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Julio de 2008: cenit del petróleo Imprimir E-Mail
miércoles, 17 de junio de 2009
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Juan Jesús Bérmñudez
Varios importantes geólogos y analistas del sector de los combustibles fósiles han mostrado su convencimiento de que julio de 2008 supuso una especie de involuntario paso del rubicón hacia un terreno socioeconómico desconocido en los tiempos contemporáneos: entienden que hace algo menos de un año se registró el mayor volumen extraído y procesado de líquidos combustibles de la Historia (con h mayúscula).

Como ha repetido hasta la saciedad Colin Campbell, el ex – geólogo de BP o Texaco (entre otras compañías), esta fecha – cuya veracidad tardaremos años en corroborar - no es tan importante como lo es la certeza de que nos acercamos – debido a la velocidad creciente de nuestro apetito energético - a la segunda era del petróleo, de tendencia declinante continua en su disposición, por envejecimiento irreversible de los yacimientos de petróleo.

Según la mayoría de estos estudiosos, el fin del petróleo barato supondrá el fin del crecimiento económico sostenido como hoy lo conocemos, dada la íntima relación entre disponibilidad de este combustible y capacidad de expansión del PIB. Por tanto, la crisis económica que hoy vivimos no sería un episodio cíclico más de la historia del capitalismo globalizado sino, vista en perspectiva, el comienzo de una era de convulsa adaptación de la economía a los límites impuestos por la naturaleza, usando de nuevo una expresión de Campbell. El presidente de la Asociación para el estudio del cenit del petróleo y del gas (ASPO), el también geólogo Kjell Aleklett usa una gráfica analogía que nos sirve para ilustrar el poder calorífico del petróleo: el trabajo que permite 50 litros de gasolina equivale al que realizan mil personas durante un día. Si extendemos esta comparación al consumo de petróleo de más de catorce mil millones de litros al día que sirve a un parque de vehículos de cerca de 1.000 millones como hay hoy en el Planeta, y a los centenares de miles de embarcaciones o aeronaves, a decenas de miles de tractores, y un largo etcétera, se puede fácilmente entender la difícil papeleta de sustituir ese ingente subsidio energético fósil, y la quimera de querer, además, crecer económicamente (esto es, usar más energía) año tras año sin el suplemento de la calidad y versatilidad del crudo. Aunque tiene un carácter casi de blasfemia en algunos cenáculos cuestionar el crecimiento del PIB, no parece que existan alternativas serias de recuperación ni brotes verdes convencionales con el recurso básico de nuestra civilización en situación de incapacidad de crecer para atender a la demanda, y menos aún para poder “financiar” crecimientos que es improbable que se mantengan para amortizar la inversión y devolver lo prestado.

El Mundo en el año 2008 llegó a extraer y procesar aproximadamente 86.5 millones de barriles de líquidos combustibles, según el informe mensual que, usando datos oficiales, realiza la asociación Aspo Netherlands: el 85% de ese porcentaje proviene del crudo convencional, y el restante 15% de una suma de “líquidos del gas natural”, “pseudo-petróleos” como las arenas bituminosas, o un millón y medio de barriles diarios de agrocombustibles. Todos estos tienen menos retorno energético que el petróleo convencional, y su creciente importancia en la tarta energética tiene que ver con el agotamiento de la capacidad de crecer del crudo fácil. Precisamente el análisis de esta asociación se dirige hacia la constatación de que estamos asistiendo al declinar de la producción por parte de los países de fuera de la OPEP, y a la dificultad de éstos últimos de compensar – sobre todo a partir del año 2010 y de forma grave en el año 2012 – los declives cada vez mayores de los yacimientos de oro negro; declives mayores porque la madurez y declinar de los supergigantes yacimientos descubiertos hace más de cuarenta años se está intentando compensar con la multiplicación en la explotación de medianos y pequeños yacimientos con tasas de descenso en la producción abrumadoramente mayores.

A estos factores habrá que añadirle el importante incremento del consumo por parte de los países productores, hasta hace una década casi despreciable, y que va camino de suponer cerca del 10% del consumo global de crudo. Evidentemente, un factor aún más trascendente es la incipiente incorporación de los llamados países emergentes al club del crecimiento en el consumo y, por tanto, a la pugna por la energía que lo sustenta. De hecho, años antes del probable cenit del año 2008, la espiral alcista del crudo desde 2004 respondió esencialmente a la constatación de que la oferta mundial de petróleo no era suficiente para atender la demanda, lo que dio lugar a un proceso de destrucción de esta última, que hoy vivimos en forma de desempleo creciente y decrecimiento económico.

La imposible predicción del futuro está llena, además, de incertidumbres sobre la estabilidad política de los productores, los efectos multiplicadores de la crisis sobre los propios sectores energéticos de extracción, y un largo etcétera de variables que conviene tener en cuenta y que afectarán – como ya afectan – a la extracción de crudo. Parece que está finalizando la era de la “negación del problema”, y ya importantes representantes del stablishment y la alta política hablan de la cuestión como un importante reto socioeconómico en los próximos años. Como es sabido, aceptar la dimensión de un asunto es el primer – aunque no suficiente – paso para poder abordar el aprieto económico y energético que viviremos, y que se plasma en cómo podrá afrontar nuestra sociedad “adicta al petróleo” – en palabras del ex – presidente G.W.Bush – las tensiones consecuencia de la poco probable posibilidad de volver a crecer económicamente durante épocas sostenidas, como hasta ahora ha ocurrido de forma que algunos incluso consideraban natural.

 
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