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Por muchos que sean los esfuerzos mentales que hago para apartarme de los asuntos de La Laguna, más numerosos y más potentes son los empeños de los que, con sus disparatados acuerdos, estimulan mis adormecidas y poco usadas neuronas de la indignación. Desde hace unos años padezco, a mi pesar, hervores mentales intermitentes producidos por los que, desde los sillones municipales, bien pagados y mejor engordados, quieren desterrar – mejor, enterrar- los sentimientos laguneros. Despilfarren el presupuesto, desfonden los fondos públicos, dilapiden el vil dinero, pero no machaquen los sentimientos.
Si retrasan la inclusión de La Laguna en la ley de Grandes Ciudades, si lo que pretenden es unir Santa Cruz con La Laguna, poco me importa. Si el Teatro Leal, por el principio de la gestión política de la prolongación a lo eterno, se eterniza hasta mi eternidad, poco me importa. Si la Catedral, por la orgullosa norma de que a un informe se opone otro informe, no se rehabilita hasta que se derrumbe, poco me importa. Si en las espectrales ruinas de la iglesia de San Agustín crecen hierbajos, a modo de tumba abandonada, poco me importa. Si la seguridad ciudadana, porque la nueva policía está para ser avisada y no para vigilar, cada día es más insegura, poco me importa. Si cambian las farolas, por el beneficio económico de cambiar, por otras peores, poco me importa. Si truecan, por igual beneficio, adoquines por asfalto, poco me importa. Si derriban el edificio de los Juzgados para hacer otro y se gastan mucho dinero en el empeño, poco me importa. Me da lo mismo que hagan aparcamientos muy costosos. Me trae sin cuidado que hagan ruidosas fiestas, que derrochen los presupuestos en petardos y cohetes, que empleen sólo a los amigos del partido, que se gasten el dinero municipal en empapeladas campañas electorales, viajes por mar y bocadillos de mortadela, y que, por justa reciprocidad, adjudiquen las obras a sus constructores protectores. Me es indiferente que el Ayuntamiento esté endeudado, que las calles estén sucias, las aceras desmochadas. Me trae sin cuidado que se hagan calles peatonales sin buscar una solución al tráfico rodado. Poco me importa. Pero que desaparezca la Banda de Música, sí que me importa. Y me importa porque con ello dañan los sentimientos laguneros más profundos y desquician mi equilibrio cerebral. Y lo desquician en el mismo epicentro del sosiego conquistado, de la calma hecha, de la armonía deseada y buscada tantos años. Y es que la música está en las profundas capas de la conciencia, donde sólo habitan los mejores y más exquisitos sentimientos. Y, para un lagunero, son sentimientos teñidos de tradiciones, de emociones compartidas en plazas y calles, en cada esquina, con gente que vivió bajo la lluvia, azotada por el viento y escalofriada por humedades de siglos. Los sentimientos laguneros no los han experimentado ni lo experimentarán nunca los que de fuera han venido a gobernar. Que administren La Laguna como quieran, pero que no dañen los sentimientos laguneros. Los sentimientos no se adquieren ni se someten a unos votos más, ni se manipulan con pactos de gobiernos, aglutinados por sueldos y repartos de competencias. Los sentimientos se depositan en lo más hondo del alma después de muchos años de miles de sensaciones recibidas, de percepciones epidérmicas, de sonidos recogidos, de imágenes en la retina, de gustos paladeados, de dolores sufridos y de alegrías celebradas. Suprimir la Banda de Música de La Laguna es romper de un plumazo con mala tinta la memoria lagunera. En la memoria lagunera está una mujer, Isaura Febles, hija de los propietarios de una panadería de horno de leña, que cantaba en la madrugada del Viernes Santos, cuando el Cristo entraba en la iglesia de Santo Domingo. Está el tenor Arnaiz, consumido por la enfermedad, cantando La Dolorosa (“La roca fría del Calvario…”) desde la casa de los Ramos, en la mañana del Viernes Santos. Está don Fernando Rodríguez, don Fernando “El de la música”, dirigiendo la banda de La Fe o la Municipal o el Orfeón La Paz. Está mi padrino, Enrique Olivera, que dirigió varias bandas y con todas desfiló la tarde de 14 de septiembre. En la memoria está Manuel Hernández dirigiendo el Orfeón La Paz o cantando con su voz afinada de tenor o tocando el clarinete o, cuando en su cerebro desgastado quedaba, como reliquia y solitario recurso, sólo la música. En la memoria está el carpintero, Claudio, con apodo lagunero, que hizo una breve carrera en la Península y, subido en lo alto de una mesa, con un corto listón en la mano, a modo de espada, cantaba El Huésped del Sevillano (“Fiel espada triunfadora”). Está Jorge “Márgara”, un bajo que interpretaba maravillosamente Marina (“El blanco vela que vela y el negro duerme que duerme”). Terminó su carrera y su vida en Venezuela. Y está el Orfeón La Paz en sus disputados y siempre conflictivos concursos y en sus actuaciones en Semana Santa. Y están las frías noches de Navidad, envueltas en Lo Divino. Vinieron Los Sabadeños, cantan nuevas voces. Y en un lugar preferente de la memoria lagunera está la Banda de Música de La Laguna. Los conciertos en la Plaza del Adelantado o en la de La Catedral. Sus marchas procesionales estremecían a los laguneros. Sus ecos se extendían allá donde las calles se convertían en caminos, los edificios en árboles, el murmullo en silencio y la oración en meditación. Y su mejor momento, el Viernes Santo, cuando la noche cede al día, cuando aún luna permanece y el sol se asoma, al comienzo de La Carrera, con las notas de Puccini, con el “Adiós a la Vida”, quizá, un presagio lo que el que iba a ocurrir. Ocurra lo que ocurra quedarán los sentimientos. El consuelo de lo bello. El consuelo de Mario Cavaradossi, sentenciado a muerte por el tirano Scarpia, de Tosca, “Las estrellas brillan en el cielo y la tierra está perfumada”. |