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Esquirol de pendones Imprimir E-Mail
domingo, 11 de febrero de 2007

Con absoluta sinceridad, desconozco los antecedentes del Pendón Real, lo que escribo con escrupuloso respeto al pendón e incluso a aquella realeza compartida exaequo por Isabel y Fernando.

Por razones obvias, y puesto que durante gran parte de mi mocedad ejercí como un pendón más o menos plebeyo (que es ejercicio mucho más libertino y divertido, porque debe ser incomodísimo follar con una corona) , supongo que debería mantener una actitud corporativista y solidaria, y, en esa línea, defender al regio compañero. El Pendón Real, que ha vuelto a exhibirse en la procesión cívico-militar durante la celebración de la festividad de San Cristóbal, patrón de La Laguna, ha sido declarado por el Cabildo Insular de Tenerife, con o sin embargo – vaiga usted a saber-, "Bien de Interés Cultural". Leído así, el hecho de que un pendón, real o plebeyo, haya sido reconocido como un bien totalmente curtural, me produce una cierta satisfacción, porque en la realidad, los pendones, que no hemos sido necesariamente banderas, divisas o insignias, hemos disfrutado, las cosas como son, aunque –al tiempo- hemos sufrido mucho también en la vida. Yo no me siento un "Bien de Interés Cultural", y Dios me libre de incurrir en semejante arrogancia, pero, aprovechando el impulso de este reconocimiento (motivo de orgullo para pendones, como yo, incluso en la reserva pasiva), tomaré carrerilla para reivindicar principios y valores como el libertinaje, el desenfreno y la lujuria; antes despreciados, ninguneados e incluso perseguidos por los herederos de la Santa Inquisición, y hoy, felizmente, privilegiados con los honores de estrellas de procesión.

No soy exacta ni aproximadamente coetáneo del Pendón Real, el cual debió ejercer la liviandad y el desenfreno hace más de 500 años, en el siglo XIV, en la plenitud del Renacimiento, cuando Rafael pintaba "La Fornarina" y Miguel Angel esculpía "David"; ella con sus tetas y él con sus güebillos, argumentos todos al aire, respectivamente; cuando el artista, en fin, tomó conciencia de individuo con valor y personalidad propios, e indagando las técnicas de claroscuro, se vio atraído –incluso sin la inspiración de cuerpos como el de Pamela Anderson, la cual no era nacida cuando eso- por el paisaje de la anatomía humana; cuando follar, hacer el amor o incluso hacer la amistad –expresión, ésta última, que he tenido el honor de acuñar personalmente- tenía un mérito añadido, en cuanto semejantes deportes debían practicarse en lugares tan distintivos del estilo arquitectónico del Quattrocento, y tan limitadores del movimiento sexy , como la pilastra adosada o la bóveda de cañón, sin duda más estrechos, angostos, escurridos y chupados que el célebre Simca 1000 de "Los Inhumanos"; cuando, enfollonados en conquistas y reconquistas precisamente, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, que –fatuos y engreídos- gustaban mucho de echárselas de folladores, no montaban tanto, razón histórica por la que precisamente –con o sin embargo- nunca dediqué simpatía alguna a un pendón clasista, insolidario y opresor (vergüenza de la filosofía pendonista y deshonra de los pendones de todos los tiempos), como el Pendón Real, cuyo jocico, si quieren que les diga la verdad, nunca me gustó un carajo.

Aupado al edén como "Bien de Interés Cultural", y tiene cojones el asunto, el Pendón Real –a quien reconozco el mérito de ser el único pendón galardonado e incluso exhibido a lo largo de la historia de la Humanidad- no representa, en todo caso, otro botín que el que va implícito en la denominada "conquista del nuevo mundo"; sometimiento iniciado por el Reino de Castilla (erigido en avanzadilla del afán globalizador del G-8) con la conquista de Canarias, basada –como reconocen los historiadores- en la aniquilación casi completa de los rasgos culturales nativos y el mestizaje genético de colonizadores y aborígenes. Pendones al margen, es curioso, por cierto, que, tunante perdida tras la aprobación del Estatut, Cataluña –que, ocupada por las tropas napoleónicas de Duhesme, fue francesa allá por 1808- sea reconocida como "nacionalidad histórica". Con el cariño y respeto debidos, naturalmente, conviene recordar que Canarias fue incorporada al Reino de Castilla en 1496, mientras que Cataluña –entonces integrada en el Reino de Aragón- fue anexionada, por causa de los "Decretos de Nueva Planta", en 1716. Me se ocurre a mí ahora, por tanto, que, en el ámbito de la nueva realidad plurinacional del Estado español, una nacionalidad podría ser considerada más o menos "histórica" en función de su antigüedad, aunque, en todo caso, y si se utilizaran otros criterios, el número de putadas sufridas (en la forma y en el fondo) por ejemplo, también convertiría la nuestra en la nacionalidad más absolutamente histórica.

No sé si este pendón es más o menos real, porque –emancipándome de los oprobiosos efectos del trauma de la explotación del "pendón por el pendón"- casi gritaría, "¡Pendones de todo el mundo, uníos!". Sin duda, cuando idearon, concibieron y redactaron la proclama esencial del "Manifiesto Comunista", dirigida a los proletarios (entre los que los pendones ya destacaban como integrantes de la corriente dominante), Marx y Engels sufrieron un lapsus terrible. Con o sin embargo, a pesar del impulso que nos pudiera proporcionar el reconocimiento del Pendón Real como bien de interés totalmente curtural, lo que tiene cojones insisto, tampoco caeré en el error de invocar –ni siquiera en mi condición de pendón histórico- un ejemplo tan escasamente ejemplar, que, antes al contrario, ofende la inclinación y la virtud pura e higiénicamente amorosas del gremio. Los pendones vocacionales, nuestros ascendentes, Adán y Eva entre ellos e incluso los que hemos dimitido de la práctica poligámica consustancial en el oficio, siempre hemos repartido amor, y, en ello, no nos hemos movido por otro afán que la más noble conquista. Los pendones nativos no empalmamos ante territorios, pozos petrolíferos e intereses del género, porque no nos da el queso para tanto, sino que lo hemos hecho –aceptando que "la naturaleza no hace nada en vano", como pensó Aristóteles- guiados por decretos incorruptos más que castamente congénitos. Desde ese punto de vista, insisto, el Pendón Real no sólo no nos representa sino que además nos avergüenza y nos ofende; a los canarios pendones, y, si los hubiere, a los canarios virginales.

Con respeto profundo y riguroso al pronunciamiento de los integrantes de la Corporación Municipal de La Laguna y del pleno del Cabildo Insular de Tenerife, democráticamente legitimados en las urnas y desde luego éticamente habilitados para pronunciarse –como han hecho- a favor del susodicho, me permitiré afirmar, aún a riesgo de que me manden la División Acorazada Brunete a mi domicilio de San Miguel de Abona, que el Pendón Real es feo como la derrota, La Derrota de Acentejo, y de ninguna forma referencia de belleza o victoria; ni Victoria Adams, ni Victoria Vera, ni Victoria Jackson, ni Victoria Pratt, ni Victoria Berrocal, ni Victoria Gracia, y, si me apuran –ya que referimos a las buenorras que inspiraron la actuación de pendones auténticamente amorosos-, mucho menos de Victoria Abril, la cincuentona más hermosa y glamorosa de todos los tiempos, quien, erigida en utopía de los más empíricos pendones, se ha convertido en la vida real, sin duda, en "La muchacha de las bragas de oro".

Si los políticos gustan del Pendón Real, en su derecho están de exhibirlo o –como es el caso- incluso ostentarlo, y Dios les guarde el gusto, pero, por una elemental y democrática regla de tres, si un puñado de ciudadanos disgustan del susodicho estandarte, o más lo ven como un chingo de mierda, también están en su derecho de manifestarlo. Por muy feo que sea –y a mí también me lo parece-, el Pendón Real puede ser mostrado, exhibido, paseado e incluso magreado por los representantes de la voluntad popular; tanto y tan libremente, quiero decir, como aquellos a los que –por verlo como un símbolo que ofende el sufrimiento histórico de este pueblo- se ha negado arbitrariamente, desde el poder establecido, el derecho y la libertad de despreciarlo. A este respecto, el refrán es axiomático, y tomen nota el sheriff y sus colaboradores, porque, ciertamente, "cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto".

El dispositivo policial habilitado para la protección del jodido Pendón Real, el acordonamiento de la Plaza del Atrasado Fernández de Lugo, precisamente, y, sobre todo, los métodos violentos de los agentes del desorden ( picolos los cuales cargaron incluso contra los periodistas, que en el acto eran representantes del sagrado precepto de la libertad de expresión), constituyen, desde la administración, una respuesta desproporcionada, totalitaria, provocativa, tiránica, torpe y titánica. Alguien debió despistarse, sin duda, en el requerimiento del amparo y la colaboración del Pentágono, porque –totalmente descomedidas las previsiones- a nadie habría extrañado ver por allí a efectivos del Ejército (Army), Armada (Navy), Fuerza Aérea ( Air Force) y al mismísimo Cuerpo de Marines (Marine Corps) de los Estados Unidos de América. Sin duda, como sentenció el escritor y bioquímico norteamericano Isaac Asimov, "la violencia es el último recurso del incompetente", y, durante la escenificación de los sucesos de la procesión de La Laguna, no sé si reapareció el afán exterminador de Cristóbal Colón –la antítesis del patrón San Cristóbal y uno de los primeros pendones de la historia, como bien supo Beatriz Embobadilla- o la codicia sanguinaria del pionero, precursor, ascendiente y fundador de la Bárbara Orden del Godo, Fernán Peraza; el cual, pendón irredento también, perdió la cuca –en plena erección y bastante que me alegro- a manos de su suegro Hupalupa, quien, obviamente, no se andaba con grandes miramientos.

No sé qué pasaría si algún iluminado decidiera dedicar el nombre de Carmen Martínez-Bordiú a la calle principal de Gernika, en homenaje a las cabronadas de su abuelito y de la "Legión Condor" en 1937, y Dios nos libre, pero es curioso que aún en este tiempo de la historia algunas arterias de reputados municipios canarios exhiban el nombre del Atrasado Fernández de Lugo. No procede la comparación, supongo, porque, paradójica, incongruente y extravagantemente, mientras el dispositivo policial tomaba las calles de La Laguna para reprimir a hostias las voces discrepantes de los jóvenes independentistas de "Azarug" –sólo voces, sólo palabras, sólo vocablos, sólo instrumental democrático- el Gobierno de ZP, y sus delegados, negociaban con los asesinos de ETA y sus cómplices de Batasuna.

En nombre del Pendón Real de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que no montaban tanto como dijeron porque gustaban de hacer la guerra y no el amor, y en contra del sublime espíritu afectivo del pendón plebeyo, que integré en una etapa de mi lejana mocedad, me pregunto hasta cuándo se harán estos distingos tan desafortunados entre nacionalidades históricas y nacionalidades histéricas , y, en todo caso, hasta cuándo los alquilinos de La Moncloa –hoy los socialistas, ayer los populares- seguirán contemplando la nación canaria como una colonia. Me miro en el espejo, a diario, no necesariamente para corregir un despeinado imposible, y, sinceramente, no me veo pinta de sumerio, babilónico, maya, inca, maliano o ghaniano. Casi diría que tengo aspecto de europeo, y, es más, aseguraría que lo soy, porque –definitivamente- el neogodo, que vuelve a depositar sus aposentos en el despacho de la metrópoli, no es el dueño de la verdad, sino más bien un pendón irreal, el cual, reclasificando su finca de rústica a urbana (como asimilaron algunos de sus alumnos marbellíes), el dueño de la patraña, y, en fin, un mentiroso y un sectario, como el propio Pendón Real –de aquella realeza que juntó dos reinos en un coito-, de diez mil pares de cojones.

 
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