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Querido Rey. Discúlpeme Vuestra Majestad mi torpeza con el tratamiento, motivado, sobre todo, porque en mi plebeyo corazón late un ideal republicano. Aunque he de admitir, “nobleza” obliga, que antepongo una profunda lucha social y personal a mi republicana y también personal concepción del Estado.
Reconozco que hoy por hoy me preocupa muchísimo más la incultura de mi pueblo, la sanidad pública que nos mata lentamente, la corrupción política que nos roba lo que es nuestro protagonizada por esos que, hoy mismo, están perdiendo el culo por salir en la foto con Vuestra Majestad. Apreciado Rey: En esta vida me tocó ser una persona humana y no una hormiga, tal vez sea esa leve ventaja biológica lo que me hace ver la “Realeza” como algo que no termina de encajar en una Constitución que nos declara a todos iguales. Por descontado: mi sangre es roja oscura y no azul. Pero a pesar de esta declaración de principios, he de reconocer que estoy muy agradecido a Vuestra Majestad por su intervención tras el golpe de estado del Teniente Coronel Tejero. Un poco -tal vez demasiado- tardía. Pero aún así estoy profundamente agradecido por ese gesto mediático. Pero lo cortés no quita lo valiente. Y es que sigue siendo que aún así, a pesar de mis convicciones republicanas, he lamentado mucho que Vuestra Majestad no haya tenido tiempo en su apretada agenda de pasar por mi barrio. Me habría gustado mucho haber sido distinguido por el destino con esa suerte. Y no es porque en el fondo tenga ramalazos monárquicos. Es que si Vuestra Majestad hubiera visitado mi barrio santacrucero, estos culichichis de Coalición Canaria habrían mandado a limpiar y a adecentar mi entorno inmediato. Seguro que por lo menos vuestro Virrey Don Miguel Zerolo habría mandado a quitar las pintadas que hacen los estudiantes que vienen a fumar porros durante los recreos del instituto Andrés Bello. Por eso me aflige el corazón que Vuestra Majestad no haya visitado mi barrio y, en cambio, subiera al tranvía de Coalición Canaria. Entre otras cosas, no me habría abochornado tanto. Para terminar mi humilde y plebeya epístola me veo obligado a hacer una advertencia a vuestra Alteza Real: Si alguno de nuestros políticos os ofrece un bocadillo de mortadela... ni se os ocurra probarlo. Quedando a la espera ser distinguido por una futura visita Real, recibid una genuflexión virtual de éste vuestro humilde súbdito (*) El de Llano del Moro. |