Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción Simón Bolívar
Decía C. S. Lewis que “leemos para saber que no estamos solos”. No sé si en Canarias, con el auge editorial de los últimos años, se leerá más, pero lo que sí es casi seguro es que quien lea, lo hará en soledad. Pero no solamente porque la lectura conlleve ese estado de retrospección tan difícil de conseguir en un medio acelerado como el nuestro, sino porque en Canarias la lectura —y por extensión, la cultura— es cada vez más una actividad relegada a una minoría. Y cuando hablo de minoría no me refiero a una élite social que pueda pagarse una entrada de zona “vip” en el Auditorio de Tenerife o en el Alfredo Kraus, (y que finalmente también podrían lucir sus coches y pieles al salir de misa). Me refiero a la minoría que vive en y por el arte, a los que consideramos la literatura, el teatro, la danza, la pintura, la fotografía, el cine… como una forma de conocer e intentar explicar el mundo, tanto desde el punto de vista de la persona que crea como desde quien recibe esa creación y se interrelaciona con ella.
Deyanira Tabares Márquez.- Meditación considerable y pensamientos objetivos se conciben al decidir abandonar la tierra y la familia que te vio nacer y crecer, quizás, para nunca más volver. Todo el capital recaudado en el país natal, a partir de infravalorados y míseros sueldos o en la venta del ganado u otros bienes materiales, se proyecta en la inversión de un insignificante billete de ida. Unos, legalmente acceden a la comodidad del transporte aéreo, y otros, arriesgan indocumentadas vidas en un viaje sin amparos ni favores a través del desalmado mar, para dejarlo todo y empezar de menos cero en una civilización ajena y desconocida.
No hay eternidad por encima de Dios, ni vida duradera bajo Él: Murió tu niñez; murió tu mocedad... también falleció tu adolescencia. ¿Las perdiste para desearlas sin remedio? ¿Hemos de bajar a la tumba de la memoria para rescatar la vida pasada de nuestra alma? La razón no puede creerlo; la sensación no quiere admitirlo; La Fe nos enseña a negarlo: Nadie muere porque nadie ha nacido, pues para Dios no hay cambio: Él ve el día y la noche simultáneos, las distancias reconciliadas en un punto; nuestra vida y nuestra muerte abrazadas en un sólo día.
Sobre todo a los niños de origen obrero, del proletariado, más que a las niñas de toda índole, nos intentaron ir comiendo el tormo en la infancia y nos contaron que el equipo de fútbol de la capital de Tenerife debía ganar por goleada al de Las Palmas, y así fue que supimos que había otra isla cerca o más allá de nuestra isla y cerca o más allá de la isla de nuestro barrio, plaza, barriada o lugar de partida. También lo supimos porque las murgas masculinas de aquí presumían de ser las que mejor escupiesen a las de allí, literariamente hablando.
En principio, no me opongo a la candidatura de Las Palmas de Gran Canaria para ser capital europea de la cultura. Seguramente me encontraría entre quienes la disfrutarían. Pero también pienso que le sería más provechoso postularse como capital europea de la incultura: acumula muchos más méritos.
La Ciudad de Agüere te echa de menos, en esta espléndida mañana soleada, cuando tu cuerpo yacía aún tibio, y al pasar lista, notamos tu falta, en ese paseo matutino a que nos tenías acostumbrados cuando cada día lo realizabas, visitando los lugares que frecuentabas cada día, en el que aprovechabas, y observabas, si las cosas estaban en su sitio, como el día anterior. Tengo la gran suerte, de haberte acompañado en alguno que otro paseo, y mientras charlábamos, solías sacar de tu bolsillo, papel y lápiz, para anotar las cosas que querías escribir ese mismo día, porque nunca perdías el momento de informar a los ciudadanos de Agüere. Yo escuchándote, enriquecía mi conocimiento sobre la ciudad y su historia, siempre hablábamos, de política, y de las injusticias que se cometen en este mundo.
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.