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La asociación de vecinos PDF Imprimir E-Mail
martes, 23 de enero de 2007

La había estado observando el día anterior desde el bar que está frente a la asociación de vecinos, el lugar donde trasladaba su oficina y sus intrigas de despacho durante las tardes. Hoy ella volvía a estar junto a la puerta de la asociación, a la misma hora, fiel al reloj. Desde el bar, junto a una cervecita, podía controlar al barrio desde la esquina como la letra de la marchita canción de Serrat... ver quién hablaba con quién, que coche tenían cada cual, quién venía en la guagua, dónde compraban, o sí las bolsas eran de Carrefour o de El Corte Inglés... Le daba mucha seguridad pensar que lo sabía casi todo de los habitantes del barrio. Por lo menos, si no lo sabía a ciencia cierta, lo intuía.

No en vano había hecho de ello su profesión. Hacía varios años que pasó una breve crisis al quedarse en paro, luego se hizo autónomo pero no le iban las cosas bien trabajando por su cuenta. Hasta que un buen día descubrió por casualidad que tenía un don especial para la política, justo cuando supo que podía manipular a la gente con total impunidad y que sólo era cuestión de técnica. Lástima que en ese momento, en lugar de dedicarse al arte dramático, decidió aprovechar sus nuevas malas artes y se infiltró en la asociación de vecinos. Antes de que pasasen dos años, aprovechando las elecciones y su capacidad de manipulación, se convirtió en el presidente. 

A partir de entonces la asociación de vecinos fue su nuevo medio de vida. El local que estaba frente al bar había sido cedido a la asociación de vecinos por el ayuntamiento, y además le financiaba algunos gastos corrientes como limpieza, teléfono, agua y luz. A su vez, la asociación organizaba cursillos para integrar a los vecinos más marginales, ni que decir tiene que los cursos eran subvencionados total y muy generosamente por el ayuntamiento. Los cursos eran la fuente de ingresos mayoritaria de la asociación, y el truco consistía en que en la contabilidad fuese impecable aunque no reflejara fielmente el destino del dinero. El resto se cobraba en especies:  Sus hijos habían sido colocados en un organismo autónomo y él aún era capaz de establecer nuevas influencias concediendo favores a la parroquia, sobre todo intercediendo ante los políticos para facilitar contratitos eventuales en las obras del tranvía, en el plan de barrios y en los convenios del ayuntamiento a los desempleados. Había hecho de  sus habilidades sociales su principal medio de vida,  y lo mejor de todo es que nadie parecía darse cuenta de ello. De hecho, los concejales que de vez en cuando venían a la asociación, estaban más interesados en las afiliaciones al partido que él les conseguía y en evaluar su influencia en el barrio, que en la contabilidad de la asociación. Con el tiempo había llegado a establecer una especial amistad con un un concejal que fue su capataz en una empresa de construcción y que ahora se dedicaba a la santería cubana en sus ratos libres. La santería cubana era algo que le infundía mucho respeto aunque en el fondo se negaba a creer en esas cosas pero, por si acaso, le seguía la corriente a su amigo.

Apuró de un sorbo su cervecita que ya había perdido el frescor. Sobre la mesa estaba aún la botella anterior y el plato de berberechos que ahora estaba vacío. Dejó caer 3 euros sobre la superficie metálica de la mesa y se fijó en que ella aún seguía junto a la puerta de la asociación. Él era consciente de que no sabía que la observaba, por eso se recreó viendo como su culito respingón llenaba perfectamente el vaquero desteñido. A pesar de que la vida la había maltratado esa mujer conservaba una figura envidiable y, de no ver la expresión de su cara  ni escuchar su voz ajada por la vida, era absolutamente imposible adivinar que tenía cuarenta años.

Ella no sabía nada de él y él lo sabía casi todo de ella. Parte se lo contaron en la asociación y el resto los vecinos del barrio, el mismo barrio que él controlaba todas las tardes desde su esquina, entre cervecita y cervecita. Recordó que le habían contado que tenía cuatro hijos de varias parejas que siempre habían terminado maltratándola, la vieja historia de siempre, que empezó en Venezuela con un primer marido que había sido presidiario y que había continuado hasta el año pasado. Ahora vivía en un piso tutelado con sus dos hijos menores y parecía que empezaba a enderezar su vida, aunque con secuelas en el alma y con la ausencia de varios dientes en su sonrisa por culpa de alguna paliza. Él pensó que la vida era un mal rollo, y se volvió a fijar en el  culito respingón que milagrosamente había sobrevivido a cuatro partos.

Se fijó por última vez en  los tres euros, se colocó bien el flequillo con la mano y echó a caminar con andares desgarbados camino de la asociación de vecinos. Atravesó la puerta principal y se dirigió a su pequeño despacho fingiendo que no la había visto. Bajó el volumen el radiocasete que hacía las funciones de hilo musical, y ojeó algunos escritos que había en una bandeja pero sin llegar a leerlos; no tenía puestas las gafas de ver de cerca. Mientras tanto ella se había ido acercando.

- Hola, ¿se acuerda de mí? ... estaba esperando a que llegara el psicólogo para el curso de autoestima y quería ver si ya estaba mi diploma, el del curso de internet del mes pasado.

- Ay, hola, no la había visto –mintió descaradamente-, no lo han enviado todavía. Pero siéntese, siéntese.

Ella se sentó y colocó sobre su regazo un cuaderno de color gris con el escudo del ayuntamiento en la portada que hasta ese momento llevaba en sus manos.  

- Mire, le voy a ser franco, lo que sí le voy a pedir es su firma. Estamos recogiendo firmas para quejarnos del Grupo Mixto. En vez de hacer una oposición constructiva, como hacen los socialistas, llevan ya tres años atacando al alcalde y eso no se puede permitir. El otro día intentaron difamarnos diciendo que desde aquí se había hecho una llamada al tarot. El colmo.

Ella miró el folio que le había acercado y en el que había  ya  unas diez firmas.  

- Yo no entiendo de política, pero a mí esa gente me cae bien. Don Guillermo me ayudó mucho con mi hijo mayor cuando cayó en la droga. Aún tiene un juicio pendiente, pero como se ha rehabilitado y tiene trabajo en las obras del tranvía lo más seguro es que no le condenen a cárcel. El juicio es ...

Él la interrumpió bruscamente:  

- Mire, Margarita. Yo si entiendo de política. Usted me va a poner su nombre, su dni y me firma a la derecha. Y dígale a su hijo, se llama Yeray ¿verdad?, que venga a firmar también cuanto antes. Su contrato se termina dentro de 40 días y le conviene tenerlo renovado para el juicio, que será justo en la semana siguiente a la que se le termina el contrato, el jueves por la mañana si no me equivoco. Tú ya sabes que yo puedo arreglarle lo del contrato con una llamada, pero él que me venga a firmar sin falta. Mañana mismo ¿eh?. ¡ Ah ! y el día 28 de octubre los quiero ver a los dos en la manifestación.

Ella agachó la cabeza y empezó a  poner su nombre en el papel mientras él se volvía a colocar bien el flequillo. Y continuó diciendo....  

- Lo de las firmas es por Zerolo, no se puede permitir que esta gente le esté acosando. No tienen vergüenza. Si deja de ser alcalde estamos todos perdidos.Tenemos que conseguir que siga cuatro años más con mayoría absoluta. Por cierto, ya entró el psicólogo, Margarita.

Ella terminó de firmar lo más rápidamente que pudo y le dio las gracias.  

- Gracias, señor Cañizares.

Él no contestó nada. Sólo se quedó observando cómo aquel culito perfecto, al que ni falta le hacía el curso de autoestíma, entraba en el aula al mismo ritmo que las caderas... y pensó en Bermúdez.

Cañizares estaba obsesionado con Bermúdez desde mucho antes de la primera cerveza de la tarde, y sólo el culito respingón de Margarita le pudo rescatar de la psicosis. Jodido Bermúdez... aún no se fiaba de él. Podría ser terrible si a Miguel le llegara a salpicar lo de Las Teresitas. Se le podía terminar el negocio de la asociación de vecinos.

 
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