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Historia sobre la playa “CHO VITO” y CALETILLAS Imprimir E-Mail
miércoles, 28 de febrero de 2007

Manuel García Alonso (5/V/2006)


ImageDesde tiempos muy antiguos, los caseríos, pagos, aldeas o pueblos se asentaban o instalaban donde los seres humanos, usando su inteligencia, creían oportuno, aún cuando tuviesen que desafiar las fuerzas de la naturaleza.

Aquí, en las Islas Canarias, nuestros antepasados se asentaron en lugares apropiados, especialmente en aquellos que hubiese agua y alimento, tanto para ellos como para sus animales.

En las partes altas y de medianías se agrupaban los pastores y agricultores ya que la riqueza estaba en la mejor tierra para tales labores; mientras que la zona de pastoreo se buscaba o solía estar en laderas no cultivables por ser riscos o montañas, barrancos, etc.

La tierra al ser cultivada producía cereales y frutos que frescos y secos alimentaban al hombre, así como la leche y carnes de sus animales. La leche que daba el ganado se transformaba igualmente en queso, mantequilla, “manteca de ganado” que aún servía como medicina o expectorante hasta hoy. Esto se hacía por medio de meter leche fresca en odres grandes de cuero de macho cabrío (cabra u oveja de tamaño grande) poniéndole un poco de sal y cerrando adecuadamente el recipiente acondicionado para tal fin. Luego se colgaba en alto bien atado y se empezaba a mecer con fuerza durante horas hasta que la leche se hacía una masa gelatinosa, apta para el consumo, guardada si era posible en recipiente de cuero o en cualquier otro pero bien cerrado para su conservación.

¿Sus viviendas? Concávicas, cuevas o cabañas de piedra seca para refugiarse y cubrirse del frío, de la lluvia… Con el tiempo debido al adelanto social se empezaron a hacer mejores viviendas con otros materiales como las que tenemos hoy, dotadas de agua, luz, gas, etc. En las orillas del mar se establecían los pescadores, que aprovechando las cuevas y haciendo cabañas en las orillas del mismo se afanaban en la pesca. Así empezó el poblado marinero de “Cho Vito”, exactamente igual que los demás poblados marineros de Canarias.

¿Dónde está ubicado “Cho Vito”?

Junto al norte de la Playa de las Caletillas, en la costa de Igueste, en el Municipio de Candelaria. Es una playa con un entrante de mar o un abrigo con muchas cuevas y viviendas. Al sur linda con Caletillas por medio de un cerro y recodo, desde el saliente del “Morro de las Viejas” a la serventía arriba, llamado “Camino de los Pescadores” hasta hoy. Del sur al norte linda con el camino mencionado que en este caso es el oeste y al este el mismo mar.

¿Qué podemos decir históricamente hablando de playa de “Cho Vito”?

Podemos mencionar que por ser zonas de mucho marisco y pescado desde la punta de “Guadamojete” a “Archaco”, montaña de Güimar, ya en la antigüedad los guanches usaban toda esta extensa línea de litoral para recoger el suculento alimento, pues existen evidencias claras ya que en sus cuevas viviendas, tanto altas de montaña como de costa, aparece bastante material de conchas como lapas, almejas, burgados y anzuelos de huesos o cuernos de animales como artes de pesca, junto con grandes espinas de pescado que ya ellos usaban como instrumentos domésticos; a saber, agujas, peines, etc.

La Playa de “Cho Vito” como entrante de mar es una caleta similar a Caletillas, ya que al abrigo de estas calas desde la antigüedad se protegían o refugiaban de las tormentas a mar abierta los barcos, haciendo aguadas en el famoso pozo de Caletillas y aprovisionándose especialmente con las salazones, pescado seco del que hablaré más adelante en detalle.

Image Esta playa de Cho Vito fue siempre muy frecuentada no sólo por los vecinos de Igueste y Candelaria en general, sino por personas que venían caminando del sur de la isla y que lo hacían a través del camino real de los guanches, que pasaba y pasa por detrás de Caletillas y Playa de Cho Vito, pero muy cerca hacia el oeste había ramificaciones de serventías o senderos hacia la playa, Estos caminantes o viajeros se desviaban para comer o tomar agua y posteriormente continuar camino adelante hasta llegar a su destino.

En la parte norte de tal cala había una cueva enorme geológicamente hablando. Esta era muy alta. Su altura podía oscilar desde donde estaba el mar a lo alto en torno a los quince metros. El mar se introducía a través de un túnel muy ancho labrado por el mar, especialmente cuando este estaba embravecido. Pero eso sí, jamás podía subir u ocupar la cueva dada su enorme altura. Esta cueva podía albergar más de quinientas personas con facilidad. Para tener acceso a ella se hacía por el norte, por donde había un camino que conducía a la misma. Antes de llegar a la cueva había un enorme andén natural, con una cueva “gacha”, que servía de corral caprino, que se usaba para refresco del ganado y como lugar de ordeño para luego vender la leche a los vecinos de Cho Vito. Los pastores se ponían de acuerdo para acorralar, usando a diferentes horas el corral porque venían de las partes altas con sus rebaños para bañarlos y desparasitarlos en el mar, especialmente en el verano. Quiero añadir también que cuando los pastores del sur de la isla hacían traslados de sus rebaños, llamado la transhumacia a los “Valles de Abicore”, hoy San Andrés, acorralaban también en Cho Vito o usaban dicha playa para refresco del ganado y ordeño y usar el trueque o intercambio de productos: pescado fresco o seco, los pescadores; leche a cambio, los pastores. Recordar que este movimiento del ganado no era un caso aislado. Eran muchas las manadas de cabra que se ponían en movimiento desde el sur por ser estas tierras resecas y sedientas de agua; al no tener pastos se movían buscando otros más frescos y tiernos como eran los de San Andrés por estar más cerca de los macizos de Anaga, donde el rocío perduraba. Este movimiento se hacía en los meses de Mayo para retornar en Septiembre al lugar de origen. Los pastores usaban el famoso “corral aborigen”, llamado corral del rey; y digo “aborigen” porque sirvió de refugio, descanso y ordeño a los ganados del “Tagorero” que presidía los tres tagoros en Igueste en representación del rey de Güimar o Goymar. Dicho corral estaba pegado al mismo camino de la realeza guanche, sobre el mismo desfiladero, con andén muy largo, “cueva gacha” y paso estrecho. En ese mismo lugar, lo recuerdo perfectamente, al lado del camino real, al este el mar o al oriente, había un símbolo: una gran cruz de tea, llamada la “Cruz del Humilladero”. Justo debajo todavía hoy se sigue conservando la conocida “Cueva del Rey” y el “Charco del Rey”, de ahí el nombre del actual Hotel Punta del Rey.

Pero volviendo a los pastores y sus ganados… había otro corral cerca de Playa de Cho Vito llamado “corral de los desheredados”. Llevaba tal nombre porque era de aquel que primero lo ocupara o que no tenía donde acorralar sus cabras.

Por lo considerado vemos que el movimiento por el camino real tanto de personas como de animales que se movían en los campos comerciales era bastante grande y que a la Playa de Cho Vito – Caletillas, por ser ruta comercial por el camino real que venía del sur, nunca faltó quien la visitara.

El tema histórico para quien tiene que cabar, buscar, limpiar, purificar y mostrar honradamente no es fácil. Pero voy humildemente a intentarlo y aproximarme milimétricamente hablando a lo más exacto como modesto investigador e historiador.

“CHO VITO”, PLAYA QUE LLEVA SU NOMBRE.-

En la memoria de un pueblo culto, que puede caminar mentalmente generaciones, nada es imposible. Cruza barreras fronterizas y no importa que seamos movidos por circunstancias de la vida de un lugar a otro. En la memoria está procesado el hecho o hechos históricos. Por tal razón usamos el sexto sentido, la escritura; porque cuando desaparezcan los cinco sentidos que el ser humano tiene cuando muera, prevalecerá el sexto, la escritura. Ella no se extingue, más bien prevalece, podrá oirse tanto cerca como lejos, porque es permanente.

Fue para finales del año 1900 cuando un iguestero llamado “Cho” Ambrosio Torres, más conocido por el mote “Perra chica, se afanaba por pescar con su barco y vivir en su cueva vivienda. Guardar su barco era fundamental para que el mar furioso no se lo arrebatara pues era el medio que tenía para sobrevivir. Era su obsesionada profesión la pesca. De ahí tenía que alimentar a su esposa e hijos (a los cuales conocí muy mayores de edad) llamados Pedro, Rosa, Aurora, y sus nietos (también conocidos) Pedro, Porfirio Domingo, Juan Evaristo, Teresa, María Manuel y Elena. Muchos de ellos viven actualmente y aún en la memoria del pueblo se les sigue llamando los “perra chica”. Para ese tiempo se incorpora y compra en la playa Víctor Rodríguez Torres, el que sería legendariamente hablando “Cho Vito”, que daría luego nombre a la Playa Chovito. Este hombre fue un famoso pescador como el anterior, pero debido a que tuvo una descendencia mayor y vivió más tiempo porque era más joven cuando llegó a la playa que “Cho Ambrosio” se le empezó a conocer como tal. Y cuando se hablaba de sus hijos siempre se les decía los hijos de “Cho Vito”. Tuvo dos mujeres. Una, su esposa, Doña Eleuterio Martín; la otra, una amante de la cual también tuvo hijos. Su descendencia fue la siguiente: Inés, Eloisa, Antonia Rodríguez Martín; sus nietos: Andrés, María, Fidel, Pablo, Marcos, Antonia, Alfredo, Inés, Víctor y Eloina; biznietos (que aún viven): Andrés, Carmen, Goyo o Gregorio, Teresa, Miguel y Carlota Castellano Pérez (Esta última vive actualmente en “Playa Chovito”); tataranieto: David Luis Castellano. Tuvo con la segunda mujer, llamada Severa Jiménez Gorrín, dos hijos: Guillermo y Dorinda.

Por lo ya expresado al ser una playa de refugio, por la orografía del terreno, acudían muchas embarcaciones de Candelaria y otros lugares del sur a descargar su pescado, pero nombremos ahora a los que estaban establecidos fijos:

Claudio Marrero (tenía barco), Rafael Pérez “el calzadilla” (tenía barco), Pepe Núñez (tenía barco), Francisco Núñez (tenía barco), Juan “el de la fulas” (tenía barco), Cho Ambrosio Torres (del que ya hemos hablado) “el perra chica” (tenía barco), “Cho Vito (tenía barco), Antonio Castellano (que era de Candelaria y tenía barco), Celestino el de Caridad, los nietos de Cho Vito Andrés y Víctor (que tuvieron barco y a quienes conocí viéndoles partir a la faena y regresar), Juan “el Chavía” (tenía barco), quien era del pozo de Candelaria, donde estaban refugiados los pescadores de Candelaria. Vino fijo a vivir Rafael Castellano Mesa. Este señor era carpintero de ribera y construyó barcos en la cueva grande anteriormente mencionada y que se llamaba la “Cueva del Dorado”, al lado del corral de las Tosquillas. Traían la madera de los montes de Igueste. También era pescador, así como su hijo Antonio Castellano que se casó con la nieta de Cho Vito llamada Eloina Pérez.

Rafael Castellano Mesa, al ser carpintero de ribera, montó una industria. Sus hijos fueron “lobos de mar” porque se habían curtido aguantando los duros fríos del amanecer y tórridos soles del verano, ¡habían nacido para ello! Menciono sus nombres recordados por su hermano Antonio Castellano, quien a pesar de su edad de 81 años, tiene una mente lúcida y yendo al pasado trae los recuerdos con un acento nostálgico, queriéndome decir ¡acompáñeme en mi barco para que vea que no miento! Sus hermanos: Félix Santiago, conocido en el municipio y en el mundo pescador como el “Boca Fula; Julio, tristemente muerto en la Guerra Civil Española; Víctor, y Luis “El Cojo”. A su vez comenta que también se añadieron los que pescaban los bonitos de “Tajao”, que descargaban la cosecha para se transportada eb camiones a Santa Cruz, ya esto por los años 60 y 70.

Todos los caseríos pesqueros en Canarias tienen los mismos orígenes: donde estaba el trabajo, allí también estaba el sustento. En el municipio de Candelaria, que es exactamente igual aún con mucha antigüedad, dice el señor D. José Rodríguez Moure, en su libro “La Historia de Candelaria” que, recientemente terminada la Conquista en el año 1497, el Adelantado hizo presencia el día 2 de Febrero junto con las altas autoridades, tanto civiles como religiosas, y celebraron la primera fiesta de exaltación a la Virgen de Candelaria, siendo esta la primera ceremonia católica y oficialmente hablando que se hace en Candelaria. A partir de entonces se le enseñó al pueblo ribereño de Candelaria, que eran guanches, el arte de pesca de altura. Cosa que se empezó y a través de los siglos se ha llevado a cabo ensanchándose así al norte y al sur del lugar, fijando los pescadores lugares de residencia en cuevas y casas de piedra seca en lugares concretos como Caletillas y Chovito hasta el día de hoy.

La extensa línea de litoral estaba ocupada por pescadores que, descalzos, usaban veredas más abajo del camino real y estaban atentos a sus compañeros que se encontraban en los barcos esforzándose por localizar los manteríos de pescado, usando el mirafondo y “engodando” y así pudieran unir el más grande manterío de pescado posible para echar la red de pesca. Los pescadores de tierra tenían que seguir la dirección de los barcos ya que estos seguían el banco de peces para una vez decidido echar las redes por el mayoral. Se hacía de la siguiente manera: Todos los barcos formaban un carrusel haciendo un gran círculo; dos barcos paralelos pero a una distancia de unos cincuenta a sesenta metros traían lo que se conocía por “la cola”, que pertenecía a la red; los pescadores de los barcos que se habían acercado a la orilla la lanzan lo más adentro posible; en la misma orilla ya están preparados los de tierra que, sin dudarlo, se introducen en el mar para sacar la punta de “la cola” ; todos los de tierra se unen tirando por la “la cola” con grandes brazadas hasta que se pone tensa, muy tensa, y todos al mismo tiempo (que pueden ser entre quinde o veinte entre hombres y niños) empiezan a “jalar” (esta expresión marinera de hecho fue utilizada por los agricultores en plan burla: “¡Jala… jala… por la colaaaa!”); pues bien, después de jalar y jalar finalmente el “copo” se iba cerrando más y más por medio de la red hasta que estaba cerrada del todo; en ese momento hacían señales de los barcos que iban cerrando también más el carrusel hasta estar casi completamente unidos para izar el pescado y repartirlo en los barcos y transportarlos a Chovito, Caletillas y Candelaria para su posterior distribución y venta. Me acuerdo de pequeño ver cómo los barcos parecía que se hundían cargados y los curtidos pescadores dando remo en la más dura de la tareas.

Amigo lector, quizás se pregunte quién me contó este relato. Pues bien, yo como autor en las épocas de verano, dado que estaba libre porque no tenía clases, fui testigo ocular y no sólo eso, sino que además participé de niño en estas arduas labores, pero a pequeña escala, ¡claro! Le explico: Las “trineras” eran muchas. Recuerdo algunas: la del “Cambao”, la del “Morreta”, la de Gonzalo y algunas otras. ¿Qué era una trinera? Según mi modesto entender y por lo que yo vi, era un barco grande que por su poderoso motor remolcaba a siete u ocho barcos, con una agrupación de hombres mandados por un patrón que tenía su propia empresa y los demás eran asalariados. Luego estaba el “chinchorro” que era una agrupación de pescadores con redes y barcos que se unían y trabajaban en sociedad y que repartían a “soldada” o repartían equitativamente, teniendo que habría que dejar parte para comprara redes, aperos, reparar lo que se estropeaba… Fue en estos chinchorros cuando yo jale por la cola antes mencionada y con mucha honra y también puedo contarlo.

¿Por qué tirábamos o “jalábamos por la cola”?

El delta de Candelaria, especialmente el Valle de Igueste, era agrícola, ganadero y pesquero. Las empresas acuíferas lo hicieron grande económicamente hablando, con una enorme población, el mayor pago del municipio candelariero. Sus tierra de labranza llegaban al mismo mar don de rompía la ola; sus huertas hechas con preciosas paredes, ya que los iguesteros eran famosos por este tipo de construcciones, se destacaban de gran manera. Los tomates, algodoneros, tabaco, plataneras, caña de azúcar, papas y cebollino junto con otro tipo de cultivos como hortalizas y árboles frutales, especialmente higueras, todo parecía un paraíso regado por las aguas. Los iguesteros en la costa trabajaban en la agricultura ya que como he comentado eran de medianías, pero bajaban a atender su campo y ganadería. Al mismo tiempo solían mirar al mar y el movimiento de los chinchorros. Cuando estos veían mucho pescado que calculaban que con la gente que tenían en tierra no serían suficientes para tirar de la cola por ser muy pesada, más teniendo en cuenta que las personas que trabajaban en los barcos eran imprescindibles, así como que los de tierra eran muy útiles, se ponían entonces a gritar desde los barcos ¡Venga gente, venga gente! Cuando repetían insistentemente era señal de muchísima cantidad de manterío de pescado en la zona y había que calcular bien, tener en cuenta la resistencia de la red, el tamaño y la cantidad de barcos de que disponía el chinchorro así como el personal que había para tirar desde tierra. Los iguesteros por costumbre dejaban sus quehaceres del campo y como estaban cerca acudían lo mismo al “Paso de la Soga”, “Bajo La Cuesta”, “Al Dorado”, “Chovito”, “Caletillas”, “La Mareta”, “Punta del Rey”, “La Lajeta”, etc. Para así tirar de la famosa “cola” mencionada. Entre ellos estábamos nosotros los niños y adolescentes. Recordar especialmente que cuando se cerraba el copo había una señal de los barcos que comunicaba aflojar, que ya bastaba, porque si se seguía tirando se podía reventar el arte de pesca. Los veteranos ya conocían; pero los que no, al aflojar sin saberlo algunas veces por la presión o impulso al soltar íbamos disparados al mar pues estábamos agarrando y tirando por la “cola”. Después ya nos acostumbrábamos a estar más alerta y éramos los primeros en aflojar la “cola”. Para tirar no se podía hacer por la cuenta cada uno sino a la voz de un experto que decía ¡oh, oh, ajó! y así sucesivamente teniendo que poner oído al canto. La verdad es que fueron experiencias inolvidables que están ahí presentes. Con el pescado que se cogía desde afuera, donde estaban los barcos, se mandaba uno a tierra o cerca de la costa, para que llevara a los que habían ayudado y repartir a partes iguales, aunque a los niños nos daban la mitad. Se formaba un círculo, los hombres a un lado y frente los más pequeños. Se repartían de cuatro en cuatro peces, a esto se le llamaba “la pasada”; a los menores de dos en dos, hasta que alcanzara. Para llevarlo luego a casa conseguíamos una verga o alambre y por los ojos del pescado lo íbamos pasando hasta engancharlos todos de manera que pudiesen ser de 6 a 18 o 20 piezas, dependía de o que se cogía, sardinas, bogas, chicharros, caballas, arenques, etc. Los que se cogía que estaba ya preparado, rápidamente los barcos empezaban a remar cada uno a su destino ya que esperaban en lugares convenidos, los de la Playa de Chovito a tal lugar, los de Caletillas a Caletillas, los de Candelaria al refugio del pozo, porque el pescado al estar fresco se debía repartir y vender cuanto antes porque como decían ellos “estaba vivito”. ¿Cuál era el procedimiento a seguir? Se repartía de forma diferente a lo que antes he comentado porque estas familias, con diferentes hombres, mujeres e hijos, pertenecían a la sociedad comunitaria que era el chinchorro de Chovito, o si era el de Caletillas o donde pertenecieran, pues había varios chinchorros. Sin embargo, los que ayudaban (ayudar en cierto momento urgente para recolectar el pescado en la red o cooperar para que así se hiciera) una vez hecho el favor partíamos para nuestras casas para prepararlo y comerlo bien fuera con gofio amasado en cazuela, bien al escabeche, frito, asado, guisado, dependiendo de lo que se fuera a hacer de comer ya que antiguamente se usaba la palabra el “condute” o “conduto” si había pescado preparado, palabra autóctona y de gran significado para la población antigua y, como no, para la moderna.

Cuando los barcos llegaban a Chovito o a la misma playa que lleva su nombre ya las mujeres estaban preparadas en la orilla, esperando que los barcos encallaran con el pescado. Tenían sus cestas de cuatro asas y con el musgo que el mar embravecido solía arrojar a la costa adornaban y tapaban el pescado para que se mantuviese lo más fresco posible para su venta. Una vez repartido de acuerdo a las familias y todos los que estaban envueltos, se partía a vender o cambiar por productos de la tierra, lo que comúnmente se conoce como trueque. Pues, si no había dinero o no se quería pagar con él, en el campo comercial se aceptaba el intercambiar productos o pescado a cambio de papas, higos pasados, porretas, almendras, queso, castañas, carne de cochino salada, gofio, etc, así existía un dicho popular en la memoria del pueblo que decía… ¡Pa casa nada pesa!

Había mujeres de la familia de los pescadores, como podían ser sus esposas, hijas o nietas, para cargar y vender el pescado, pero también otras que no eran familiares que compraban el pescado por cestas o por kilos para después revenderlo y ganarse un tanto. A veces no salían muy ventajosas, tal es así que de nuevo hay un dicho común entre los de la zona para referirse a alguien que se envuelve en un negocio y pierde porque no le fue bien. Se suele decir “¡Salí como la de los arenques!”.

De esas mujeres, recordadas y que aún viven, que tienen muchos años y otras que tristemente han fallecido citaremos a “Cha” Adela “La Gallega”, Agustina “La Severiana”, Eloisa (madre de Agustín del Bar “El Pulpo”), Eloina Pérez Caridad de la familia de los Ravinas, Pilar García “la Perrenga”, “Cha” María Díaz, las hermanas Rosa y Aurora Torres (las conocidas como “perras chicas”), Zoila, María Nicolasa y su hermana Candelaria Núñez, las hermanas Sildana y Trina García, las hermas Georgina, Pepa y Filomena (León) , Antonia Gómez, las hermanas Rosa y Pilar Torres Oliva, Pura “la del Fuerte” (que tiene 90 años), Eulalia la de Federico Pérez, Alcira Martín Torres (aún vive), Adela Torres Martín (aún vive), Guadalupe Portugués (aún vive), María y Eloisa (hermanas) conocidas como “las Ciriacas”, Adoración y Felicidad (hermanas) conocidas como “Las Rubias”, Servanda “La Gangochera” y las hijas Natividad y Rosa conocidas como “Las Chasneras”, Angelita Bello conocida como “Trena”, Antonia y Julia Martín García (hermanas) conocidas como “Las Lilas”, las hermanas Marina e Inés conocidas como “Las Tururús”, Candita Izquierdo Torres (aún vive), las hermanas Paulina y Primitiva (aún vive), Leoncia González García, “Cha” María y la hija María Gómez, conocidas como “Las Sajorinas”, Amalia y su hija Carmen Gómez , “Cha” Carmen Romalda, María Oliva conocida por la de “Cha” Julia (aún vive), Carmen Gómez Portugués, Magdalena Martín Torres “La Mecánica”, Peregrina y Dolores Torres (hermanas), Casilda la de Alejandro “El Camellero”, Dominga “la del Lomo de Cho Alberto”, la conocida como la de Cho Silvestrillo, “Cha” María la de Cho Silvestre.
¿Cuál era el trabajo realizado para la venta del pescado de estas mujeres?

Tan pronto se pesaba o medía por un almud, un recipiente, etc. Ya se les ayudaba a cargar las cestas y partían hacia arriba, cogían el camino real como si fueran un ejército organizado, yendo a la par o no alejándose unas de otras, incluso las más fuertes ayudaban a las más débiles especialmente cuando había que superar obstáculos como podían ser los repechos o grandes empinadas a lo largo de los caminos. Subían dejando el camino real por Barranco Hondo empezando allí a vender, pero como no se vendía todo, cogían el camino que partía de la Casa Cabildo a La Laguna, pasando por Machado, el Tablero, Sobradillo, Llano del Moro. Alguna vez a partir de Barranco Hondo se dividían en dos grupos y arremetiendo por las Barreras uno llegaba a las Rosas y la Esperanza. Es fácil decirlo, amigo lector, pero para el que conoce la orografía de la tierra, y teniendo en cuenta el peso, la sed y el hambre, estos hechos se pueden considerar de heroicos. Sus corazones tenían que ser como el acero y lo curioso es que estoy oyendo el relato de los que todavía viven y están tan lúcidos como el que este relato escribe y sus corazones siguen latiendo.

Decir que me cuenta Doña Eloina, esposa de Antonio Castellano, padres de Carlota Castellano Pérez (quien aún vive en Chovito) que iban vendiendo el pescado o cambiando, como antes comenté, por los productos del campo con sus manos llenas de escamas y oliendo a pescado. Algunas vecinas para que pudieran seguir en la “lucha” o batalla y seguir vendiendo les amasaban una “pellita” de gofio con agua fría para que se la comieran. Ella con tal de no perder tiempo y seguir vendiendo con las compañeras le decía a las señoras que la pellita de gofio se la envolvieran en una hojita de col y así se la comería más tarde, y así lo hacían y la guardaba en la cesta. La hoja de col era la que la aislaba del pescado por vender. Después se la comían mientras retornaban caminando para no perder tiempo porque se hacía tarde y les podía coger la noche, teniendo en cuenta que de lo mismo que traían en la cesta tendría que comer la familia. ¿Pero por qué caminar tanto para vender una cesta de pescado? Muy sencillo: Las casas en los campos antes estaban muy aisladas o dispersas y para llegar de unas a otras había que andar kilómetros, mas la compra no se hacía por kilos sino de acuerdo a lo que la persona tenía para comprar el producto, pues podía se 100 gramos o 500 gramos y no todo podía permitirse el lujo de comprar muchos kilos, además no había nevera para guardar el que no se gastaba.

Hay otros relatos de vendedoras de pescado, que decían salir de “Cho Vito” o Caletillas hacia arriba, cargadas con las cestas hasta los topes por el empinado camino real hasta la boca del valle de Igueste. Una vez llegaban a la zona de Las Lagunetas avanzaban por la extensa llanura y descendían a la Victoria o la Matanza de Acentejo para hacer lo mismo que las anteriores y cuando venían de vuelta, bajando por la boca del valle hacia Igueste, ya les quería coger la noche.

Hay un dato muy curioso que está en la memoria de mi pueblo, que quisiera traerlo como anécdota y es el siguiente: Agustina la Severiana, a quien conocí, salió treinta días seguidos, sin descansar uno solo, del “Pozo de Candelaria” con una cesta grande de cuatro asas de pescado y subiendo por el camino real para vender el pescado y regresar a Igueste antes de anochecer, como he dicho, día a día, durante treinta días sin descanso y por si fuera poco “con los pies descalzos”.

¿Qué se hacía con el pescado sobrante que no se vendía fresco, por ser mucha la cantidad de pesca?

En el lugar de playa “Cho Vito” existía y aún existe un enorme charco que al subir el mar se llenaba de agua. Está dicho charco entre “El Dorado” y Playa “Cho Vito”. El agua entraba y salía de él. Allí tenían por costumbre lavar y “jarear” (abrir el pescado y tenderlo al sol sobre la zona basáltica encima de las cuevas y en todo lugar que no hubiese tierra para que no se pegara a él. A partir de ahí empezaba a secarse o curarse, lo que también se conoce en el pasado como “salazones”; siendo muy solicitadas las famosas “jareas” por ser parte de la dieta canaria. Desde tiempo muy antiguo ya los barcos y navegantes las solicitaban como cualquier otro alimento para guardarlo en sus despensas y posterior uso, pues al estar curado y protegido por la sal tenía bastante duración.

Aprendemos de la gente antigua lo siguiente: Primero, al pescador en el mar nada le sobra; el pescado fresco y cuando no, se vende seco. Por otro lado, el pastor con su ganado nada sobra, leche fresca y queso tierno y cuando hay mucha cosecha de queso se cura y se come duro, con jareas y gofio…

Quiero significar que a la playa de “Cho Vito” en el pasado se le conoció también como “Playa del Mosquero”, a su vez “Cuevas de los Mosqueros”. De hecho, cuando he tenido acceso a escrituras se define así, por ejemplo, unas cuevas, donde llaman “Playa del Mosquero”.

¿Por qué el nombre “Playa del Mosquero”?

Tiene una explicación muy sencilla: mientras el pescado estaba en un proceso de curación la cantidad de “moscas” era enorme y en toda la zona, causando muchas molestias a los vecinos y pobladores, tal como donde hay animales domésticos, también las hay, pero que conste que es hoy día cuando se protesta por ellas en esta sociedad mal comprendida, porque en aquel entonces, lo importante era sobrevivir y lo considero muy sabio de parte de aquellos, nuestros antepasados, gracias a los cuales estamos aquí para contar y escribir la historia. Pero volviendo al asunto de las moscas, históricamente hablando, en la memoria de un pueblo culto es normal que se pregunte el por qué de las cosas aunque de moscas se tratase. Lo de las moscas es por el pescado que se tendía al sol para hacer las “jareas”, ahí está la respuesta histórica. Los incultos dirán que cómo se les ocurrió poner semejante nombre, antigua “Cueva del Mosquero”, pero recuerden… la historia prevalece, no nosotros, que nos vamos. La historia jamás muere mientras la desenterremos de la tumba de los que la quieren sepultar de nuevo. Si la pulimos, la limpiamos de las impurezas y la pasamos por el crisol de la verdad, tendremos su diamante, resistente, brillante, que logrará que nos veamos tanto exterior como interiormente.

Los pescadores y sus mujeres e hijos aprendían unos con otros el hacer las nasas para la pesca. Es una tradición que comenta D. Antonio Castellano y su esposa Eloina Pérez, quienes aún viven, y que se ha seguido hasta hoy y se comprometen a seguir. Según él las nasas las hacían de varas de cornical, planta autóctona canaria, que abunda mucho por estos parajes. Subían, dice D. Antonio, a las partes altas de Igueste donde denominan “la Mesa” y también a la jurisdicción del Rosario, concretamente cerca de la Iglesia de Machado por ser esta zona muy rica en el arbusto. También se usaba el junco, que iban a buscar a Igueste de San Andrés en barco. Varando en San Andrés subían a Igueste, cogían la carga y la pasaban a los barcos. El que se fuera a estos lugares es porque allí había muchos manantiales y barrancos con agua donde nacen y se reproducen mucho. Yo mismo recuerdo ver a D. Antonio y su yerno Antonio Luis partir con su barco para echar las nasas con el fin de coger el camarón. Lo hacían por la tarde y se quedaban de noche para después, por el día, izarlas y recogerlas. Tenían puntos de referencia y dejaban boyas marcando el lugar donde las echaban.

¿Qué podemos decir de los propietarios de playa “Cho Vito” a través de la historia?

Son muchos históricamente hablando. De acuerdo con documentos que he estudiado voy a citar algunos:
Domingo García del Castillo (de Igueste), su hija Inés García Pérez vendió el 1 de agosto de 1948 a Gumersindo Rodríguez Sosa parte de su trozo de tierra de la finca matriz de su padre, ya que este señor tenía una propiedad de muchos metros cuadrados. Habla del camino o serventía de los pescadores hacia abajo por el oeste y que al este o al frente linda con el mar.
José María Portela del Río (escritura notarial por Santiago Pérez Llombet) linda al mar, 26 de abril de 1955.
Andrés Oliva Núñez (escritura) año 1949, al este o naciente linda al mar.
Los hermanos Jiménez Gorrín, Guillermo y Dorinda.
Severa Jiménez Gorrín.
Víctor Rodríguez Torres.
Santiago Fernando Oliva Padrón.
María de las Nieves Padrón Cruz.
Antonio Vicente Alonso Torres (escritura notarial por Juan José Esteban Beltrán) año 1983, linda al este con el mar.

¿Qué podemos decir de los pobladores marineros?

Por lo regular estos empiezan con una familia o más. Tenemos el caso en Caletillas. Sus primeros habitantes fueron “Cho” Gumersindo Rodríguez (hoy en día una calle del lugar lleva su nombre en su recuerdo) y su esposa Pilar Padrón García. Sus hijos fueron Gumersindo, Venancio, Paulina, Antonio, Fermín, Juan, Manuel y Primitiva. Su segunda esposa, al fallecimiento de la primera, se llamó Josefa Cabrera González. Sus hijos fueron Pilar, Domingo, Jesús y Genaro (Este último tiene actualmente un restaurante llamado “Genaro” entre Caletillas y Playa Chovito). Se estableció en Caletillas para el año 1948. Compró un extenso terreno lindando con los Garabotes al sur, se extendía la franja del terreno hasta lindar al Norte con propiedades de Francisco Báez del Toro, lindando con la franja del norte con la Playa “Chovito”. Tenía igualmente muchas propiedades en las medianías y en las partes altas de Igueste. Era agricultor muy entendido, especialmente para hacer terrazas, huertas, paredes, cuevas, aljibes. Había estado en Cuba en un lugar conocido como “Pijirigua”, de ahí le vino el mote o remoquete “Cho” Gumersindo “El Pijirigua”. Este hombre fue un trabajador sin tregua, pues como hemos visto tuvo dos esposas y con ellas doce hijos, componiendo una familia de catorce miembros en total. Como había traído centenes de Cuba en calidad de “indiano”, empezó a invertir sus ahorros en la tierra para sacar el sustento de ella y lo consiguió. Pero a este hombre le gustaba el mar hasta tal punto que se quedó en Caletillas viviendo en una hermosa cueva hasta que murió. Nunca desatendió sus tierras, labró sus tierras y vivió de sus frutos más de lo que cogía del mar, o sea, pescado y todo lo que este da. Pero volviendo al paraje de “Las Caletillas” en la compra que hizo, como he comentado antes, tenía una cueva vivienda muy grande, en la cual vivía con su familia. Recuerdo verle afanado con su barco en la pesca, tocando su guitarra, cantando, yendo a las medianías y partes altas para traer el fruto de sus propiedades en el verano. El agua potable en Caletillas se servía del pozo público que estaba al lado de su casa, donde el caudal era tal que había lavaderos públicos donde lavar la ropa y beber. Solían venir los que vivían en la Playa de “Chovito” a buscar agua, tanto para lavar como para asuntos domésticos. También venían muchas mujeres de Igueste a lavar allí. Bajaban también los hombres con bestias mulares para llevar agua en barriles para cubrir las necesidades. En el verano igualmente venían los rebaños de cabra y otros animales domésticos. “Cho” Gumersindo Rodríguez labró tres aljibes en su propiedad para tener agua más dulce y mejor de las galerías de Igueste. Actualmente el antiguo pozo está tapiado. Los aljibes, según me comenta su hijo Genaro, los llenaban de aguas limpias de las lluvias no dejando que se llenara de las primeras porque estas suelen tener suciedad.

Caletillas y Playa de Chovito a nivel de habitantes eran uno. También geográficamente, ya que al doblar el recodo por la serventía del “Camino de Los Pescadores” se comunicaban con facilidad. Para aquel entonces las tierras de cultivo de Igueste se introducían en el mismo mar. Tenemos el caso de las conocidas huertas de los “Garabotes” que en el año 1915 aproximadamente ya tenía una máquina bomba con una caseta y un maquinista cuyo objetivo era bombear y elevar agua a la famosa “Charca de Maja” que está activa o en uso. Hace pocos años aunque la máquina no estaba en uso, sí estaba en su lugar como si fuese una auténtica pieza de museo. La elevación de agua era conducida a través de tuberías siendo rentable el agua “salobre” para el cultivo del tomate que tanta riqueza dio al pueblo en aquel entonces. La evidencia está en que desde los Garabotes citados se exportaban para el extranjero con sus siglas F.G.G. (Francisco Garabote García). Había muchos salones de empaquetados, muchos de los cuales aún perduran en el Valle de Igueste. Creo recordar unos ocho. Podemos imaginarnos la producción en este pequeño delta.

Las gentes de Igueste venían mucho a Caletillas por muchas razones. Tenían sus tierras de cultivo que lindaban con el mar, venían a comprar pescado para comer, igual hacían en la Playa de Chovito, se bañaban en ambas playas. Algo curioso que recuerdo y que está en la memoria de los mayores es lo siguiente: Cuando en Igueste se celebraban las fiestas en lo alto del pueblo, las personas que tenían luto por la muerte de alguno de sus familiares no iban a la fiesta, pero sí bajaban a Caletillas o a Playa Chovito para pasarlo en las playas. Bajaban todo lo necesario para pasarlo bien en hermandad vecinal. No eran pocas las familias que hacían esto, sino muchas. Eran todos agricultores, ganaderos, pescadores. Todos estaban emparentados, los unos con los otros. Era una verdadera tradición, la cual se convertía en una fiesta. Pero no se bailaba en la plaza pública, pues esta estaba en lo alto del pueblo y se veía muy mal el que alguien no respetara la memoria de un familiar fallecido hasta que pasara un espacio de tiempo prudente, que podían ser años.

Cuando tengo que hacer descripción de Playa de Chovito – Caletillas, siento que la memoria y mis recuerdos se expanden en un caudal grande. Parece inagotable y no es que delire, ni que invente algo románticamente hablando o escribiendo. Sólo me ciño a la verdad, a la de mis mayores, aquellos que hicieron la patria.

Recuerdo perfectamente, cuando mi abuelo me llevó por primera vez a Caletillas – Playa de Chovito, aquellos callados y arenales bellos y pulidos por las limpias, cristalinas y espumosas aguas. Recuerdo cuando mi abuelo, aquel respetable y venerable anciano, llegó al lugar y saludó amablemente a todos los pescadores; cuando se sentó en la cueva de “Cho” Gumersindo “El Pijirigua” a conversar, pues ambos habían estado en la Perla del Caribe, la bella Cuba, la que logró que la miseria, el hambre de los canarios fuera amortiguada. Porque en este hermoso paraíso se les negó sus derechos y su dignidad, a pesar de que tenían todo el derecho, pero egoístamente se lo usurparon los foráneos invasores.

Un anciano poeta dijo en una ocasión que si todos los canarios en su intento por llegar a Cuba se dieran la mano, compondrían una gran cadena llena de eslabones que partirían desde estas pacíficas playas del Atlante y llegarían hasta el mismísimo morro habanero. Entre ellos estuvieron aquellos dos hombres que hablaban, que ya fallecieron, y que ahora entiendo de mayor.

Recuerdo también cuando mi abuelo a pesar de que yo no tenía más de 5 años de edad me presentaba como su nieto, orgulloso de su raza. Recuerdo cuando aquellos hombres con sus manos encallecidas y toscas reparaban las redes, las artes de la pesca, como las conservaban y preparaban para salir a faenar; su ir y venir, su salir y entrar. Recuerdo su hablar, su acento, qué diferente era con la parte alta del pueblo a pesar de la corta distancia. Se diferenciaban en todo el hombre del mar y el de las partes altas y medianías. No digo que fueran más toscos, pero sí los veía más rudos, sus pies más deformados, sus manos también, sus rostros; pero en el fondo una mirada noble, sin maldad, una mirada serena. Las fuerzas de la naturaleza los ahbía curtido… ¡eso es todo!

En cierta ocasión mi abuelo me cogió en brazos para bañarme. Como el mar chocaba contra él, yo me aferraba a su pecho porque tenía miedo. Después de bañarme me puso fuera, debajo de la conocida pared de los Garabotes, que servía de barrera al mar. Detrás estaba la máquina – bomba de elevación mencionada con anterioridad. Recibí instrucciones de mi abuelo de que no me moviera de allí, que él se iba a bañar. Lo que yo no iba a imaginar es que se fuese tan lejos de la orilla, ¡se sumergió! Yo me asusté pensando que la había pasado algo. Por fin le vi que asomó su cabeza, pero muy lejos. Después empezó a nadar y a nadar más afuera hasta donde denominamos las “bajas”. Se introdujo en mar abierto y fue a ver el famoso “pino de Arafo”. Esa era la norma iguestera: todo nadador debía cumplir ese objetivo estuviera solo o acompañado. Recuerdo cuando las grandes cuadrillas de iguesteros bajaban y partían como si fuera en competición para ver el legendario pino. Eran leones de mar.

Existía el “Charco de las Lisas”. Llevaba este nombre porque al subir el mar las lisas subían a comer, pero al bajar se quedaban atrapadas, de ahí el nombre. Al sur de la playa estaba la cueva y piedra del agua dulce. Llevaba este nombre por la gran cueva que era posesión de las mujeres que la usaban para ellas cambiarse de ropa cuando se bañaban; lo del agua dulce porque había agua o fuente que venía de los veneros de los montes y de una manera subterránea brotaba allí, siendo aprovechada por la gentes al ser potable.

Por detrás de la Playa de Chovito - Caletillas venía el camino real desde el sur de isla, hoy cubierto por el asfalto, destruido por la autopista y la central de UNESCO. Este camino reaparece su calzada en algunos lugares. Es el mismo que hoy en día se ve en la Cisnera – Arico, que se ve en el Barranco de Erques, con sus impresionantes calzadas pulidas por el andar de las gentes y herraduras de las bestias mulares; el mismo que para por las costas de Güimar, destrozado por el Polígono Industrial; el mismo que pasaba por el Pozo de la Virgen, cuando la gente se paraba para tomar el agua, descansar y seguir la marcha; el mismo que pasaba por las Arenitas, Punta del Rey, Caletillas – Chovito; el mismo que pasa por detrás de Media Montaña en Barranco Hondo, el que cruzaba por Tabaiba Baja, por Santa María del Mar, que llegaba a la conocida finca del Mayorazgo y se desvía hacia Taco, Geneto y todos los pueblos hacia La Laguna; era el camino que en el Mayorazgo a la altura de Chamberí partía hacia el muelle de Santa Cruz. Finalmente decir que era el legendario camino de los guanches.

Había cerca de Chovito una casa terrera muy larga donde reventaba la ola, que era de un famoso médico. Este venía de vacaciones y también vivió fijo. Tenía un gran aljibe para uso de su casa. Igualmente existía una gran cueva que daba al mar, donde los camelleros amarraban sus camellos después de que terminaran sus tareas. Posterior a ello Don Camilo Bell de la Prada, un militar de alto rango, compró la tierra a los dueños de Igueste y mandó construir una hermosa finca. Dio mucho trabajo a mucha gente de Igueste tanto a hombres como a mujeres, pues estos iguesteros e iguesteras eran muy entendidos en los temas de agricultura. Se cultivó caña de azúcar, platanera, algodón, tabaco, tomates, papas, etc. Más tarde este señor arrendó su finca alos Riveros de Arafo. Finalmente vendió a la empresa Unelco para la central. Esto pudiera ser entre las fechas de 1960 a 1970. Su construcción supuso la destrucción de parte de la finca y de la casa del médico, aljibes, Cueva del Dorado, el legendario corral de la Tosquilla, toda la mejor zona de marisco en cuanto a almejas (Recuerdo cuando bajaba el mar y se recogía, dándole vuelta a las piedras grandes de color blancasca, enorme cantidad de almejas, sacos llenos). Después de esto todo cambió en el Valle. A partir de ahí los cultivos empezaron a enfermar y a morir frutales, las personas también. En definitiva, lo que antes era un valle con un clima benigno y maravilloso vino a ser lo contrario.

El crecimiento moderno en Caletillas lo promocionó un iguestero llamado Graciliano Ruiz, conocido también como “El Manco” debido a que le faltaba un brazo. Este señor se adelantó a la época con visión de futuro. Había pasado por diferentes facetas. Dio clases a niños y adultos aunque no era maestro titulado oficialmente hablando. Estuvo trabajando como responsable y contable en la finca conocida en la comarca como “Finca del Comandante” ya antes mencionada de Don Camilo Bell de la Prada, de quien se dice que llegó a ser posteriormente Coronel del destacamento de Ingenieros de La Cuesta. A don Graciliano lo conocí personalmente. Aún vive su esposa Doña Trinidad Cabrera. También conozco personalmente a su hijo Don Ciro Ruiz Cabrera, que es ingeniero físico-químico por la Universidad de La Laguna, siendo actualmente profesor y llevando un puesto de responsabilidad en ella. Con Don Ciro suelo tener conversaciones constructivas de nuestra infancia, de Igueste, Caletillas, Playa de Chovito a tal grado que su propia esposa e hijo Sergio siente una gran curiosidad. El recuerda perfectamente cómo era Caletillas antes, como era la Playa de Chovito, cómo eran las costas de Igueste, cómo era Igueste porque él, igual que yo, es de allí, y todos nuestros antepasados también. Aunque él está ocupado en sus cosas y sus responsabilidades tarta de vivir en Caletillas todo lo que puede y, por tal razón nos vemos y saludamos y hablamos a menudo de las cosas que nos preocupan, especialmente de nuestro entorno.

Volviendo sobre su padre Graciliano Ruiz… Después de haber trabajado en la Finca del Comandante, se independizó y construyó fincas. Tuvo granjas avícolas, bares, etc. Finalmente optó por la compra-venta de terrenos, permutar terrenos cultivables por terrenos en Caletillas, sobre todo los que estaban en zonas escarpadas que no eran aptas para el cultivo. Empezó a construir, vender, alquilar y así hasta tal punto que Caletillas comenzó a crecer y a crecer permitiendo ser lo que es hoy. De hecho en Caletillas hay una avenida que lleva su nombre por los méritos que hizo a favor del lugar.

Después de hacer este humilde trabajo como modesto investigador y escritor sobre Playa de Chovito – Caletillas llego a la conclusión de que ambos lugares tiene mucho en común: sus costumbres, tradiciones, artes, etnografía; ya que los caseríos marineros, como he explicado anteriormente, se asentaban exactamente igual en todo el litoral de Canarias.

Hasta aquí he citado muchas veces la palabra “Historia”. En el griego “Historia” etimológicamente hablando es el resultado de la investigación e información. De acuerdo a la investigación e información obtenida podemos seguir y seguiremos llamando a este lugar la Playa de Chovito.

Por tal razón pido a quien corresponda el respeto a la historia de los pueblos, que se proteja y defienda, y que la Playa de Chovito, con todo su caserío y todo lo que en ella hay sea declarado Bien de Interés Paisajístico, Etnográfico y Cultural para siempre.

 

 
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