|
Nadie duda que entre las maravillas de la condición humana está la diversidad de los seres humanos. Seres de carne y hueso, con cualidades distintas, con reacciones diferentes y con modos de vivir desiguales. Para un buen observador de la vida, el espectáculo humano, la gran comedia humana, por la variedad de sus personajes, es una continua sorpresa. Vale la pena vivir muchos años, aun con las capacidades limitadas, sólo para analizar y disfrutar de la variedad humana. La raza humana como la Naturaleza es monótona y diferente. Hablar de monotonía variable o de uniformidad variable, parece un contrasentido, pero tratándose del hombre no lo es. Y tratándose de la Naturaleza tampoco lo es. Quizá, sólo merece el título de buen observador el que percibe pequeñas diferencias en lo indiferente. ¡Bendito juego, el de las palabras!
Hace casi medio siglo estuve en Lanzarote. Me impresionó la monotonía variable de su paisaje. La maravillosa sorpresa que existe de debajo, dentro o detrás de lo corriente volcánico. Lanzarote es diferente. La monotonía diferente de su paisaje es comparable a las olas, siempre iguales y siempre diferentes, o las llamas, siempre iguales y siempre diferentes. Aunque otras cuestiones ocuparon la estática movilidad de la memoria, siempre quedó en el recuerdo lo diferente que es Lanzarote. Años después, una buena amiga de Lanzarote me facilitó unos documentos sobre un médico de Teguise, que ejerció en el Uruguay, Alfonso Spínola. Con ellos y algunos datos más construí una pequeña narración. Un personaje de película. En el Uruguay lo tiene como un santo. Un médico comparable al de La Peste de Camus. Más tarde, por encargo de EL DIA, escribí un capítulo de una novela desarrollada en Lanzarote. Describí sus playas, sus volcanes, sus palmeras, sus pueblos, en especial Haría, tomando datos de libros de Geografía Canaria. Días pasados, que participé en un homenaje a otro gran médico de de Lanzarote, el doctor José Molina Orosa, intenté comparar las imágenes ficcionadas en mi mente con la realidad. Aunque no me gusta viajar por la incomodidad de los aeropuertos, los retrasos de los aviones y porque en ningún sitio encuentro una cama que se adapte a mi cuerpo como la mía, no pude rechazar la invitación. Se trataba de dar una charla sobre algo que ya había utilizado en otra ocasión. La charla era por la tarde. Tuve la mañana libre. Quise completar y revivir mis conocimientos sobre Lanzarote. Visité Teguise y Haría. Entre ondulaciones de apariencias iguales pero distintas, de tierras de colores iguales pero distintos, entre pueblos iguales pero distintos, con casas iguales pero distintas, entre monótonos cráteres diferentes, en un aire de silenciosa independencia sentí algo diferente. Algo extraño que sacudió mi vida hecha costumbre, algo nunca experimentado, como si regresara a siglos anteriores. A la desértica soledad, donde el hombre se encuentra con la Naturaleza. Al diálogo mudo del hombre con lo que le rodea. Por unos momentos, metido en el pellejo de los conquistadores, pensé en el asombro que les causaría las tierras volcánicas de Lanzarote. Con la sensación reciente de lo antiguo, hablé de lo antiguo. Cuando terminé, surgió un hombre distinto entre los iguales que me escuchaban. Un hombre flaco, tan flaco como si su esqueleto estuviera envuelto en una piel que le quedara ancha y larga. Sus vivos ojos se escondían detrás de unas gafas. Sus cabellos encanecidos, cansados de ser peinados, no obedecían ningún orden. Un bigote de galán cinematográfico orillaba su labio superior. Es un médico con grandes inquietudes literarias y, sorpresa sobre sorpresa, un médico que toca el piano con gran maestría. El violín y la guitarra con menos habilidad. Continúa la monotonía variable. Muchos de los que allí estaban lo saludaban con grandes muestras de admiración y todos le preguntaban por sus solitarios conciertos. Según pude oír, es un gran pianista, que estudió con Cubiles y con otros grandes maestros en Barcelona. Aseguraron que, cuando ejercía la medicina, entre un enfermo y otro, tocaba el piano, y, por las noches, hasta altas horas, tocaba y tocaba a Chopin, Beethoven, Mozart y sobre todo a Schumman. Y según me dijo, su padre, un hombre sin estudios, pero que leyó varias veces “Vidas Paralelas” de Plutarco, que ocupó varios oficios para ganarse la vida y darle la carrera de Medicina a su hijo, tenía un sueño profundo, indiferente a las notas del piano, pero cuando oía a Schumman, entonces se despertaba. Lo despertaba la admiración. Como si sus oídos sólo fueran permeables a la música de Schumman, igual que su gusto literario se despertaba por Plutarco. Conozco algunos médicos que, además de ser buenos profesionales, comparten otras inquietudes, pero nunca había encontrado a ninguno que tocara el piano con tan maestría. La Medicina es una profesión frustrante. Por muchos que sean los éxitos, siempre llega el fracaso, y entre los fracasos, ninguno tan dañino como el fracaso por impotencia, por las limitaciones de la ciencia y las restricciones de la inteligencia. La vida se puede alargar, pero se no se puede eternizar. Y el médico, que se mueve entre la vida y la muerte, por su destino de inevitable fracaso, necesita un complemento que le gratifique. La música, la literatura y la pintura son buenos asideros para aferrarse a la vida. Y, como sorpresa, en la monotonía variable del médico, como salido de un río petrificado de lava de Lanzarote, surge, como una cueva verde o un lago subterráneo, un médico pianista, Juan Gil Cejudo, un gran médico y un gran pianista. Un médico pianista, una variable más en la monotonía variable de la condición humana. |