|
Amílcar Martín Pérez.- Yo quisiera no querer, y lo quisiera absolviéndome de mí y disipándome en un asunto que dicta reverencia a mi pecho: Ahora ser español es tolerar el homicidio; no sentir compasión es apresurar la muerte: Ahora recordemos nuestro voto, para que crueles nos perdonemos, o para que piadosos nos arrepintamos.
Fuimos colonizadores que disparaban muerte, sembraban esclavitud, y amaban la efusión de sangre: Abandonamos los países a nuestros vicios y ahora aceptan el asesinato con la ayuda de nuestras virtudes. ¿Cómo no aprendimos de las bestias, que no dejan nada que pueda vivir, en tanto que de ahora en adelante ninguna bestia lo será si se compara con los hombres, que dejan infinitos por agonizar? Nuestras constituciones son el texto del agresor y nuestros defectos son la herencia de los pueblos conquistados, para que deba abrazar al adversario antiguo que le ignora, o amar el terrorismo moderno que le diezma. Somos ciudadanos de un Estado que negocia la paz fabricando armas, y con una oposición que sonríe al sufrimiento negando la vida.... Sabéis que no sé nada, no quiero nada, no soy nada, pero las cárceles que España consiente me han devuelto el ser que odio; la guerra que sin saberlo financiamos me ha restituido la culpa que olvido; el gobierno que libremente votamos me empapado de la sangre que me horroriza... Haced lo que queráis, ¿Pero quien goza de la libertad viéndose teñido de infinitas culpas? LLamo al jefe del Estado, amigo del monarca Mohamed VI, asesino si esto conoce; indolente si lo ignora; insensible si no actúa; tirano impune si no interviene; deforme moral si no le importa; cobrador de la Muerte si de cualquier manera a despecho de los hombres vive. LLamo al jefe del Gobierno, culpable de pervertir la Democracia en autocracia si no escucha las vidas que suplican; criminal si no pondera las fallecimientos que se le acercan; columna de delitos si no siente las tumbas que acumula; embajador de la nada si no llora las almas que termina. Por generosa caridad hacia quien pronto triunfará de la vida, si no vencemos esta política muerte: olvidad quien soy y quienes sois, por gracia de quien dejará de ser y por justicia de quienes debieran dejar de ser: Que no pase como sombra fugitiva esta pena que todos hemos de lamentar; este reproche que al Estado debemos imponer, mediante la humana intervención que tenemos que exigir, y la justa cólera que este manifiesto puede expresar. Cada día quita tierra de la sepultura el elogiable ayuno de Aminetou, y creo que si su muerte obtuviese fruto, rompería la mortaja que a su vida encierra y agradecería al verdugo su final, quitando la sangre que a la corona española mancha para ponerla en el cuerpo de su pueblo aún vivo, y vestirla de majestuosa púrpura que humillara a los reyes. Cuando el rey entregó el pais que debía proteger, la corona perdió el valor que se quería conservar: Por ello el monarca ha abdicado sin saberlo a favor del Sáhara, pues del Sáhara ha emanado la verdadera majestad que ennoblece al trono; ha mostrado la virtud que forjaba los cetros; ha exaltado la humanidad por la que escribieron las leyes. Así lo siento y escribe, Uno de vosotros |