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José M. Balbuena Castellano.- Me entristece a veces comprobar que el pueblo canario, con honrosas excepciones, suele escoger como modelos las costumbres, los malos hábitos que vienen del otro lado del Atlántico, tanto de la América sajona como de la latina. Especialmente cuando proviene de esa América con la que podemos comunicarnos más fácilmente porque hablamos el mismo idioma. Si excluimos unos pocos países que parecen haber entrado por la senda de la democracia, de la constitución y de las reformas, la mayoría de ellos poco tienen que enseñarnos en cuanto a sistemas democráticos (aunque aún seamos unos aprendices en esa materia), organización política, social o jurídica. Aunque es verdad que también nosotros tenemos nuestras lagunas. Pero esa es otra cuestión
Me entristece ver como nuestra gente, en vez de ir a mejores fuentes de conocimiento que tenemos más cerca, en esa Europa más avanzada,(habrá que dejar fuera a Italia) donde se toma más en serio todo el mecanismo que conduce a un buen gobierno y a un reparto más justo de las rentas, se queda alucinada con ese mundo de los culebrones, de la perversión, de la violencia, de los malos ejemplos, e incluso llegan a imitar sus modismos y formas de hablar que ni son nuestros ni son sinceros.
Y nuestra gente se entusiasma con esa música chabacana y machista que paren las casas discográficas instaladas desde Río Grande hasta Punta Arenas o Ushuaia. En España, afortunadamente, hay políticos que tratan de luchar contra esa burguesía, que no admite más dirigentes ni orientadores que los oligarcas y la plutocracia de siempre, los que cuando los acontecimientos no caminan acordes con sus actitudes conservadoras y reaccionarias, pueden convertirse fácilmente en dictadores, o colocar a alguno que les haga el trabajo, o propician las “golpes de estado”.
Ahora mismo tenemos el ejemplo de Honduras, donde el presidente Manuel Zelaya, legalmente elegido, quiso desviarse de los principios oligárquicos y conservadores, para derivar hacia la izquierda y el populismo, y la respuesta del Congreso, de los jueces y de las fuerzas armadas no se hizo esperar. Han dado un golpe de estado y le han destituido. Se alega que Zelaya quiso hacer una especie de referéndum para contemplar la posibilidad de que pudiera ser reelegido en las próximas elecciones. El Congreso consideró que lo que pretendía el presidente era anticonstitucional, pero ha respondido a su vez con una acción antidemocrática como es el apoyo a un golpe de estado y al destierro de su presidente constitucional. Desde México hasta el cono sur de América las situaciones son similares. Hasta ahora han gobernado las oligarquías, los plutócratas y los militares, generalmente al servicio de los primeros. Pero no para mejorar la vida de los demás ciudadanos, sino para sumirlos más en la pobreza, en el paro, en la desesperación y en la desprotección más absoluta.
En España, que no ha experimentado una revolución como la francesa, el trabajo para desbancar a esa burguesía rancia y trasnochada ha sido más silencioso, casi en la clandestinidad y ha costado años de sufrimientos, de torturas, de abusos. En Canarias la resistencia plutocrática continúa en parte larvada, porque ha contado con el temor de la población a perder “los favores y la protección de sus amos”. Los plutócratas se han disfrazado ahora de “demócratas” de toda la vida, aunque, en el fondo, no la practican. Por eso Canarias figura en la cola del desarrollo, y los beneficios que trae una democracia bien entendida, apenas los recibimos. Para más inri, aún pulula una iglesia agazapada, acostumbrada a recibir privilegios y a inmiscuirse en los asuntos de gobierno de la nación y en la conciencia de los ciudadanos, que no asimila que estamos en un estado moderno y laico. Cuando algo no le agrada utiliza sus medios de información y a la prensa conservadora y afín (que, sospechosamente, suele ser también la prensa de los oligarcas, los plutócratas, los conservadores y reaccionarios) para entablar una lucha (rememorando las Cruzadas) contra las decisiones que toman los gobiernos progresistas en su afán por conseguir mejoras sociales, igualdad de oportunidades, bienestar para todos los ciudadanos y contra las decisiones del Parlamento que no vayan acordes con los planteamientos clericales y oligárquicos. Pero a la iglesia, lo mismo que ocurre en Francia, hay que colocarla en su sitio. Así que nos queda una burguesía que no desea cambios sustanciales, que no desea nuevos modelos económicos, sino que continúen los que han permitido el enriquecimiento de unos pocos y los escándalos financieros que hemos vivido en los últimos tiempos. El modelo que ambicionan es el de la ganancia continua, sin querer compartir. El tener un estado al servicio de ellos, incluso al Poder Judicial, si se tercia, y a la iglesia, claro, porque ellos esperan siempre la absolución final para poder entrar en el cielo, aunque hayan sido unos corruptos y unos sivergüenzas toda su vida. Una burguesía (y sus lacayos) que sólo aboga por líderes, caudillos y mitos aunque no tengan profundas convicciones políticas ni ideales, e incluso carentes de ética cuando ejercen cargos públicos. Eso no importa, si detrás existen beneficios. En resumen: existen unas castas privilegiadas, para los que es delito acabar con la ignorancia; desterrar la pobreza (de la que se nutre la oligarquía); lograr el bienestar del pueblo; luchar contra la intolerancia, la opresión o la falta de libertad. José M. Balbuena Castellano |