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Justos por pecadores Imprimir E-Mail
lunes, 30 de noviembre de 2009

Antonio Morales Méndez. Alcalde de Agüimes

ImageEn estos momentos el número de personas desempleadas en este planeta es de alrededor de 200 millones -de los que 86 son jóvenes con edades comprendidas entre los 15 y los 24 años de edad- y según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) al finalizar este año la cifra aumentará en al menos 51 millones. Más de mil millones de trabajadores -se puede llegar a la cifra de 1.400- viven sin seguridad ni asistencia social y con menos de dos dólares al día.

Sin ningún tipo de dudas estamos ante una de las consecuencias de un sistema neoliberal depredador que ha abierto brutales abismos de diferencias entre los hombres y los pueblos de la Tierra; que ha esquilmado la naturaleza hasta el punto de situar al mundo al borde del colapso; que ha  condenado al 80% de la población mundial al hambre y la pobreza; que desde unas relaciones comerciales y de hegemonía económica y política injustas y corruptas, al servicio de las grandes potencias y multinacionales, ha propiciado la violación de los Derechos Humanos y el sometimiento de gobiernos y sociedades.
      
Desde la ausencia de cualquier  tipo de escrúpulos éticos ha ido implantando un sistema dominante que ha conseguido debilitar a los poderes públicos, disminuir las protecciones sociales (salud, educación, vivienda, etc.) y el gasto y las inversiones públicas con el consiguiente aumento de la injusticia social, controlar el déficit público y la inflación frente al interés legítimo del Estado y la distribución equitativa de los recursos, impedir la subida de los impuestos a las rentas más altas y empobrecer al Estado, sustituir los valores humanos por la adoración al “oro del becerro”, privatizar y privatizar empresas y servicios públicos solventes para someterlos a una espiral de especulación, desde el mensaje de que los gobiernos no saben gestionar y son unos derrochadores, hacer de los trabajadores un instrumento desechable, abrir las fronteras a la codicia del mercado y hacer posible un mundo cada vez más diferenciado de ricos y pobres sin términos medios.

Fruto de una voracidad insaciable, llevada hasta las últimas consecuencias en el desarrollo de una doctrina que ninguneó hasta el paroxismo a los Estados, que se convirtieron en peleles de un sistema financiero que no puso coto a una ambición sin límites, este capitalismo extremo nos ha situado en una crisis de alcance extraordinario que ha sacudido con especial virulencia a los más débiles y desprotegidos.

Con todos los recursos estatales puestos a disposición del sector financiero y bancario -el corazón del neoliberalismo más genuino- empieza a atisbarse la recuperación de un sistema que no ha dudado en volver a reproducir viejos vicios -a los que, por otra parte, considera como incentivadores imprescindibles-, sin que la parte más frágil, la más desamparada, atisbe una salida a la terrible situación del paro, la pobreza y la marginación a la que han sido sometidos.

A aquellos que nos han metido hasta el cuello en esta situación, no les ha ido mal la estrategia. Si en un primer momento consiguieron doblegar a los gobiernos a los que obligaron a  poner a su disposición el dinero de todos para volver a llenar unas arcas que habían vaciado en las cloacas de los paraísos fiscales opacos, en estos momentos pelean como gatos panza arriba por echar abajo los logros de los trabajadores alcanzados durante décadas y décadas de lucha.
     
No les basta con haber hecho posible, desde la irresponsabilidad y la barbarie, que millones de personas se encuentren sin empleo, a expensas de los subsidios públicos o de las ayudas de distintas onegés, sino que en una vuelta de tuerca más a la brutalidad pretenden recortar los derechos históricos de los trabajadores, a los que, en último termino, se les va a culpabilizar del paro y la crisis. Nuevamente pagarán justos por pecadores.

Desde la presión extenuante de la CEOE y la complicidad última de personajes como el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, la debilidad de la socialdemocracia que empieza a claudicar -escuchen si no las últimas declaraciones de Zapatero reconociendo que “hay que hacer muchas cosas en el mercado del trabajo” o a Miguel Ángel Fernández Ordóñez que nos alerta cada día sobre el peligro de retrasar una nueva reforma laboral- y la docilidad de los sindicatos mayoritarios pendientes de la voz de ya del Gobierno, ahora toca entrar a fondo para modificar la legislación laboral actual que les resulta excesivamente rígida y con elevados costes salariales.

Durante las próximas semanas vamos a asistir a un paripé de negociaciones aparentemente a cara de perro que, sin solución de continuidad, pondrán sobre la mesa abaratamientos en los despidos, reducción de las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social, recortes en derechos legales y sociales adquiridos, reducciones salariales y/o aumentos de las jornadas laborales, postergamiento de la edad de jubilación, reconversiones en los puestos de trabajo, aumento de los mileuristas a la baja, y un largo etcétera de despropósitos, que se van a sumar a la situación de hecho  que viven millones de trabajadores que se ven obligados a aceptar condiciones de trabajo sangrantes como única posibilidad de poder subsistir.

Mientras, vemos, oímos y leemos cada día en los medios de comunicación como vuelven los bonus salvajes de la banca y los sueldos millonarios de los ejecutivos de las grandes empresas multinacionales, frente al aumento constante del número de parados  –que se acerca peligrosamente a los cuatro millones-, a las diferencias salariales de las mujeres, a la falta de conciliación familiar porque es necesario que los dos miembros de la pareja trabajen para alcanzar juntos un sueldo digno, a la situación de fragilidad de los inmigrantes, a las condiciones de dependencia  más absoluta del asalariado del empresario de turno. En definitiva, a la reactivación de un sistema que fagocita a los más débiles para engordar -nunca mejor dicho- de pura lujuria.

No podemos aceptar sin más esta socialización de las pérdidas o el mal menor de buscar la humanización del capitalismo. No es posible un Estado de libertad sin ciudadanos libres, capaces de disfrutar plenamente de sus derechos de ciudadanía, y lo que está claro es que, en estos momentos, millones de personas están sometidas a las arbitrariedades de un sistema que los margina, los anula y los hace infinitamente menos libres.
 

 
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