Dejó una estela de buena persona pero, sobre todo, de muy buen folklorista canario. Desde hoy entra dentro de los referentes musicales de nuestra música popular, en el club de los privilegiados, en la historia.
Cultivó desde muy joven la música y el canto, empezando por la música pop y luego fundando el grupo Los Majuelos; de ahí su apodo. Pasó a ser una pieza fundamental, más de 32 años, en Los Sabandeños. Y finalizó fundando su último grupo musical, Atlantes, en el que ya no pudo mantenerse.
Su evolución fue de progreso continuo asombrando a todos en su mejora diaria de la voz y del estilo hasta alcanzar una plena madurez que elogiaron quienes lo escuchaban. No se le resistía ningún género folklórico, pero bordaba las malagueñas y las folías. Las canciones latinas parecían hechas para su condición vocal. Ensayaba y practicaba constantemente sus partituras y letras, no solo en los locales de ensayos sino en su propio domicilio con lo que no es de extrañar, lograra tantos éxitos y reconocimientos.
Es cierto que su condición de sabandeño la llevaba arraigada muy adentro, pero eso ocurre con todos los que hemos pasado por esa circunstancia. Esa impronta que deja es para siempre. Así lo expresan quienes han pertenecido al grupo, que debe ser patrimonio de todos, los que fueron, los que están y los que vendrán. No puede ser de nadie en particular. Dijo una vez Juan “el calzones”, que ser sabandeño era para siempre. Y Santiago Pérez que se sentía como “sabandeño en excedencia” .
Pero tengo que decir, para ser justo con la verdad, que a Manolo le afecto gravemente su marcha del grupo. Lo hizo año y medio antes de que se detectara su enfermedad, antes de fundar Atlantes. Pero él siempre pensó que ese maldito y grave padecimiento fue originado por su marcha voluntaria de Los Sabandeños. A pesar de convencerlo de su errónea percepción, sí que es cierto que estuvo sumido en una grave depresión que, eso sí, condicionó una forma de llevar su patología de forma triste, poco ilusionante y esperanzadora. Lo sabemos quienes hemos estado, de verdad, cerca y a su lado, en los hospitales y domicilio durante estos últimos quince meses.
Hoy ha sido la despedida de Manolo Mena. He constatado la presencia de mucha gente en su sepelio. Muchos del mundo de la cultura, de la política, de grupos musicales, cantadores, artistas, amigos, vecinos, ciudadanos..; de Tenerife y de las Palmas.
La misa en la iglesia de su barrio de residencia estaba totalmente repleta con gente que quedó por fuera, en la plaza, por ser insuficiente. El sermón del oficiante, amigo personal de Mena, cariñoso y cercano a su persona. Recordó el texto del poeta Carlos Pinto…” llamarme guanche, hijo de los volcanes y las lavas...”.
Pero lo más emocionante, por lo menos para mí, fue el cerrado aplauso que, espontáneamente, ofrecieron todos los presentes a Manolo Mena, recordándome los muchos y merecidos aplausos que recibió en vida encima de un escenario. Fue su último aplauso.
Dijo también el poeta, y lo canto Mena…: “Casi no importa morirme, / si el timple se va conmigo, / y si el camino es oscuro, / encontraré un amigo.”
Seguro que ha así ha sido.
CARLOS GARCÍA - Grupo Atlantes -