como la vida suma y no pasa en balde, los cambios son inevitables. En el caso que nos ocupa, cuando se despliega una enorme masa de dinero que no existe en la realidad sino en anotaciones informáticas, y se genera una soberbia estructura de crédito con base en el imposible  crecimiento perpetuo, es totalmente lógico que surjan los ajustes, bursátiles y reales, si partimos de que algo de realidad tendrá que suban y luego bajen de forma paranoica los índices de tal o cual plaza, y en algo se reflejará esta creciente oleada de falta de confianza en el crecimiento.

Y es que, al final, estamos hablando de un ajuste por dudas en la fe integrista de la perpetuación y multiplicación abstracta del dinero. Es normal, porque la otrora mala prensa del usurero sigue registrando, no obstante los pelotazos del excéntrico cambio de milenio, algún recuerdo inveterado en el personal, que no se termina de fiar de que tanta promesa de ejecutivo de alta rentabilidad tenga sustento terrenal.

Resulta que el pecado de la avaricia, con todas sus letras, se ha instalado en las relaciones económicas, y ha tomado el templo de nuestros hogares, puestos de trabajo, y aparecido en las pantallas y crónicas más sesudas de nuestra cotidiana vida: vivimos pendiente del hilo de una maraña enorme de especuladores que prestan su dinero, sin tenerlo ellos de verdad, a otros que tienen negocios de verdad, y que a su vez emplean a personas de carne y hueso. Parecía que la maligna fórmula funcionaba, hasta que vinieron los límites reales a darnos el amargo beso del despertar de la penitencia.

Es el despertar de los ajustes. No se trata del fin del Mundo, sino del comienzo de una serie larga de más que probables y gradualmente más contundentes ajustes a la realidad física. A muchos economistas y aprendices de brujo financiero no les gusta oír hablar de límites físicos. Les molesta, y prefieren considerar que existen ciclos que, mágicamente, nos traen y llevan por crisis, auges y expansiones. Pero quizás es hora de escuchar a los que llevan mucho tiempo advirtiendo de los límites en recursos de todo tipo: un petróleo cada vez más caro, unos rendimientos agrícolas al límite, el declive de pesquerías, la creciente competencia por todas las materias primas y, evidentemente, una población pobre de muchos sitios con apagones que querría vivir como la del Primer Mundo, éstos últimos  mantenerse como están, y la casa del Planeta acumulando argumentos para el colapso. Es, en fin, una economía que devora al ritmo mayor de la Historia todo tipo de bienes finitos, a una espeluznante velocidad creciente, y que se encuentra de forma acelerada con los problemas. Hay más dinero que realidad física que empeñar, y eso está poniendo  el límite a la fe en el billete. Es lo que tiene ponernos a vivir de crecimientos, tirar de la tarjeta y garantizar rentabilidades de insaciable consumidor, cuanto apenas se tiene solamente referencias de uno que dicen que me presta lo que otro a su vez ha conseguido de un empréstito que ha comprado a última hora a un histérico inversor en la bolsa asiática.

 

 

 

 
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