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Los sentimientos son cosa de nosotros los animales. Las personas – máscaras según los antiguos- nacieron para ocultarlos. Tu mirada, Sol, estaba llena de mundos donde no existía la máscara. Una mirada profunda que nos observaba y sabía de cualquier gesto, caricia, palabra, afecto –que es la palabra más perfecta-. Una luz, la de tus ojos, que se apagó una noche, y continúa en los ojos de todos los gatos.
En agosto te fuiste al país de nunca jamás. Pero sigues en nuestra memoria. Agazapado entre los circuitos informáticos. Nos miras cuando se enciende el teléfono móvil. Cobras vida cuando Eva, en el Ayuntamiento, te fija en el escritorio de su ordenador. Y con Magarza y Leyma que preguntaban por ti. O Goldmann, que te llamaba bendito Sol, mientras hablaba de la ecología profunda y de crear una nueva cultura plenamente insertada en los ecosistemas y que acabara con el dominio de nuestra especie. Con las lluvias, en ese lugar donde duermes para siempre y que fue todo tu mundo, han brotado flores amarillas. Y los flamboyanes no paran de ponerse rojos. Y la yuca que crece a tu lado está más verde que nunca. Pero la buganvilla -que vestía el suelo de violeta- ha dejado de hacerlo. Y la parchita se ha secado porque ya no puede jugar contigo, y ayudarte a entrar por la ventana para buscar a Mila en esas noches tuyas de amor y luna nueva. Tus amigos te llaman. Y se paran junto a la puerta maullando. Y no saben qué pasa. Yo no sé cómo explicarles que te pueden encontrar siempre en el cielo con la Luna Llena. Pero siempre es una palabra imposible. Como estas que te dedicamos en este final de diciembre en que el Sol comienza de nuevo su ciclo sin tí. Tus 12 años junto a nosotros fueron tu vida. Tus días haciendo malabarismos. Persiguiendo imaginarios perenquenes que te espantábamos. Tu mirada interrogante cuando nos íbamos. Tu presencia llena de gemidos al regresar y que solo tú y nosotros conocemos. Los veranos donde recibías al resto de la familia. ¿Te acuerdas de Irene que venía a verte desde Firgas?, ¿De Uali que vive allá en el desierto?, ¿De Magdalena, Lucía o Ana que incluso tú eras más grande que ella?,¿De Juan Andrés que fue el primero que te vio cuando despareciste?, ¿De Guaci a la que le encanta la gente como tú? Y qué decirte de esos inviernos que para ti eran un alivio con ese pelo tuyo de bosque de Noruega. Sabías del Norte y del Sur. De la calle Nueva de La Orotava y sus viejos tejados. De La Tejita en El Médano y sus barrancos. Y del cariño de Maggie y sus hijos felinos. Seguro que te habrás encontrado en esas noches estrelladas a Luna, a Naturaleza y a Pancho. Y que habrás vuelto a ver a Chica entre los olores y colores de la cumbre. Y conocido incluso a Platero, allá en su Moguer, tú acostumbrado que estabas a viajar de noche por todos los mapas. A los Pájaros Perdidos y a los animalitos del bosque que duermen en la imaginación de todos los niños. Y que jugarás con las hojas del otoño, esas de las que Rabindranath Tagore decía que se había llevado el viento como en un suspiro porque no sabían cantar. El mismo que luego susurraba que si de noche llorábamos por el sol no podríamos ver las estrellas. Sabías mucho más que nosotros. Como cuando ronroneabas junto al teclado buscándonos palabras. Con tu desaparición nos devolviste a la terrible soledad de la vida y de la muerte. Nos demostraste la elegancia de lo caduco. Sin fantasías eternas. Nos encontraste y te fuiste de nosotros como algo natural. Sin aspavientos ni esperanzas. Cumplido tu ciclo. Que lo demás es cosa de personas. La vida como eternidad que escribía Blas de Otero. Yo sé que esperaste a que regresara. Y cuando te curábamos, tus ojos nos devolvían lágrimas. Pero por la tristeza que debías ver en los nuestros. Y esa noche, tras tu último camino a La Orotava, perdido por completo entre nuestras manos, gemiste una y otra vez y nos dijiste adiós. Tu último latido se lo llevó el silencio. Esa maldita noche que no amaneciste, tú que eras el Sol. Cuando tu quejido final –un profundo lamento humano- rasgó todos los sueños, sentimos cómo se te rompía el corazón. Por eso estas palabras para ti, Sol. Compañerito que vives para siempre en el invisible país de la ausencia y de la pena. Agapito de Cruz Franco |